Cinco años de covid (IV)
Una usuaria y una trabajadora de Casa Misericordia sobre la pandemia: "Era muy doloroso intentar animar a una persona solo con una mirada"
María Jesús Eraso, usuaria de la Meca de 90 años, y Paula Hernáez, trabajadora de 24 años, comparten cómo fueron los días de pandemia dentro de la residencia de la capital navarra


Actualizado el 11/03/2025 a las 18:42
María Jesús Eraso Istúriz (Pamplona, 1935) recuerda el pasado de forma cristalina. Se retrotrae a la Pamplona de la década de los veinte a la velocidad de la luz y, al mismo ritmo, a los pasillos de Casa Navasal, donde trabajó desde los 13 hasta los 42 años en el departamento de sastrería de hombre.
Entró como aprendiz y salió como oficiala de primera. Después estudió y trabajó de auxiliar de enfermería en la clínica Ubarmin hasta los 63. Se le iluminan los ojos al recordar estos tiempos, igual que a Paula Hernáez Gomes, trabajadora de Casa Misericorida, al escuchar hablar en alto a la memoria.


Esa claridad del recuerdo se enturbió hace cinco años. “Tengo mucho borrado”, dice Paula. “Yo también”, dice María Jesús. Ambas estaban en la Meca ya. La joven recién entrada para trabajar y la mayor acumulaba unos tres años dentro de la residencia. “Aquí hay que venir queriendo, no que te traigan. Obligado no”, dice María Jesús.
Aunque ambas compartieron la fase más aguda de la pandemia dentro del mismo recinto, no tienen recuerdos una de la otra. Lo achacan a las barreras físicas y visuales de aquella época con las gafas y mascarillas como protagonistas. “Hoy no vais a salir a desayunar, no vais a salir de vuestro cuarto”, explica la usuaria de la Meca recordando cómo empezó todo el confinamiento. “Lo llevé muy mal”, dice de forma rotunda.
“Nosotras teníamos el mismo miedo que tenían ellos. Nos preguntaban, pero no sabíamos qué responder”, dice la vecina de Ansoáin de 24 años.
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María Jesús pasó aquellos días en la planta de autónomos, un espacio en el que los usuarios son prácticamente independientes. “Eso es aún más duro porque en una planta de personas más dependientes a nosotros nos veían entrar, salir, cambiar el pañal, ayudar en las ingestas...”, explica Paula comentando que los usuarios con menos dependencia veían como mucho a una persona en el momento que les llevaban la bandeja para comer. “Muchos estaban acostumbrados a que todos los días viniese una hija, una sobrina, alguien, de repente no podía venir nadie. Eso también les hacía deteriorarse aún más rápido”, dice Paula.


PERDER A SU AMIGA
María Jesús tenía en la Meca una amiga que se llamaba Merche. “Primero me puse yo enferma de covid y, a los pocos días, ella”, dice. “Hablábamos por teléfono y me dijo que estaba empeorando”, añade explicando que un día a la hora de la cena dos trabajadoras de la residencia le dieron la noticia de que Merche había fallecido. “Fue lo más duro”, reconoce. “Hacía todo con ella, salía, comía...”, añade explicando que se conocieron dentro y que el marido de Merche falleció en la residencia también.


“Ella tenía un tacto especial con la gente. En verano, a las noches, se pasaba a mi habitación y por la ventana me enseñaba las estrellas. Era muy inteligente”, describe a Merche.
“Ahora lo hablamos entre compañeras y decimos, madre mía, cómo sacamos todo adelante estando muertas de miedo”, reflexiona Laura echando la vista atrás y recordando que se fue fuera de casa porque su familia “era de riesgo”. “Era muy doloroso intentar animar a una persona, a un residente solo con una mirada, que no te veía ni la cabeza, ni la boca, ni nada”, sentencia. Dos historias de una pandemia vivida en el mismo espacio.
