Bixente Arozena, un buen alcalde y un hombre bueno

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Juan Cruz Alli Aranguren

Publicado el 11/05/2024 a las 09:20

E L 30 de abril falleció Bixente Arozena en Arantza/Aranaz, a poco de alcanzar los 88 años. Hijo de Martín y de Francisca, nació en casa Peruskinea junto a la iglesia, de la que fue monaguillo. Estudió en la escuela local y con los PP. Claretianos en Balmaseda (Bizkaia) y Beire (Navarra). Reconocía que su primera formación fue la recibida en la familia: de su padre, la justicia social; de su madre, la caridad; de ambos, la honestidad, el esfuerzo y el servicio a todos. Y del colegio claretiano, el castellano y su religiosidad. Fueron enseñanzas encarnadas que marcaron el camino de su vida de fe con obras, consciente de que “nuestras vidas son los ríos / que va a la mar/ que es el morir” y que “este mundo es el camino /para el otro, que es morada / sin pesar” (J. Manrique).

Fue esposo de Inés Andueza, padre (aita), abuelo y bisabuelo ejemplar. Expreso mi condolencia a sus hijos Inés María y Agustín, Bixente y Maika, María Esther, Virginia y Miguel Ángel, a sus seis nietos y cinco biznietos. Su familia, mejor que nadie, sabe de sus afectos, entrega y cuidadosa cercanía a todos, preocupándose por sus vidas y quehaceres sin alharacas, con el silencio, humildad y bondad que le caracterizaron, siempre echando una mano para su progreso en estudios o negocios, respetando sus decisiones y libertad.

Era un ejemplo de hombre trabajador y cabal, que transmitía y buscaba la paz donde estuviera, sufriendo con los enfrentamientos, la guerra y la muerte. Practicaba un sabio equilibrio porque sabía que “en esta vida / todo es cuestión de medida: / un poco más, algo menos…” (Machado, Proverbios, XII).

Le conocí y traté en los despachos de la Diputación en los ya lejanos tiempos de la Transición y durante la presidencia, cuando los visitaba en su condición de concejal y alcalde para gestionar ayudas, inversiones y mejoras, entre las que recuerdo su interés por el frontón, las redes de servicios y comunicaciones con Gipuzkoa que, aprovechando la coyuntura de la construcción de la autovía del Norte, extendió a toda la comarca de Bortziriak/Cinco Villas (Arantza, Igantzi, Lesaka, Etxalar y Bera).

La tenacidad y dotes diplomáticas del alcalde aranaztarra lograron mejoras en la N-121, enlace por Endarlatsa y, por fin, los túneles de Belate y Sunbilla. Fue miembro del Consorcio de Bertiz y de la Asociación Cederna Garalur, impulsando el desarrollo socioeconómico de la montaña navarra. Donde estuvo trabajó con entrega, ganando amigos por su sentido común, amabilidad y exquisito tacto. Me honró con haber sido uno de ellos y ahora quiero confirmarlo con este pequeño homenaje a quien con tanto afecto me trató siempre.

Fue una persona congruente con su pensamiento en vida y obra, que siempre expresaba su opinión con respeto y sin estridencias. Nunca ocultó ni su fe ni su compromiso ideológico jeltzale en la clandestinidad, ni perdió la esperanza de un futuro democrático. Era consciente de que “todo llega y todo pasa. / Nada eterno: ni gobierno / que perdure, ni mal que cien años dure” (Machado, Poema de un día). Participó en la Asamblea Nacional del PNV de Pamplona de 1978 y fue presidente del Napar Buru Batzar (1987-1992). Contribuyó a la reconstrucción del partido y la recuperación de la sede histórica de la calle Zapatería 50, confiscada en 1936 y convertida en la sede del Arriba España, primer diario de la Falange. Junto con las muchas alegrías producidas por la libertad tuvo el dolor de la ruptura y escisión de septiembre de 1986, que entendía superable si era sólo un debate ideológico. Estuvo con el partido defendiendo las competencias forales como, entendía, debía hacerse para mantener las de los territorios y Navarra. Por su talante apoyó el entendimiento frente a la confrontación y las expulsiones, pero el resultado entristeció su corazón por perder a compañeros y amigos: “Dices que nada se pierde / y acaso dices verdad, / pero todo lo perdemos / y todo nos perderá” (Machado, Proverbios, XLIII).

Toda su vida fue una persona de paz y pacificador, de encuentro amable y diálogo, porque creía “en la libertad y en la esperanza, / y en una fe que nace / cuando se busca a Dios y no se alcanza, / y en el Dios que se lleva y que se hace” (Machado, Desde mi rincón). Al irte a la casa del Padre has dejado en soledad a cuantos te quisieron y apreciaron, porque “la bondad de su corazón le hizo ser amado de cuantos le conocieron. Su memoria será siempre conocida” (Mausoleo de P. Sarasate en el cementerio de Pamplona). Goian bego Bixente adiskidea. Agur.

*El autor es expresidente del Gobierno foral

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