Agustina Nieto Arrastia, una vida fructífera que superó la barrera del siglo


Publicado el 04/08/2023 a las 07:40
Agustina Nieto Arrastia fue despedida el 2 de agosto con una misa de recuerdo en la parroquia San Miguel de Oteiza. Había fallecido en Bilbao, el 4 de abril de 2023, a un mes y un día de cumplir los 104 años, lo que la convirtió sin duda en una de las personas más longevas del municipio y en una de las “abuelas de Navarra” de los últimos años. El destino me convirtió en la primera nieta de Agustina y siempre me he dedicado al oficio de escribir, por lo que no quería despedirla sin brindarle esta semblanza, que es mi particular modo de homenajearla. Pretende ser sólo un bosquejo de mis vivencias junto a ella y de las enseñanzas que me legó.
Soy de la opinión de que todas las personas corrientes tienen algo de extraordinario y encuentro en mi abuela no sólo una, sino varias peculiaridades sobresalientes. La primera es que su larga vida la hizo coetánea de enormes transformaciones históricas. Hay que recordar que nació el 5 de mayo de 1919, cinco meses después del fin de la I Guerra Mundial y murió bien entrado el siglo XXI, un hilo temporal en el que se sucedieron una segunda conflagración mundial, una guerra civil y una dictadura en su país, amén de los acontecimientos que han ocurrido después y que la mayoría de los que leen estas líneas habrán vivido.
Pero todo esto apenas fue un decorado en el devenir de mi abuela, que se caracterizó por una enorme capacidad de adaptación a cuánto le deparó la vida, a veces bueno y a veces terrible. Nacida en Aberin, se afincó en Oteiza en su niñez de la mano de sus padres, Gabriel y Raimunda, un pueblo en el que echó raíces formando su propia familia tras su matrimonio con Jesús Zabala Lasa, con quien tuvo tres hijas: María Esther, Conchi y Pili. Con él construyó un hogar sobre los pilares del orden y armonía, que se vió quebrado por la abrupta pérdida del cabeza de familia en un dramático accidente agrícola en 1975, que segó su vida a los 59 años, momento en que Agustina contaba con 56 y en el que asumió en solitario el cuidado de su descendencia, una prole que se ampliaría con cuatro nietos y otros cuatro bisnietos.
Fue la suya una vida de contrastes, entre la laboriosidad del mundo rural y la modernidad de Bilbao, donde vivió dos etapas importantes, la primera como joven madre junto a un marido emprendedor y la segunda, unos años después de haber enviudado, compartiendo hogar con su segunda hija. De un mundo a otro iba con total naturalidad, tomando lo mejor de cada uno. Aún así, durante décadas anheló la llegada de los largos veranos que pasaba en Oteiza hasta que las limitaciones físicas se los arrebataron.
Imagino que todos atesoramos recuerdos especiales y entre ellos, los de la niñez están entre los más preciados. Destaco uno, que es como una foto fija en la que aparece nítidamente Agustina. Debía de tener yo unos seis años y era una apacible noche de viernes en Oteiza. Estaba con mi abuelo viendo la que debió ser una de las primeras emisiones de El hombre y la tierra, de Félix Rodríguez de la Fuente, programa que despertó en él una pasión que me inculcó. Al tiempo, mi abuela, siempre atenta a cuidar a los suyos, estaba en la cocina elaborando un queso fresco con la leche de las vacas que criaban para después compartirlo con nosotros. Pan, jamón y jabón, queso, chorizo y muchas otras cosas salían de las manos de Agustina con un saber hacer ancestral que a mí me parecía mágico.
Son muchísimos más los momentos especiales que disfruté junto a Agustina, una persona que tanto se hizo querer. Siempre pasó por ser una mujer de carácter, que lo era, pero no en el sentido adusto del término, sino de una determinación admirable. Ante cualquier problema o encrucijada, siempre sabía lo que era preciso hacer. Además lo hacía y no conozco una sola vez en que se equivocara, aunque doy por supuesto que cometió errores. Para mí, uno de sus rasgos más sobresalientes era su sentido del humor, sencillo y limpio, siempre dispuesto a brotar en cualquier momento de la forma más espontánea. También tenía una gran vis cómica, una facilidad para realzar con teatralidad los instantes cotidianos, y sobre todo, adoraba cantar letras populares, afición que mantuvo casi hasta sus últimos días.
Me quedo para siempre con uno de sus grandes lemas, que nos repetía con frecuencia: “todo tiene solución en esta vida, todo menos la muerte”. Y me consuela saber por sus palabras y su ejemplo que cualquier desdicha que pueda sobrevenirnos tendrá una salida. Salida que dejará de existir sólo cuando ya no estemos.
Rosana Aramendía Zabala es nieta de la fallecida.