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Opinión
Crónicas de asfalto

El último polvo

Francisco J. Zudaire.

Francisco J. Zudaire.

Actualizada 11/11/2016 a las 10:47

Así de claro: polvo eres y en polvo te convertirás, si bien lo disimulamos mientras vivimos gracias a ese empecinamiento de los átomos, apostados en permanecer juntos y pegados hasta que algo o alguien los fuerce a separarse.

He leído estos días varias críticas negativas al mensaje del Papa sobre cómo gestionar correctamente las cenizas de un cuerpo incinerado, y perdón por el verbo, pero hoy se gestionan hasta los ronquidos. Al parecer no son pocos los que desean que sus restos calcinados se dispersen por el cerro más alto de su pueblo o por el mar que tanto amaron en vida. Incluso acompañan sus deseos con frases presumidas del estilo: Desde allí tendré una buena vista, Al fin podré dialogar con los delfines, etcétera. Presumen de unas posibilidades muy dudosas, aunque debe reconocerse que en lo tocante al más allá entramos en un terreno minado de dudas en cuanto se refiere a la parca y sus consecuencias posteriores. Tenemos un grave problema de comunicación con los que se fueron, como si no hubiera cobertura.

La percepción recogida es que el rechazo a la instrucción papal -o mejor de la Congregación para la Doctrina de la Fe- llega con fuerza desde personas ateas, lo cual resulta bastante sorprendente. ¿Qué puede importarle a un descreído profesional lo que opinan desde el Vaticano sobre una cuestión que en absoluto ha de afectarle en lo más mínimo? Misterio. Supongo que el Papa habla para los católicos y si lo eres, lo que toca es hacerle caso o, también, ir a darse de baja en la parroquia.

No es nuevo, desde luego, embadurnarse de progresismo en crema a base de untarse la mente con los ungüentos de una sistemática oposición a la Iglesia católica. Y no sé yo por qué se impone esa idea machacona de ligar de forma indisoluble el binomio Iglesia-carcundia, salvo que indefectiblemente se quiera identificarla con los sectores más conservadores, ultraconservadores, nunca con el progresismo emanado por esas gentes que dejan familia y bienes para irse a la otra punta del mundo a ayudar desinteresadamente a sus prójimos. ¿Puede haber algo más progresista?

He llegado a leer de un columnista que la explicación fundamental a este caso de las cenizas se halla en que la Iglesia no quiere perder el momio de organizar funerales y cobrar la factura pertinente. Espero que el señor escritor se documente mejor en otros campos abordados desde su púlpito de papel, porque me ha bastado una llamada de teléfono para saber que no se cobra por los funerales. Ni tampoco por los elogios vertidos hacia el difunto, algunos de los cuales pocas veces se vieron metidos en loas cuando vivían.

También, imagino, se contribuye a esa distorsión de la imagen de la Iglesia desde el silencio y el asentimiento a cuanto escriben y pontifican los sabios progresistas -éstos, sin ser pontífices-, quienes probablemente tengan pendiente, incluso, echarle una mano a un anciano para ayudarle a cruzar la calle. Ese constante otorgar, por callar, es verbo muy católico, como si practicar la propia religión fuera algo vergonzoso; como si estuviéramos en el patio del Sanedrín y faltase menos de un cuarto de hora para que cantase el gallo.

Yo mismo, en este momento, escribo con precaución y lo hago desde una postura que reconoce méritos donde otros sólo ven mentes retrógradas, pero al mismo tiempo me la cojo con papel de fumar para que nadie piense que soy -o para no dar la sensación de ser- un santo de alcoba que se baña en agua bendita. Somos así.

Quizá nos venga todo esto por haber inventado nosotros mismos esa manera de participar con sordina en la religión, es decir, por generar a conveniencia la solución a ese ítem inquisitorio que ya forma parte de cualquier encuesta y que indaga por dónde te mueves en cuestiones de fe. ¿Eres católico? Ésa es la pregunta, que se responde de carrerilla: Sí, pero poco practicante. Se acude a bautizos, bodas y funerales, que son en la mayoría de ocasiones actos sociales en los que es conveniente quedar bien. O no quedar mal. Fuera de eso, poco.

Así nos ocurre mientras, en otras religiones, el alarde de pertenencia es orgullo continuado, y eso sin recurrir a los perniciosos fundamentalismos; aquí nos encogemos y guardamos la distancia porque no queremos pasar por meapilas. Vamos tragando cuanto nos echen, como ahora, que, aprovechando que el Tíber pasa por Roma, arrecia la bronca del liberalismo mediopensionista a la disposición doctrinal emitida. Por lo no visto y lo no leído, porque no se escribe, importa menos a los denostadores que desde alguna atalaya religiosa se llame a matar semejantes: con ésos, deben de pensar los valientes progres, pocas bromas.

En cualquier caso, en urna o tetrabrik, pulvis es et in pulverem reverteris. Vamos, que ése va a ser nuestro último polvo.


 

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