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Pandemia de la covid-19

Así fue la primera noche sin restricciones covid en dos discotecas de Pamplona

El 12 de marzo de 2020 fue la última vez que se bailó en la discoteca Canalla. Así se vivieron el jueves las primeras horas sin restricciones

Reencuentros, abrazos y rostros desencajados de felicidad entre los estudiantes universitarios que coincidieron la noche del jueves en la sala de fiesta
Reencuentros, abrazos y rostros desencajados de felicidad entre los estudiantes universitarios que coincidieron la noche del jueves en la sala de fiesta Iván Benítez
  • Iván Benítez / Lucas Domaica
Actualizado el 01/10/2021 a las 23:42
Tal día como este viernes hace un año, el 1 de octubre de 2020 a las 00.02 horas, un terremoto de magnitud 4.6 sacudía Navarra. Este viernes, a la misma hora, quizá un poco más tarde, la comunidad volvió a temblar, pero de alegría.
He llorado dos veces durante esta pandemia: el día de la llegada de la vacuna y cuando anunciaron el fin de las restricciones”. De esta manera exprimía sus sentimientos Enrique Ibáñez Merino, de 39 años y socio de la discoteca Canalla -junto a Carlos Tabar- después de 18 meses varados en el dique de la pandemia. Y se expresaba así una hora antes de que diera comienzo una noche sin limitaciones. La primera de todas. Por delante, seis horas de fiesta, posiblemente como las de antes del 15 de marzo de 2020: bailando sin el lastre del miedo, sin mesas, sin aforos, sin distancias, pero con mascarillas. O debería ser así, porque la norma estatal lo obliga en interiores.
Para recordar una noche parecida hay que remontarse al jueves previo al estado de alarma, un 12 de marzo de 2020. Desde entonces nadie había vuelto a bailar en una pista de ocio nocturno en Navarra, al menos en esta sala de ocio nocturno. “Nosotros cerramos antes de que nos lo impusiesen, por responsabilidad, porque entonces veíamos que algo estaba sucediendo en la calle”, rememora Ibáñez, dejando claro que ahora no quiere hablar del pasado. Aquel 12 de marzo de 2020, jueves, Navarra clausuraba los bares a las diez de la noche y se prohibían grupos de más de seis personas. El aforo se reducía al 30% en interior y 50% en terrazas. Comenzaban 14 primeros días de restricciones.
Hoy, por el contrario, en la calle se respira tranquilidad a once grados de temperatura y con algo más de tráfico que una noche habitual. Alentado por el volver a empezar, por la ilusión de un nuevo anochecer, Enrique llega descansado un poco antes de las once. Su socio se encuentra de baja médica, así que estas primeras horas las lidiará solo. Mejor dicho, con su equipo. Solo esta noche de juevintxo la plantilla la conforman siete camareros, un DJ, siete vigilantes, una persona en el guardarropa y otra en la taquilla. Y el fin de semana se incrementa.
Cargado con una bola de espejos, de esas que se cuelga en el techo y sirve para proyectar efectos de luz, el responsable saluda a parte del equipo de seguridad. Uno de ellos respira aliviado al preguntarle cómo se encuentra. Sin esperarlo, responde, se han visto de nuevo en los raíles de la vida laboral. Una vuelta a empezar.
Una vez dentro, solo se advierten dos puntos de luz, uno en el guardarropa y otro en el bar. La cabina del diyey permanece apagada. Estos minutos previos a las doce de la noche, que es la hora marcada para echar abajo el muro de las prohibiciones, se agitan verdaderos cócteles de emociones. “Estamos preparados para afrontar la nueva normalidad”, argumentan Haizea Montero Elosegi y Shaila Vázquez García, estudiantes de administración y psicología de 23 años, ambas camareras. Desde este lado de la barra, como si el diván de una consulta, explican que los clientes siguen respetando su trabajo, pero los ven algo más nerviosos.
El responsable de la discoteca se sienta en un reservado y contempla en silencio desde la perspectiva del “miedo, la incertidumbre y la ilusión”. Ha dejado a sus cuatros hijos durmiendo, aún no saben que su padre se incorpora a la rutina de la noche. El viernes por la mañana (por ayer), seguramente sin dormir, les acompañará a la parada del autobús. Entonces les contará que papá, por fin, ha vuelto a trabajar. “Hace dos semanas abrimos con restricciones, los clientes solo podían consumir en mesas, y teníamos miedo. Sentíamos mucha tensión ante la posibilidad de no poder controlar el impulso de la gente a la hora de escuchar al DJ. Y siempre quieres cumplir las normas. Así que cuando te dicen que hoy puedes abrir a las doce de la noche sin restricciones…”. Enrique entonces lloró. “Al escuchar el final de las restricciones entendí que la pesadilla estaba tocando a su fin”. Pero sigue siendo realista. “La normalidad llegará cuando podamos quitarnos la mascarilla aquí dentro”, deja claro.
A las 23.30 horas, los focos se clavan en el ambiente. En lo alto, desde la mesa de música, Antxon Saez Calles comprueba la iluminación y prepara los primeros compases. A sus 29 años y 12 de experiencia, confiesa sentirse “con las pilas cargadas y preparado para lo que viene”. Adelanta que lo primero que sonará esta noche será “Se acabó la cuarentena” de Jowel Randy. “¿Por qué esta canción? Su letra ha sido el himno de la fiesta. Nos recordaba que estábamos muy cerca de la normalidad”. Aun y todo, el joven no cree que hayamos abierto la puerta de la normalidad. “En la mentalidad de la gente aún hay miedo porque se ha acostumbrado al ocio con restricciones”, observa. “¿Por qué me gusta este trabajo? Porque me apasiona transmitir mis sensaciones a través de la música”.
Faltan quince minutos para las doce. Tras la barra del bar, Shaila y Haizea comparten conversación con otros compañeros: Eduardo Arbilla, Iker Ateka, Alejandro Jaume y Eneko Eguillor. Mientras, en la acera esperan con impaciencia cincuenta jóvenes, la mayoría estudiantes universitarios. Irantzu los tranquiliza desde la taquilla y el equipo de seguridad les recuerda que no pueden acceder en pantalón corto y sin mascarilla. La entrada cuesta 12 euros. “Por favor, no tendrás una mascarilla de sobra”, ruega un chico paraguayo. No tardan en conseguírsela.
00.30 horas, los clientes sacan los móviles y muestran las entradas en sus pantallas. El golpe seco del estampado del sello en sus brazos marca el inicio de una carrera por entrar. De la mano, abrazados... “¿De verdad que se puede bailar en la pista y se puede consumir en la barra?”, pregunta con ingenuidad una de las primeras jóvenes. A dos metros de Antxon, el diyey, se encuentran tres amigos suyos, Erik Ainzue, Nerea Ayerdi y Aitor Baztan, de 25, 20 y 24 años. “Hace hora y media estábamos en casa en pijama comiendo jamón y nos ha llamado Antxon para animarnos a salir. Y aquí estamos, preparados para darlo todo y si hace falta empalmar con el trabajo”, ríen. “Después de tanto tiempo, todo esto es nuevo. Claro que hemos tenido momentos de fiesta, pero no es lo mismo. Celebrábamos en casa y aquí puedes sociabilizar y conocer gente nueva”, sonríe Nerea, estudiante de Rayos. “Y encima, me pilló la pandemia con 18 años, cuando por fin podía entrar en una discoteca. Por eso siento emoción y expectación. Todo esto es muy guay”. Primeros compases. Suena ‘Se acabó la cuarentena’.
Las cuchillas de colores seccionan ahora los hielos de las copas. En la pista se congelan abrazos. Brindis en alto. Todos a una y mascarillas abajo. Por cierto, se distinguen pocas mientras se baila. Mejor dicho, solo una y FFP2. Los clientes se despojan de ellas al consumir y los efluvios se encargan de hacer el resto. Los camareros reprenden desde la barra. Los de seguridad más de lo mismo, pero resulta imposible. Demasiados frentes. Y los tragos se alargan, como los abrazos. Una cortina de humo lo envuelve todo de repente. “¡Hoy es el primer día de libertad!”, vuelven a gritar. Sin duda, el 15 de marzo de 2020 y el 1 de octubre de 2021 se han convertido en efemérides señaladas.
Aunque hay suficiente espacio en la pista, los cuerpos se buscan en el centro, a ritmo de reggaeton. Antxon deja la mesa de música a un compañero porque debe pinchar en otro local. Imanol Reyes le sustituye. “Llevaba mucho tiempo sin pinchar y me está costando, pero tenía tantas ganas de ver a la gente interactuar”, dice. A sus pies, una marea de felicidad. “Está siendo un subidón. Tenemos 20 años y es la primera vez que entro a una discoteca”, dice Leyre Galera, que engarza la ilusión de la primera noche con Manuel Martínez y Oier Zabalza. Los tres bailan, sin tregua. “Esperamos que todo vuelva a ser como antes y no volvamos a empezar de cero”.

“Es una gozada, pero hay que tener cabeza”

Normalidad es luchar por una entrada para la discoteca cuando está el cartel de agotado. También lo es volver a casa con una costra oscura en las zapatillas y, por supuesto, pedir canciones sin éxito a un deejey con poco margen para salirse de su lista de temas. Todo esto es normalidad. Eso sí, ahora estamos en la nueva normalidad y hay cosas que el jueves se estrenaron. Por ejemplo, la fiebre tiktoker que se dejó ver por Indara, en Pamplona.
Para el que no sepa, Tiktok es una red social en la que se comparten vídeos. Entre ellos destacan las coreografías que hay para cada canción. Con más o con menos gracia, algunos jóvenes tiraron de estos bailes para inaugurar una pista diecinueve meses después. Esta discoteca pamplonesa abrió sus puertas a las doce, justo en ese momento en el que todas las restricciones pasaron a ser historia.
En la entrada, la cola de espera era notable. “Llevamos esperando mucho tiempo para poder bailar, por esperar un poco más aquí no pasa nada”, reía Benjamín Monreal Aguirre, universitario de 19 años. En el interior de Indara aún quedaban flechas indicadoras del sentido a seguir en las escaleras, carteles obsoletos de aforo y otros elementos que recordaban a la vida previa a la medianoche.
LA NOCHE EN LA PISTA
Para llegar a la pista es necesario bajar unas doce escaleras. Una vez abajo hay que hacer un giro a la derecha hacia la puerta de acceso. Este viernes fue justo en ese giro cuando uno se daba cuenta de la magnitud del asunto. Indara volvía a ser Indara. A la guerra. Una masa de cabezas iluminadas por luces rojas, azules, naranjas y moradas llenaba la sala.
Lo primero era ir a por la consumición. Sin pensarlo mucho, el más alto de la cuadrilla hacía de explorador y los demás, en fila india, seguían sus pasos hasta la barra. En el trayecto lo de siempre. Estaban los que no se toman mal los empujones y las miradas desafiantes de otros por abrir hueco en su espacio. Aunque hay que destacar que esto último no fue lo normal. Ni rastro de las típicas peleas y de las carreras de los encargados de la seguridad. Punto a favor para todos.
Después de superar la odisea hasta la barra tocaba andar listo. Mascarilla puesta para pedir y tirar de experiencia para conseguir el cubata rápido. Al otro lado de la barra estaba David del Brío Maestre, camarero de 22 años. Con más horas en la pista de baile que de barman, este pamplonés notó el contraste entre la semana pasada y este jueves. “Hemos ido de cero a cien en muy poco tiempo, mucha diferencia”, aseguraba mientras cogía los tiquetes de la consumición, que en ese momento es como perder una vida al darlo al camarero. “Llevábamos mucho tiempo esperando esto y es una gozada, pero hay que tener cabeza”, añadía. “Es una maravilla ver las pistas de baile así de llenas. Yo estoy disfrutando mogollón”, reconocía el joven camarero.
El siguiente paso consistía en buscar un sitio donde asentarse para bailar. La parte de abajo, coloquialmente conocida como ‘el barro’, estaba repleta, en las terrazas elevadas sobre la pista había más hueco. Para que se hagan a la idea, estas terrazas son como gradas. Se ve todo lo que ocurre en la pista y es una posición estratégica. Unos la utilizan para pasar el rato riéndose viendo a los demás y otros para buscar a su cuadrilla porque se ha perdido. Una de esas terrazas tenía apariencia de reservado, aunque con bastantes fugas.
Desde arriba, el jueves se veían bastantes sonrisas y, por supuesto, pasos de baile oxidados. Poco a poco, conforme sonaban temas conocidos llegaban flashes de épocas pasadas. Por ejemplo con Marta, Sebas, Guille y los demás de Amaral. Fue sonar este clásico y explosión. Unos porque les gustaba, otros porque ya están cansados de ella, pero explosión. Al fin y al cabo todo el mundo conoce aunque sea lo de “son mis amigos…”. También gusta mucho el remix. Esas canciones mezcladas que cuajan a la perfección a esas horas de la madrugada.
Otro clásico de Indara es el patio interior bautizado como zona de fumadores. Ahí baja la temperatura considerablemente y el jefe es el que tiene mechero. Otros lo han olvidado en el abrigo que han dejado en el ropero, algunos no tienen pero se animan a echar un pitillo de fiesta… Hay de todo.
Poco a poco, los focos de colores fueron apagándose y dieron paso al trágico momento de encendido de luces normales. Eran las seis. Se fue la música, la gente corrió al ropero para no hacer mucha cola y los de seguridad ejercieron su labor de pastor para mandar a todo el rebaño de jóvenes a casa. Claro, para ir a casa primero hay que salir de Indara. Es decir, una decena de escaleras interiores y otras tantas de salida a la Avenida del Ejército. Un espectáculo donde coincide la juventud fiestera con los runners mañaneros y los trabajadores que acuden a sus puestos de trabajo. El ocio nocturno ha echado a andar definitivamente y el jueves fue muestra de ello.
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