Anónimos populares
Eugenia pudo celebrar los 100 años
Nacida en Alfaro (La Rioja) el 26 de enero de 1921, vivió con su familia en Zuasti, Ribaforada y Olite. Casada con Julio Luna, trabajó en la fonda “Hispano francesa” y en una portería en Burlada. Reside en Barañáin y tiene seis hijos, doce nietos y dos biznietas.


Actualizado el 30/01/2021 a las 06:00
La pandemia ha privado a Eugenia García Izpura (Alfaro, 1921) de muchos abrazos, de sus salidas al cercano club de jubilados de Barañáin y de varias reuniones familiares. Pero no le quitó su celebración al cumplir 100 años. Fue diferente. Sin la reunión con sus hijos, nietos y biznietas que tuvo, hace un año, al cumplir 99, “por si no llegaba”. El martes 26, día de su aniversario, se encontró con la mayoría de ellos en la calle y hasta le pintaron una pancarta con felicitaciones por si el mal tiempo le desanimaba a salir. Para que la viera desde el piso que desde hace un año, previsora, comparte con Conchi, la persona que se encarga de su cuidado y del de la casa. Ese piso que se llenó de fotografías y de ramos de flores que fueron llegando en una jornada que, pese a la situación, fue memorable para los suyos.
Hija de ferroviarios, la penúltima y “más revoltosa” de seis hermanos, pronto recalaron en Navarra, de donde procedían. Pasaron por Zuasti, Ribaforada y Olite. Allí se afincó la familia cuando su madre se declaró cansada de tanto cambio. Y en Olite conoció al que fue su marido, Julio Luna Sesma, con el que se casó cuando tenía 27 y 26 años. Compartieron seis hijos que le han dado doce nietos y dos bisnietas. Él falleció al cumplir los 68, cuando planeaban pasar una Navidad en Alicante.
Antes de llegar a Olite abrió su camino laboral, con catorce años. Y no lo dejó, para ayudar económicamente a la familia. Comenzó en una fonda de Pamplona, “la Hispano Francesa que estaba encima de El Txoko”, recita sin titubear. Cuenta también que le tocaba subir los siete pisos para preparar las habitaciones para los huéspedes. Comenzó joven y siguió acudiendo cuando era requerida para San Fermín. Lo hizo un tiempo después de que los hijos comenzaron a llegar, aunque luego la vida le llevó por otros derroteros. “Cuando nos casamos mi marido decía que el campo nos podía dar de comer, pero el primer año si sembramos 2 kilos recogimos 8. Fue el año de la seca. Y le dije que nos fuéramos a Pamplona. Yo conocía a clientes de la fonda que trabajaban en talleres y demás y pensaba que le podrían colocar”. Vivieron en la casa Gredillas en la Rochapea y luego “cogió” una portería Burlada. Al llegar la jubilación se trasladaron a Barañáin.
El recorrido vital y laboral lo cuenta sin dudar, sólo confundida por la emoción de los días previos a su centenario y por una sordera a la que no ayudan las mascarillas de sus interlocutoras. Pero cuando no se acuerda de algo, sabe donde encontrarlo. Como la “cartulina roja” que esconde la lista de lugares y fechas de nacimiento de sus familiares.
Ni la edad ni los dolores que le provoca la artrosis que ha reducido sus movimientos le han borrado una sonrisa pícara cuando recuerda anécdotas de una vida de trabajo pero también “trastadas” de juventud. “Mi hermano iba a un colegio en la calle Mayor y dos de mis hermanas y yo veníamos a las Dominicas de Jarauta. Veníamos en tren desde Zuasti, y al ser hija de ferroviarios, era gratis. Mi madre nos daba dinero para el autobús hasta el centro, pero yo les decía que subiéramos andando y que él dinero lo gastáramos en chuches. Y así se hacía”, cuenta con un gesto que delata su gusto por esas travesuras.
También sonríe al recordar sus tardes en el club de jubilados de Barañáin. Empezó a ir con su marido. Acudía a gimnasia, “y me tiraba al suelo como un bebé”. A las excursiones de día que se programaban, varias de ellas a la playa. Y no fallaba a la partida. “A las cuatro, todos los días, era como si un hilo me tirara para ir al club”. Y allí se juntaban ocho o diez amigas y las partidas de brisca hasta las ocho y los campeonatos han llenado su biografía de anécdotas y de buenos ratos. También de alguna receta que ha perfeccionado y que ha sumado a las que aprendió en la escuela del Ave María, “donde las señoras de Pamplona enseñaban”.
La cocina ha sido una de las grandes pasiones y que mantuvo hasta los 99 años, cuando ya no quiso vivir sola. “Me conocen como la del bizcocho cuando ahora salgo a pasear”, dice. Bizcochos, canutillos, croquetas y otras viandas que preparaba hasta hace poco a sus nietos y que recuperó para obsequiar ella a los que le felicitaban por los 100. Con la sonrisa que ilumina estos días su rostro pese a la añoranza del club.