Día de San Miguel

El arzobispo consagra un altar prerrománico en San Miguel de Aralar

El arzobispo consagra un ara prerrománico del anterior templo de San Miguel de Aralar en la festividad dedicada a su veneración. En menor número por la pandemia, la devoción empujó a fieles a las alturas

El arzobispo bendice con agua el altar milenario, con los anillos episcopales de la Edad Media y la arqueta traída en 1099.
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El arzobispo bendice con agua el altar milenario, con los anillos episcopales de la Edad Media y la arqueta traída en 1099.José Carlos Cordovilla
El arzobispo bendice con agua el altar milenario, con los anillos episcopales de la Edad Media y la arqueta traída en 1099.

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Natxo Gutiérrez

Actualizado el 30/09/2020 a las 06:00

El valle y río Arakil reciben su nombre de la expresión latina Ara Caeli (Altar al cielo), con la que los romanos identificaban el lugar de culto que divisaban desde la Mansio enclavada junto al cauce fluvial como hito de la vía Burdeos-Astorga. Su mirada se perdía en lo alto cuando descansaban en el lugar que ocupa hoy Santa María de Zamartze, en Uharte Arakil. El sentido etimológico adquirió este martes valor con la consagración de un ara milenario en San Miguel de Aralar. Su origen es anterior al actual templo, del siglo XII. “Puede datar del siglo X”, apreciaba el capellán y vicario de Mendialde, Mikel Garciandia, en los prolegómenos de la celebración presidida por el arzobispo Francisco Pérez.

El ritual de la bendición del altar, que será permanente en el presbisterio con el retablo de esmaltes a sus espaldas tras medio siglo a buen recaudo en la antigua Casa de la Cofradía, Casa de Deierri o Lakuntzetxe, reforzó el carácter histórico de la jornada, marcada claro está por la prudencia de la pandemia. Aunque hubo sorpresa en algunos de los asistentes, como María Ascensión Iñigo, venida de la localidad guipuzcoana de Zaldibia, por el número de congregados, la prudencia desaconsejó las aglomeracioens de años anteriores en un día rotulado en rojo en la agenda de fechas de guardar de la feligresía. “Por suerte no ha venido tanta gente”, se felicitaba Miguel Ángel Zubiria Galarza, que cedió su asiento de organista en la misa mayor al Canónigo Maestro de Capilla de la Catedral, Aurelio Sagaseta. Las notas que brotaron de sus manos sonaron a música celestial, como no podría ser de otra manera, en una eucaristía cargada de símbolo y solemnidad, en la que el prelado estuvo asistido por el Canónigo de la Catedral y Maestro de Ceremonias, José Antonio Goñi.

Como curiosidad del ara consagrado, el también sacerdote y hermano de Aurelio Sagaseta, Miguel Ángel, recordó que “está biselado” por sus cuatro lados, lo que indica que podían celebrar al mismo tiempo cuatro sacerdotes a su alrededor.

El poco más de centenar de devotos que siguieron la celebración contemplaron sobre el altar iconos que marcaron el devenir del santuario, como la arqueta de marfil Fatimi, que acercó desde Jerusalén en 1099 el infante don Ramiro. De 11,7 centímetros de ancho por 23,5 de longitud y 11 de profundidad, similar en apariencia a un estuche o una caja de cambista, en su interior se conservó el Lignum Crucis o reliquia de la cruz de Cristo hasta que fue introducida en el siglo XVIII por encargo del obispo Juan Lorenzo Irigoyen en la efigie del Arcángel que se venera en su periplo por Navarra. La importancia de la arqueta, de origen musulmán y hoy mostrada como pieza singular en la exposición Occidens, es objeto de estudio por parte de la Universidad Complutense y la Universidad romana de John Cabot.

Un tercer elemento de contemplación fueron los dos anillos episcopales que reposaron sobre la mesa de piedra, pertenecientes a prelados de la Edad Media.

Los retazos históricos se vieron cumplimentados por las referencias por parte de Mikel Garciandia a obispos que dejaron su impronta en el santuario con algún hecho significativo.

Sentada en los primeros bancos, la Jefa de la Sección de Registros, Bienes Muebles y Arqueología del Gobierno foral, Alicia Ancho Villanueva, atendió al repaso y explicaciones.

Cuando hubo de dirigirse el arzobispo a los presentes en la homilía, dos fueron las ideas centrales que ocuparon su mensaje. “Dios -dijo- no es un estorbo. Es lo más grande”. El segundo acento transmitido lo halló en el significado etimológico de Rafael, uno de los tres Arcángeles. “Es la medicina de Dios. La medicina del corazón es el perdón”.

AÑO JUBILAR

Como respuesta a una petición que en la introducción había realizado el capellán de San Miguel de Aralar, el prelado mostró su disponibilidad a pedir al Papa la solicitud de Año Jubilar dedicado al Arcángel.

Durante la mañana no fueron pocos los que aprovecharon su visita al templo para rodearlo e interesarse por las obras que se llevan a cabo en su parte posterior, con motivo de la rehabilitación de la Casa de Deierri o Lakuntzetxe. Se trata de un inmueble, cerrado desde hace 70 años, que donó el obispo Pedro de Artajona en el siglo XII a la cofradía. El delicado estado de su estructura amenazaba con ruina.

El objetivo de su restauración es crear un centro de interpretación, biblioteca histórica, salón de actos y sede social de la cofradía . Las gestiones iniciadas y la búsqueda de apoyo, incluida la alternativa del mecenazgo como fuente de ingresos, están orientadas a la consecución de algo más medio millón de euros para sufragar las obras.

El fervor religioso y la historia se entremezclaron en un día de San Miguel especial por un año anómalo, que concita inquietud y miradas a las alturas.

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