Hotel Eslava
Artículo de opinión de Chapu Apaolaza

Actualizado el 19/02/2020 a las 09:31
Una vez fui al Hotel Eslava a recogerle unas cosillas a Tom Turley, que estaba en el hospital después de que la manada lo dejara como a un cristo en la Estafeta. Vivía en el hotel sanfermineramente desde los años 80 y esa era su casa: la ropa blanca, la maleta, un cargador, una linterna y un jersey. Ahora el Eslava está en venta y espero que alguien lo compre; cerrarlo sería como cerrar Francia, o algo. Hay gente que visita veinte países distintos al año y que se pierde si los del hotel les dan la 54 en lugar de la 26. Cambiar a un foráneo de hogar sanferminero es una obra de ingeniería sentimental desmesurada. ¡Como intentar trasplantar una secuoia! San Fermín es un compendio de tipos que tienen relaciones estrafalarias con diferentes lugares de la tierra salvo del seis al 14, cuando echan en Pamplona una raíz de un kilómetro de profundidad. El casta foráneo es un tipo en general nómada que deambula sin excesiva preocupación por las cosas porque sabe que cuenta con lo fundamental: un sitio para dormir en Pamplona, en la habitación del hotel, en la casa de la tía o del amigo, lugares con una geografía particular que componen el olor del portal cuando sale camino al chupinazo, el espejo en el que se mira sobre el vacío de las seis de la mañana, el ruido de esa lavadora, el cajón donde se guardan las entradas, la cama para morir en cada siesta o el inodoro que abraza en el vómito por el exceso, de la fiesta y del miedo.
En Pamplona viven un millón de personas, pero no se cuentan porque pasan el año circunstancialmente en Australia, en Valladolid, aunque habitan en la nostalgia de julio y en el derecho a una cama en San Fermín. Así puede darse el caso de que cierren el Eslava y tipos con tres mansiones -en Londres, en París y en Nueva York- se sientan como un vagabundo.
En Panamá hay un paraíso fiscal donde se tiene residencia fiscal y en Pamplona, un paraíso emocional donde el sanferminero tiene su residencia emocional. Su patria es San Fermín -la baña el océano de la rutina y colinda con el invierno-; su bandera, un pañuelo y, el pasaporte, el abono de los toros.
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