Obituario
Tito, expendedor de tabacos
Su figura inconfundible, su visera y su andar torpe, ha quedado impresa en la vecindad de la calle Monasterio de la Oliva


Publicado el 31/07/2026 a las 14:53
Ayer falleció Tito. Con él, se diluye un poco más esa figura del estanquero que hemos conocido los de nuestra generación, la del último medio siglo.
Modesto Descals, este hortelano valenciano quiso ser cura al igual que los muchísimos que optamos por ese llamado, tanto como opción para estudiar como excusa para escapar del duro trabajo del campo. Abandonó los hábitos pero no su apego a los libros y el oficio de su difusión, también hoy desaparecido.
Y esa ocupación le llevó a conocer una pamplonica que le trajo hasta el barrio de San Juan, en Pamplona. Ya se dice, que si a los trabajos les pones emoción, éstos se convierten en proyecto. Tal vez por este motivo, se involucró en el estanco que Maite tenía en Pamplona. En este incipiente barrio obrero atendió la insaciable demanda de tabaco; desde el humilde Celtas hasta el rubio americano Chesterfield, desde el distinguido puro habano de tubo metálico hasta el popular Farias. Para las bodas, para la cena con los amigos, para la celebración de un acontecimiento, a todos hacía feliz Tito.
Luego llegaron la venta del periódico local, cada día, y el nacional, los domingos. Las revistas, algunas medio ocultas como el Interviú, sellos, postales y hasta plumas estilográficas. Y junto a Tito, su mujer, Maite poniendo en orden el estanco y ordenando, renegando y comprendiendo los olvidos de Tito, y guiando los cambios en los consumos que se les vinieron encima.
Y Tito dedicado desde el punto de la mañana acarreando los fardos de periódicos y revistas, las cajas de Malboro y de Ducados, atento a las revistas que le habían encargado, al cliente habitual que retira el periódico del domingo a la salida de misa. Siempre peleándose con la pértiga con la que alcanzaba el paquete más alejado, removiendo los paquetes en busca de la publicación que estaba seguro la tenía. Luego vinieron las quinielas rellenadas manualmente y estampilladas con pulcritud. Sin embargo, la tecnología le fue apartando del ajetreo de su diminuto estanco y se fue acordando de cuando fue hortelano y con ese recuerdo y los años que iba cumpliendo se hizo huertero de ciudad.
Su figura inconfundible, su visera y su andar torpe, ha quedado impresa en la vecindad de la calle Monasterio de la Oliva. Lo he leído no hace mucho y creo que esta definición le identifica perfectamente en los últimos tiempos que estuvo en el estanco: Con sus hombros delgados y su pecho hundido, semejante sobre todo a un signo de interrogación viviente… John Banville, en su libro Nocturno de Venecia. Así lo recuerdo yo; aunque él nunca se acordaba de mi nombre, yo le permitía que me llamase Merchó.
Descansa, estanquero infinito.