Relatos a pie de calle
La misionera que recibe con un abrazo
Conchita Ardanaz Labari, misionera de de Cristo Jesús, 45 años en Bolivia y ahora en Pamplona, cincela reflexiones, frases para subrayar grueso, derriba prejuicios y abre corazones


Publicado el 19/03/2022 a las 06:00
Conchita recibe con un abrazo. Sorprende en estos tiempos de pandemias y miedos. Y reconforta. Roncalesa de Uztárroz, creció en una familia de cuatro hermanos y con 21 años, “porque entonces antes de esa edad no se podían tomar decisiones”, dejó el pueblo para ir a Javier, y a su padre algo contrariado con el camino elegido. Siempre había admirado al santo misionero, pensaba en cómo ayudar a los demás, participaba de la vida de la parroquia... y cuando, cada marzo caminaban a Javier, veía a aquellas monjas de Cristo Jesús, “que no llevaban hábito y eran tan sencillas”. Aquello le cautivó.
Estudió Bachillerato y Enfermería y su primer destino fue un centro minero en el Altiplano boliviano, a 4.400 metros de altitud. “Producían estaño y nosotras ayudábamos en pastoral, formación y en salud, tenían problemas respiratorios por la altura, infecciones, desnutrición, todavía había polio y vacunábamos, atendíamos partos...”, describe aquellos años y aquellos lugares en que “la mujer estaba muy excluida, no contaba para nada y era solo amén a lo que decía el marido”. “Mi obsesión era formar a las jóvenes para que pudieran tener su dignidad y su palabra, que pudieran estudiar auxiliar de enfermería o corte y confección o... y luego ellas trabajaban y sentían que habían crecido, que se habían empoderado, como se dice ahora. Una mujer que está formada, forma a su familia y a todo el barrio, hay orden en la casa, administra”, concede sucinta y precisa Conchita, pelo cano, una mirada amiga, chaqueta de lana, pantalón y un sencillo anillo de madera, negro, en el dedo corazón de su mano derecha: “Y nuestra labor evangelizadora, como cristiana, era transmitir el amor que Dios nos tiene”. Ella fue la única mujer en entrar al interior de la mina, 300 metros bajo tierra. “A las mujeres no les dejaban porque decían que estropea la veta”, fue una de tantas escenas cotidianas en un país donde vivió varios golpes de estado y donde tenía claro que no le importaría morir por ayudar a los demás. Tras dieciséis años en el Altiplano pasó doce en Cochabamba y algunos más en el Trópico del mismo país. Entretanto, tres años en España, en animación misionera en Navarra, La Rioja y Guipúzcoa
“45 años son muchos para aprender”, dice de su tiempo en América Latina y dice más: “Fueron años fabulosos, de amar mucho, de sentirme amada y acogida, el pueblo boliviano es muy querendón, como digo yo y eso da sentido a la vida”, ilustra y entonces se entiende ese abrazo de bienvenida, tan sentido, a una desconocida.
“Al principio, cuando ves tanta necesidad, das y das. Luego percibes que tienen muchos valores y les escuchas y es reciprocidad, recibía mucho de ellos, como la capacidad de escucha. Si te veían que mirabas al reloj te preguntaban: ¿Tiene prisa hermanita? No, tú para mí eres importante”, encauzaba ella y luego reflexionaba: “¡Cómo has cambiado, Conchita!”.
Aprendió tanto, subraya, y se queda con algunos pasajes. Solo granitos de montones: “El deseo de superarse, sobre todo de las mujeres, eso me animaba, y el abrirte a otras culturas, a la idiosincrasia, te daban lo que tenían, si era una mujer que vendía peines y te regalaba uno ¿qué más te puede dar? Tenían la casa siempre abierta y te acogían. Ha sido fantástico, no me cambiaría por nada, ni por nadie”. Regresó a Navarra para abrir una comunidad en Javier de la congregación que el 14 de este mes cumplió 78 años. Fundada por María Camino Sanz Orrio, está presente en India, Japón, Congo, Venezuela, Chile, Bolivia y Vietnam. “El día de la fundación la madre de Teresa Unzu preparó una tortilla de patata y desde entonces, todos los 14 de marzo comemos una”, sonríen los gestos sencillos.
Ahora Conchita está en Pamplona, donde atiende una de las sedes de Pueblos Hermanos, “una ONG sencilla que nació de familiares de las hermanas para colaborar en los trabajos que hacíamos, en mejorar infraestructuras...”, repara en la importancia de las personas voluntarias y en la ayuda de familiares y amigos. “Cuando teníamos un apuro recurríamos a ellos, sino sería imposible. Y eso lo valoro mucho”, incide.
También colabora en Círculos del Silencio, ONGs de integración de los migrantes y de sus derechos, se reúnen los últimos jueves de mes en la plaza del Castillo. Y eso, sin descuidar el comercio justo.
DNI
Nombre: Conchita Ardanaz Labari.
Trayectoria: Nació en Uztárroz, en el valle de Roncal, en una familia de cuatro hermanos. Con 21 años ingresó en las Misioneras de Cristo Jesús, de Javier. Ha pasado 45 años en Bolivia. Ahora en Pamplona, coordina la ONG Pueblos Hermanos, colabora con Círculos del Silencio y con Comercio Justo.