Cinco años de covid (IV)

Un usuario y una cuidadora de Nuestra Señora de Gracia (Tudela) sobre la pandemia: "Éramos como cartujos encerrados en nuestras habitaciones"

Santiago Marco Ariza (usuario) y Mariví Íñiguez San Agustín (cuidadora) de la residencia de la capital ribera recuerdan la pandemia de hace cinco años

El residente del centro Nuestra Señora de Gracia (La Milagrosa) de Tudela Santiago Marco Ariza, junto a la cuidadora Mariví Íñiguez San Agustín /
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El residente del centro Nuestra Señora de Gracia (La Milagrosa) de Tudela Santiago Marco Ariza, junto a la cuidadora Mariví Íñiguez San Agustín /
El residente del centro Nuestra Señora de Gracia (La Milagrosa) de Tudela Santiago Marco Ariza, junto a la cuidadora Mariví Íñiguez San Agustín /

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Diego Carasusán

Publicado el 11/03/2025 a las 05:00

El primer recuerdo que le viene a la mente cuando rememora la pandemia es la llamada de teléfono que recibió de su jefa apenas unos días antes de que comenzara el confinamiento aquel 14 de marzo de 2020.

Ese instante es el que tiene grabado a fuego Mariví Íñiguez San Agustín (Arguedas, 23 de febrero de 1967), cuidadora sociosanitaria en la residencia Nuestra Señora de Gracia (La Milagrosa) de Tudela. “La directora (Begoña Moreno Valencia) fue llamando a las trabajadoras una a una para preguntarnos si estábamos dispuestas a encerrarnos en el centro con los residentes para aislarlos del riesgo de contagio..., y no dudé en aceptar”, apunta.

Así, las alrededor de 40 profesionales de la residencia se dividieron en dos grupos que se fueron turnando cada dos semanas durante los casi 2 meses que duró aquel encierro voluntario.

Todas ellas dejaron a familiares y amigos para cuidar a los residentes. “Mi pareja acababa de llegar de Barcelona. Tenía una lesión en la pierna, y se vino hasta aquí para que le pudiera cuidar..., ¡y lo que hice fue dejarle solo a los tres días para encerrarme en la residencia!”, recuerda divertida Mariví, a la vez que agradece el hecho de contar con su apoyo cuando tomó esta decisión.

El objetivo de este aislamiento era convertir la residencia en una burbuja dentro de la cual estuvieran protegidos de contagio sus 85 usuarios y las 8 hermanas de la Caridad que vivían con ellos.

ANTE LO DESCONOCIDO

Entre esos residentes se encontraba el sacerdote filipense Santiago Marco Ariza (Tudela, 18 de octubre de 1938), a quien aquel encierro le privó de acudir, como hacía cada día, a la iglesia del Carmen de la ciudad, de la que él era responsable. “Hasta entonces iba mañana y tarde para oficiar las misas..., y no poderlo hacer me dolió, porque el Carmen es el motivo de mi vida”, reconoce Santiago.

Entonces, tanto para Mariví y el resto de sus compañeras como para Santiago y los demás residentes comenzó un encierro para luchar contra un enemigo como el coronavirus del que se tenía muy poca información.

“No sabíamos a lo que veníamos -recuerda Mariví-. Era una mezcla de responsabilidad y amor por nuestro trabajo, y de miedo a algo que era desconocido”.

Una sensación parecida experimentó Santiago. “A los residentes se nos hizo raro tener que pasar por algo así a nuestros años, con todas las cosas que ya habíamos vivido”, recuerda.

LA VIDA "DE LOS CARTUJOS"

Fueron 7 semanas de encierro (del 24 de marzo al 7 de mayo) en las que las mascarillas, los guantes, los desinfectantes y otras muchas medidas de protección se convirtieron en algo habitual en el día a día de la residencia.

“Todo eso se convirtió en una barrera física entre los que estábamos allí encerrados pero, paradójicamente, esa separación nos unió a todos muchísimo más”, explican Mariví y Santiago.

Y es que esa convivencia entre cuidadoras y residentes durante las 24 horas al día estrechó aún más los ya de por sí fuertes lazos que existían entre ambos. “Organizamos cada día para llenarlos de actividad y, así, estar entretenidos. Eso supuso un esfuerzo extra por parte de las trabajadoras, pero todas lo hicimos con gusto y un espíritu de compañerismo enorme”, afirma Mariví.

Ese esfuerzo tuvo su recompensa, ya que la residencia de la Milagrosa no registró ni un solo caso de contagio en esas primeras semanas de la pandemia. “Aquel encierro sirvió para ganar tiempo, conocimiento de la enfermedad, y dotarnos del material necesario para resistir a las siguientes olas de contagios que llegaron después”, indica Mariví.

Fue después de ese confinamiento, a partir de septiembre de 2020, cuando los contagios comenzaron a proliferar en la residencia. “Ibas por los pasillos y en casi todas las puertas veías la señal que indicaba que dentro había alguien contagiado”, explica Santiago, quien indica que llegó a sentirse como “un cartujo, ya que la mayor parte del día lo pasábamos en las habitaciones”.

Finalmente, La Milagrosa superó la pandemia registrando 5 fallecimientos “por o con Covid”.

Cinco años después, Mariví continúa trabajando en el centro y Santiago va todos los días a su querida iglesia del Carmen. Afortunadamente, ahora recuerdan aquel encierro con una sonrisa que demuestra que, si tuvieran que volver a pasar por lo mismo, lo harían del mismo modo que lo hicieron entonces.

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