Agroalimentación
La viña centenaria de la leyenda de las mujeres de piedra
Cepas de 106 años crecen sobre una villa romana en Los Arcos, un asentamiento que se mantuvo y en la Edad Media dio pie a una curiosa leyenda por no hornar a San Vicente. El enólogo José Manuel Echeverría elabora un vino solo con sus uvas que busca honrar la historia del paraje


Actualizado el 20/09/2026 a las 19:41
Pisar un viñedo en septiembre es despertar algo mágico. Emergen emociones que llaman a todos los sentidos: esa luz tenue ante la inminencia del otoño, el aroma de la uva madurada al sol y la frescura de un grano que estalla en la boca como un breve anticipo del futuro vino. A todo ello se une la alegría de recoger el fruto de todo un año entero de trabajo y de asistir a un rito milenario. Pero toda esa amalgama de sensaciones se multiplica de forma extraordinaria cuando el viñedo es centenario: una joya viva de 1,2 hectáreas con unas 8.500 cepas, muchas con más de 106 años de vida, plantadas cuando se tambaleaba el reinado de Alfonso XIII. La gran mayoría de las viñas son de variedad ‘garnacha’, el tipo de uva más emblemática de Navarra y que se expandió por los campos tras la llegada de la filoxera en 1892, aunque en la finca conviven con variedades anteriores como ‘calagraños’ o ‘albillo’.
El ingeniero agrónomo y enólogo José Manuel Echeverría Azcona cultiva este singular viñedo en el conocido como paraje de Yániz, de Los Arcos. Lo arrendó hace casi quince años a los hermanos Landa, de Etayo, para nutrir la Bodega Alzania, que construyó él mismo en la localidad hace 25 años junto a su mujer, María Sáenz Olazábal.


Y digo singular porque sus viejas cepas, con la madera ya retorcida por el paso del tiempo, guardan y concentran mucha más historia de la que se ve a simple vista. Bajo sus raíces, bajo el suelo que pisamos, existe una villa romana del siglo I al IV, similar a otras villas romanas como las halladas en Arellano, Arróniz o Mues. “Según recogió el historiador y arqueólogo navarro Javier Armendáriz Martija, la villa se encuentra bastante bien conservada. Por lo que cuenta en sus cuadernos, a un metro por debajo de las raíces de las viñas se pueden encontrar vasijas y cerámicas romanas intactas”, afirma Echeverría. Lo dice mientras recoge del suelo, entre pequeños tormos de tierra, trozos de color rojo brillante de lo que pudo ser una vasija romana moldeada con terra sigillata.
A LA VERA DE LA ERMITA DE SAN VICENTE
La historia del viñedo se agranda si se levantan los ojos del suelo. Al mirar al horizonte, en un lado del viñedo y encima de un pequeño montículo, se divisa la silueta semiderruida de la ermita de San Vicente. Fue un enclave sagrado donde los vecinos de Los Arcos acudían en romería hasta hace poco más de medio siglo. Hoy la devoción a San Vicente se mantiene, pero se celebra dentro del casco urbano de Los Arcos cada 22 de enero con el tradicional reparto de pan y vino.
Aquella villa romana, que dependía administrativamente de Curnonium, la gran ciudad romana asentada sobre el actual casco urbano de Los Arcos, continuó con nuevas poblaciones y dio lugar con el tiempo al Señorío de Yániz, hacia el siglo XIII. Y es ahí donde se enmarca una leyenda que flota sobre el peculiar viñedo. Durante siglos, los vecinos de Los Arcos temieron a las llamadas ‘Piedras Mormas’, tres grandes piedras que emergían verticalmente entre las vides de Yáñiz, posiblemente en un campo aledaño al viñedo de José Manuel.


La tradición aseguraba que se trataba de tres figuras femeninas petrificadas por un castigo divino. “Se creía que eran las tres hijas del señor de Yáñiz a las que su madre les echó una maldición: ‘Si no vais a misa por San Vicente os convertiréis en piedras’”, comenta Echeverría. “Aquello sirvió para infundir miedo desde la Iglesia a quienes no cumplieran la norma de ir a misa”, agrega el bodeguero.
La leyenda persistió y, aún hay vecinos mayores de Los Arcos que la recuerdan, lo cierto es que posteriormente se reveló que era un mito. Se descubrió que eran tres grandes estelas funerarias romanas, el equivalente a las lápidas de nuestros cementerios. Tuvo que llegar el año 1605 para que el presbítero de Viana, Juan de Amiax, por encargo del obispo de Pamplona Prudencio de Sandoval, se acercara hasta Los Arcos para examinar las tres populares piezas y desvelara su verdadero origen romano.
Juan de Amiax dibujó aquellos grandes bloques de piedra esculpidos por los romanos para honrar la memoria de sus difuntos. Las reflejó en un folio, donde también anotó sus dimensiones y las inscripciones. Por desgracia, aquellas piedras fueron derruidas hacia mediados del pasado siglo XX porque, al encontrarse en mitad de una finca agrícola cercana a la ermita de San Vicente, la gente se acercaba a verlas y estropeaba los cultivos. “Los dueños las partieron . De ellas solo queda el documento de Juan de Amiax y poco más”, comenta Echeverría.


Curiosamente, aquel documento de Juan de Amiax ha permanecido oculto hasta hace muy poco. En 2014 se descubrió dentro de un archivo de la familia Zufía, descendiente del Señorío de Yáñiz. “La familia donó un documento de la hidalguía de los Zufía al Archivo Real y General de Navarra. Y ahí, insertado, aparecía el documento de Juan de Amiax”. Aquel manuscrito sobre la verdad de la leyenda de las mujeres de piedra, descubierto en los archivos navarros hace apenas doce años, ha quedado registrado como el primer estudio arqueológico de la historia de Navarra.
Recientemente, cerca de viñedo, el consorcio TEDER (Asociación de Desarrollo Rural de Tierra Estella) ha colocado una reproducción de una de las piedras cerca del viñedo con el fin de dejar testimonio de la leyenda. Por si ya el viñedo concentrara poca historia, uno de sus márgenes limita justo con el Camino de Santiago. Los peregrinos que en septiembre recorren el tramo desde Villamayor de Monjardín a Los Arcos son testigos de la vendimia y encuentran en la réplica una parada para inmortalizar con sus móviles.


VINOS PARA HONRAR UNA HERENCIA CULTURAL
Mientras Echeverría y su cuadrilla cortan manualmente los racimos de garnacha centenaria y los depositan delicadamente en barquillas, el flujo de peregrinos es continuo. “En horas punta pueden llegar a pasar más de 50 personas, muchos asiáticos, que se detienen fascinados a fotografiar la vendimia tradicional e incluso a probar alguna uva directamente”, cuenta el enólogo.
A este paisaje tan único se une otra vista histórica. A dos kilómetros de distancia en línea recta se yergue en un monte la Basílica de San Gregorio Ostiense, una de las joyas del barroco navarro situada en Sorlada.
Con tan importantes confluencias históricas, Echeverría decidió elaborar un vino singular con uvas exclusivas de la finca. Se llama El Poblado y su primera añada fue en 2021. “Es el vino más premium, con máximo mimo, un crianza que busca honrar todo este bagaje cultural”. Apenas elabora 1.500 botellas y no todos los años, una pequeña parte de las 50.000 botellas que, en total, salen de Bodegas yViñedos Alzania, concebida como una bodega boutique de vinos de calidad. El 65%de ellas se exporta. “A los americanos les encanta la historia y cuando nos visitan les llevo a esta finca y se quedan maravillados. Siempre digo que tenemos la obligación de conservar un material genético tan especial y con una historia tan única”, afirma.
Al vino El Poblado, que vende en pequeñas partidas por decenas de países además de en Navarra, se sumó en 2024, con motivo del 25 aniversario, el Alzania Rosé, un rosado también con uvas de la finca centenaria y de edición limitada. “De algún modo, toda esta historia vive en los vinos, en cada copa, y la llevamos por el mundo”.


Navarra tiene un tesoro de 14 hectáreas de viñas centenarias
Las viñas centenarias conservadas en Navarra suman 14,31 hectáreas repartidas por diferentes municipios de la Comunidad foral. Se trata de un patrimonio agrícola excepcional, formado por cepas que han logrado sobrevivir durante generaciones y que constituyen un testimonio vivo de la historia de la viticultura navarra.
La gran referencia de este legado es Olite, que concentra 5,58 hectáreas, cerca del 40% de toda la superficie contabilizada. A continuación aparecen Liédena, con 1,19 hectáreas, y Lerga, con 1,18 hectáreas, mientras que Yerri alcanza las 0,95 hectáreas. También sobresalen Los Arcos (0,84 hectáreas) y San Martín de Unx (0,82 hectáreas), otra de las localidades estrechamente ligadas al cultivo tradicional de la vid.
El mapa de estas cepas veteranas se completa con Cirauqui (0,65 hectáreas), Cintruénigo (0,64 hectáreas), Villafranca (0,52 hectáreas) y Gallipienzo (0,51 hectáreas). A ellas se suman superficies más reducidas en Añorbe (0,36 hectáreas), Sorlada (0,18 hectáreas), Mañeru (0,38 hectáreas), Arróniz (0,12 hectáreas), Allo (0,30 hectáreas) y Aibar (0,11 hectáreas). Más allá de su extensión, estas viñas representan un patrimonio singular.
Son cepas plantadas hace más de un siglo que han resistido el paso del tiempo, los cambios en las técnicas de cultivo y las transformaciones del paisaje agrario. Su conservación permite preservar material vegetal adaptado durante décadas a las condiciones de cada comarca y mantener viva una parte esencial de la memoria rural navarra.

