Otros Sanfermines

“Muchas veces no somos nosotros los que tomamos las decisiones, son las decisiones las que nos toman a nosotros”

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José Miguel Iriberri

Actualizado el 24/04/2020 a las 06:00

Un personaje de José Saramago piensa que “muchas veces no somos nosotros los que tomamos las decisiones, son las decisiones las que nos toman a nosotros”. Cuando la alcaldesa en funciones Ana Elizalde anunciaba, urbi et orbi, que el ayuntamiento había tomado la decisión de suspender los Sanfermines, todos entendíamos perfectamente que era la decisión la que había tomado al ayuntamiento. Y poco importa sumarle calificativos a la decisión, empezando por el de sensata: era la única posible. El totalitarismo de la epidemia ha alcanzado de lleno a las fiestas de Pamplona, con la consecuencia directa de una doble catástrofe, emocional y económica. Y digo catástrofe, bien altisonante, porque lo es; y para estar a la altura del carácter desbordado, excesivo, multitudinario, de los Sanfermines, tan sutilmente organizados en el desgobierno general del programa, de sus ritos y sus normas. Nada tan opuesto al confinamiento en el que vivimos estos días como la riada humana de las fiestas de San Fermín que no viviremos este julio. Entre el 6 y 14, en lo que va de un cohete a una traca, las distancias son de hombro con hombro - o alma con alma-, en tendidos, procesiones, bares, terrazas, calles, plazas, charangas. Juntos y a menudo revueltos por el escenario de la fiesta, salvo en el encierro, donde todos ocupan la misma geografía, pero van por separado, unos a correr y otros a colarse en la plaza. Los Sanfermines son barrocos por naturaleza. Le tienen horror al vacío. A ver en qué lugar del mundo caben tantas personas por metro cuadrado como en la plaza del cohete a las 12.00 horas del 6. Pamplona por San Fermín sería el jardín de las delicias del coronavirus.

Las reacciones de estos días dan fe notarial de que, antes ya del anuncio de la suspensión, la ciudad no estaba para fiestas. Nadie se asoma a la ventana a ver si las nubes de abril traen el cohete de julio. La pena por las víctimas de la enfermedad, el miedo al contagio, la inquietud angustiosa ante el desempleo, arrastran la fiesta río abajo . Fin. Hasta cuando sea. Y claro que cuesta imaginar un San Fermín sin Sanfermines. Es un palo emocional, especialmente duro para los más entusiastas protagonistas de la fiesta. Pero ellos, como todos, ahora mismo estamos a lo que estamos. Y no es precisamente para chupinazos.

El día 7 de julio amanecerá como el 7 de julio de siempre, con la capilla en su sitio, el santo en el altar y el Evangelio en el atril. Y la misa, porque habrá misa, hará historia en la ciudad con la oración por los ciudadanos que se llevó la epidemia. El día 6 llegará en el calendario como víspera del 7, la Víspera con mayúscula. Y a lo mejor un aplauso a las 12.00 allá donde nos pille la hora, un airear de pañuelos rojos, cualquier gesto en recuerdo de las víctimas, vale por el más sonoro de los cohetes. Hemingway escribirá entonces que el lunes 6 de julio explotó una fiesta sin fiestas y que “no hay otra manera de expresarlo”. Con la seguridad que le da la cuesta de Santo Domingo, Chapu Apaolaza dice que “perderse estos Sanfermines será una derrota pequeña comparado con la victoria que nos espera cuando volvamos a reencontrarnos en el chupinazo, en el encierro”. También los recuerdos de otros años, de los mejores años, pueden servir de paracetamol. Y entre todos los recuerdos, los recuerdos inventados, que son los mejores. Aquel chupinazo que tuviste el honor de tirar, el encierro en las astas, San Fermín guiñándote un ojo donde Zariquiegui, la cena memorable con amigos que hoy son una foto, el muy merecido premio-bombo de La Jarana. Y más.

Escribe Trapiello que “raro será el recuerdo del que, como del olmo seco de Machado, no acabe brotando una ramita nueva”. Ojalá.

José Miguel Iriberri. Periodista

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