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Me quedo en el pueblo

Zabalceta y la luz de Ibiza

Adela Núñez nació y se crió en Ibiza, conoció al pamplonés Eduardo Ciriza en Jaca y con él inició echó raíces en Navarra. Querían una crianza natural para sus tres hijos y la encontraron en el valle de Unciti, en un concejo de catorce vecinos

Eduardo Ciriza y Adela Núñez en Zabalceta, donde viven desde hace quince años y medio.
Eduardo Ciriza y Adela Núñez en Zabalceta, donde viven desde hace quince años y medio.
Actualizada 18/04/2021 a las 06:00

Adela y Eduardo, ibicenca y pamplonés, coincidieron en Jaca, trabajando en la hostelería del Pirineo. “¿Te vienes a conocer un lugar que está muy cerca de la playa?”, le propuso él. “Todavía sigo buscando la playa y me dice que tenemos la de Oricáin”, ríe Adela Núñez Lozano la ocurrencia de su pareja, aquella que les unió hace más de dos décadas. Dejó la isla y dijo adiós al Huesca para anidar en Pamplona, en la Rochapea. Allí nació su primer hijo, pero querían “una crianza natural” y buscaron un pueblo donde asentar unos apellidos y una historia, echar raíces. Lo hallaron tras un año, Zabalceta, en el valle de Unciti, lo suficientemente lejos de la ciudad; lo bastante cerca de sus servicios.

Apenas quince habitantes que les abrieron la puerta sin preguntar. Siempre una sonrisa. Han tenido abuelas y abuelos en Zabalceta sus tres hijos, ahora de 19, 15 y 13 años, “los han arropado y los han cuidado”. “Llegué embarazadísima del segundo”, recuerda Adela, 49 años. Con sus ojos azules como el mar de Ibiza, describe aquellos días. “¿Qué le pasa a este sol que no es amarillo?, es naranja”, se preguntaba ella. “Quién me iba a decir que la luz tiene otro color, pero es así, distinta, bonita como todas”, invita a una infusión y unas pastas de chocolate que acaba de hornear. Las saca a la calle, aire sano y distancia hay abundante. “Es una mezcla de hierba luisa, sauce y té rojo”, aconseja para aliviar alguna molestia. Le gusta el mundo de las plantas medicinales, balsámicas... “tantas aplicaciones como especies”.

Desde Zabalceta iniciaron otra ruta que les llevó hasta un asador de Urroz. Lo regentaron tres años, contentos, hasta que la pandemia lo echó todo al traste. Lo tuvieron que dejar porque “la deuda crecía, pero los gastos no”. Eduardo Ciriza Erviti, 51 años, encontró trabajo en la cocina de la Casa de Misericordia en Pamplona; Adela probó suerte con lo que más le gusta y en lo que se ha formado, la cosmética natural. Abrió una tienda en Pamplona, funcionó un tiempo, pero otra vez la crisis... Ahora busca empleo, aquí y allí, donde sea. Adela se crió en Ibiza hija de padres andaluces, de Sevilla y de Huelva. Sonríe al sol y se deja acunar por el sonido del agua en el río, “pequeñico”, del pueblo. Debe ser como una cápsula del mar infinito.

 

FAMILIAS QUE YA NO ESTÁN

En Zabalceta hay catorce habitantes en seis casas abiertas todo el año y un niño, además de sus tres hijos. “La crianza a sido como la queríamos, natural y sana, han jugado tanto en la calle, en el campo de fútbol del yerbajo... toda la tarde”, prefieren que tengan tiempo libre en lugar de tantas extraescolares. “Un día hacíamos manualidades, al otro magdalenas con una vecina, otro día con visita a la otra...”, recuerdan a Julia Jabat Ayerra, ahora en la Casa de Misericordia. “Eran tres hermanos solteros, quedó ella sola y ahora está en Pamplona, aún nos llamamos y siempre pregunta por los niños, hemos disfrutado mucho con familias que ya no están, con Amparo, Fortunato, Ángeles, Arnaldo el del tractor, Ejeri...”, desgranan nombres que han abrochado de amor la niñez de sus hijos, algo de lo que están orgullosos. Ahora vendrán nuevos rostros... o no. Confían. “Hay algunas casas en venta, sería una pena que se cayeran”, apuntalan.

“Quedarse en el pueblo ha sido un acierto”, sopesan, “a pesar de los contratiempos”, como la escasa cobertura que les trajo de cabeza en las clases online del confinamiento. Reparan “en los paseos con los perros”, en el desfile de esta primavera exuberante, “el calor de la chimeneíca cuando el frío se cuela sin llamar a la puerta”.

Siete concejos salpicados en un desfiladero verde intenso en abril dibujan el valle: Unciti, Alzórriz, Artaiz, Cemboráin, Najurieta, Zoroquiáin y Zabalceta, algo más de 200 habitantes entre cereal y románico. La iglesia de Zabalceta, San Lorenzo, está desacralizada. Junto a ella, el cementerio, hay enterramientos, pero ya no culto. Piensan Adela y Eduardo que tal vez el edificio, propiedad de la Iglesia, podría tener usos culturales, sociales.


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