"Simón sujetaba con su mano derecha una mascarilla y parecía estar haciendo a la vez una peineta"
Opinión de Marcos Sánchez

Actualizado el 23/05/2021 a las 06:00
Andaba en mis cosas dentro de la cafetería, que no eran otras que notarme muy extraño consumiendo de nuevo en el interior de un local hostelero, desubicado como cuando después de mucho tiempo sin conducir debes ensayar la pisada para no confundir el freno con el embrague, y unos comentarios en la mesa vecina pero distanciada como marcan los cánones me sacó del ensimismamiento.
-Si Michael Jackson la llevaba siempre, sería por algo.
-Calla, chica, que ése era un zumbado.
-Ni se te ocurra meterte con él.
-Repito, un zumbado.
Lo echaba de menos. Pedir un cortado, un trozo de tortilla y el aderezo de cotillear las conversaciones de los demás sin el tráfico ruidoso y el cierzo que lo hacen más complicado en las terrazas. Bares bajo un techo y entre cuatro paredes, ya era hora. Así que cotilleé. La pareja no cejaba en su debate.
-Vamos a ver, ¿quién ha dicho eso? -preguntó él.
-Fernando Simón. Lo he leído en el periódico de hoy -respondió ella.
Como a Fernando Simón le había perdido ya de vista y oído, tanto o más casi que a Michael Jackson, acabé rápido el café y el pincho, pagué a la camarera y corrí a comprar el Diario. Aragonés cede a Junts las carteras de mayor peso para ser presidente. Más de 3.000 inmigrantes entran a nado en Ceuta ante la pasividad de Marruecos. Y por fin. Página 5. Simón ve “muy posible” relajar el uso de la mascarilla en exteriores en pocos días. El director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias es como el dinosaurio del cuento breve de Augusto Monterroso: cuando nos despertemos, seguirá ahí. Me llamó la atención el titular, pero me agarró con mayor fuerza todavía la fotografía acompañante. Cuestión del ángulo y los planos, Simón sujetaba con su mano derecha una mascarilla de tal manera que parecía estar haciendo a la vez una peineta. El dedo corazón estirado y los demás, encogidos o, caso del índice, tapado. El dedo de la palabrota erguido o el gesto del fuck you, como ríe la chavalería (gracias, YouTube). Un efecto óptico, todo hace indicar, aunque en el fondo un símbolo de tantas cosas que están pasando.
Tras innumerables bandazos pretéritos, nos hemos ganado el derecho a sospechar que el nuevo vaticinio pueda significar uno más. Concediéndole verosimilitud, que efectivamente dentro de poco tiempo podremos volver a vivir como antes, boca y nariz al aire en espacios abiertos, a uno le entra sin embargo la duda de si vamos a estar preparados para ello. A base de un año paquidérmico como un siglo, mes tras mes, semana tras semana y jornada tras jornada, hemos llegado al punto de olvidarnos las llaves o el móvil al salir de casa pero nunca la mascarilla. A asumir ésta como innata. A aceptar hasta mimar con cremas los surcos de sus gomas detrás de las orejas. A naturalizarla como nuestro escudo protector. A combinarla incluso con la ropa, pero sentirnos únicamente en pelotas cuando nos falta ella. La pregunta es clara: doctor, ¿el Síndrome de Estocolmo cómo se cura?