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Seguridad vial

La entrada a los colegios de Pamplona, “el momento más estresante del día”

Familias que llevan a sus hijos a colegios del centro admiten que hay días que “no queda otra” que aparcar en doble fila

Un agente de la Policía Municipal regula el paso de cebra junto al Liceo Monjardín y el Sagrado Corazón
Un agente de la Policía Municipal regula el paso de cebra junto al Liceo Monjardín y el Sagrado CorazónEduardo Buxens
Publicado el 23/11/2021 a las 06:00
Se ha convertido en rutina hasta pasar casi desapercibido. Distintos puntos de Pamplona se convierten entre las 8 y las 9 de la mañana en un hervidero de escolares, familias, conductores, autobuses... Al margen del problema de los atascos, son momentos críticos para la seguridad de las personas, en especial para los más pequeños. Un grupo de 26 agentes de la Policía Municipal acuden a 33 colegios de primaria y seis institutos. Se convierten así en ángeles de la guarda.
La muerte del pequeño Imanol, de 4 años, en octubre de 2018 cuando cruzaba un paso de cebra junto al colegio Esclavas del Sagrado Corazón en la Txantrea llevó al Ayuntamiento de Pamplona al refuerzo de la seguridad de los entornos escolares, así como medidas de prevención y concienciación. En estos últimos tres años no ha habido que lamentar muertes ni heridos de gravedad, pero desde Policía Municipal advierten de que no hay que bajar la guardia.
En la mayoría de los casos, la patrulla se desdobla para atender a dos colegios cercanos. Hay otros centros en los que por su tamaño y complejidad de calles y entradas, como la ikastola Jaso, están dos agentes. Su labor principal es regular los pasos de cebra para facilitar el tránsito de peatones y reducir los atascos. Pero a la vez vigilan que no haya estacionamientos indebidos en las proximidades. “A veces nos toca acercarnos y advertir a conductores de que no pueden dejar el coche ahí”, señala Francisco Ataun, comisario de Seguridad Vial.
Las dobles e incluso triples filas son el principal problema de seguridad. “Muchos conductores no son conscientes, pero estos vehículos mal estacionados perjudican la visibilidad de niños y mayores, con el consiguiente riesgo para la seguridad”, señala Francisco Ataun.
CON EL COCHE HASTA EL PATIO
Antes del inicio del curso, el grupo de Educación Vial de la Policía Municipal contacta con todos los centros para conocer sus horarios y tipo de alumnado y planificar así los dispositivos. “El primer mes siempre es el más conflictivo. Hay una mayor afluencia de vehículos y hasta que las familias se hacen idea de la situación se producen momentos conflictivos. Por ejemplo, que aparquen en zonas reservadas y que luego lleguen los autobuses y no puedan parar”, comenta el comisario.
El consejo “básico” que da la Policía Municipal es aparcar en calles aledañas más tranquilas. “A partir de cierta edad, no pasa nada por que los menores caminen un poco. Se puede buscar una zona que no requiera cruzar una calle, que puedan ir por la acera hasta el colegio”, comenta Ataun, que lamenta que una parte de los padres insista en dejar al hijo o la hija “en la misma puerta”.
Las patrullas están acostumbradas a bregar con “padres caraduras que se salen de lo que puede ser de sentido común”. Entre las situaciones rocambolescas que se han vivido está la de un padre que en la Rochapea llegó a entrar con el coche en el patio del colegio. “Son habituales los malentendidos, roces entre padres y vecinos porque son momentos donde imperan las prisas, los bocinazos y a veces las salidas de tono”, apunta el responsable de Seguridad Vial.
Por contra, destaca Ataun, hay centros escolares que han ido “asumiendo estas cosas” y donde las familias actúan con mayor responsabilidad. “Así ocurre en el Liceo Monjardín y el Sagrado Corazón en el Segundo Ensanche. Hay muchos padres que han decidido aparcar más lejos y otros que van andando desde Lezkairu. En esta zona la situación ha mejorado”, comenta.
El grupo de Educación Vial de la Policía Municipal hace en este sentido una labor de formación y concienciación entre el alumnado de los centros. También se ha intentado, en coordinación con las apymas, organizar charlas para padres y madres, pero la asistencia ha sido mínima. “Hay muy poco interés”, se lamenta Ataun.

Cerrar al tráfico las calles, la opción de otras ciudades

Ciudades como Málaga, Pontevedra y más recientemente Logroño se han atrevido a dar un paso al frente en mejorar la seguridad de los entornos escolares cortando al tráfico algunas calles durante ciertas horas. Se forman así islas donde los escolares pueden transitar sin riesgo de atropellos. “En Logroño, por ejemplo, se cortan calles principales”, comenta Francisco Ataun, que apunta que en Pamplona no se ha llegado a plantear una cosa así.
Hace dos años el Ayuntamiento de Pamplona inició un proceso de adecuación de los entornos escolares para mejorar la seguridad. Ampliación de pasos de cebra y aceras, colocación de vallas, mejoras en la señalización... De momento se ha actuado en once zonas. Las patrullas también dan parte cuando algún paso necesita una mano de pintura o hay que reponer alguna señal.

Veintiséis policías controlan cada mañana la seguridad de los colegios de Pamplona

Son las 8.45 horas y Rosa, Amaya, Raquel y Ana dan el último adiós a sus pequeños en la puerta del colegio Calasanz Escolapios, en la calle Aralar. Unos minutos de tranquilidad y conversación que ponen fin al “momento más estresante del día”, llevar a los niños al colegio. Con el objetivo cumplido, Rosa y Amaya se van a trabajar. Raquel y Ana en ocasiones pueden permitirse el lujo que irse a tomar un café, relajarse y coger fuerzas para el resto de la jornada.
Estas cuatro madres tienen centros más cerca de su casa, públicos y concertados, pero eligieron complicarse un poco la vida porque les gusta este proyecto educativo. Rosa Rodríguez tiene dos hijos de 6 y 3 años y vive en Sarriguren. Se levanta a las seis de la mañana “porque son muchas cosas las que hay que hacer” para llegar con puntualidad a la parada de la villavesa que les dejará en la avenida Baja Navarra. “Mucho estrés. Casi siempre terminas agobiada, es fácil que algo se tuerza”, comenta.
Amaya Fernández ya es una veterana en estas lides, con tres hijas de 10, 9 y 6 años. Viven en la otra punta de la calle Aralar. Una recta de 750 metros que tarda 12 minutos en recorrer andando. “El día que llueve es terrible. Preparas paraguas, abrigos y catiuscas y te lanzas. Si jarrea coges el coche, pero entonces sufres el colapso de las rotondas junto al Liceo Monjardín”, relata Amaya.
Raquel Fernández y Ana Barandalla vienen en coche, la primera desde Lezkairu y la segunda desde Mendillorri. “Nos permiten dejarlo en doble fila aquí en la calle Aralar, pero tienes que estar pendiente de que no moleste a nadie. Así que cuando alguien pita se forma barullo”, explica Raquel, que tiene una niña de 6 años. Ana primero intenta buscar un hueco. “Te pones a dar vueltas y si no hay suerte lo dejas en doble fila”. Explican que conducir en el Ensanche es “una pesadilla” que se ha complicado con las obras de Salesianos.
Una patrulla de la Policía Municipal acude por las mañanas a Escolapios y al Vázquez de Mella. De estas cuatro madres, Amaya sí que admite haber tenido “algún susto” cruzando el paso de peatones. “Te encuentras con conductores que vienen con mucho estrés y no se fijan. Dan ganas de decirle que ande con más ojo. A los niños por estatura es más difícil verlos”, señala.
En todos los colegios hay madres y padres veteranos con muchos años a sus espaldas en estas lides. Esperanza Aristu y Josune Sánchez tienen hijos en sexto de primaria en el Liceo Monjardín. Por las mañanas buscan un hueco a lo largo de la calle Monjardín. “Una veces encuentras más cerca y otras más lejos, pero son 5 minutos. Hay mucha rotación”, explica Esperanza, que vive en Sarriguren y tiene otro hijo de 8 años. Antes de la pandemia, Josune venía en autobús desde Erripagaña. “Ya el curso pasado decidimos venir en coches, que es más rápido”, comenta. A partir de las 8.30 ya pueden aparcar en la zona reservada a los autobuses “y eso facilita las cosas”.
Otros padres y madres están todavía en la complicada etapa de las silletas. Jon García, con dos hijos en infantil, tarda algo más de 5 minutos en dejar a los pequeños, a uno en el aula de 2 años del Liceo y a la mayor en infantil del Sagrado Corazón. Hay que sacar la silleta, desabrochar a los dos y cruzar la calle por el paso de cebra. Viene desde Mugartea y después se marcha a trabajar. “Para recogerlos es algo más tranquilo porque es más escalonado. Al mediodía suele venir mi mujer y a veces tiramos de los abuelos”, relata Jon, que admite que no lo lleva mal: “Es una rutina a la que te acostumbras”.
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