Día Mundial de la Terapia Ocupacional
Jesús Manuel Gil, paciente en rehabilitación: "El ictus me ha cambiado para bien"
En julio sufrió un ictus y tras meses de tratamiento y terapia ha conseguido recuperar en gran parte la movilidad y ser autónomo


Publicado el 27/10/2026 a las 05:00
De no poder moverse a correr por los pasillos del hospital o meterse entre pecho y espalda 35 kilómetros en bici eléctrica. Jesús Manuel Gil Ochoa, de 66 años, soltero y vecino de Luquin, sufrió un ictus el 7 de julio de este mismo año y, tras tener medio cuerpo paralizado, ahora es autónomo. Anda con una ligera cojera y sigue trabajando los movimientos de su brazo izquierdo, la parte más afectada tras el ictus, en el gimnasio de rehabilitación del Hospital San Juan de Dios de Pamplona; pero irradia energía.
Habla, saluda a todo el que se cruza en su camino, intercambia chascarrillos con su anterior terapeuta, que le trató cuando anímicamente estaba en el peor momento, y es tal su efusividad que provoca sonrisas entre pacientes, colegas de padecimientos, y profesionales. Parece que quiere gritarle al mundo que sí, que se está recuperando y, sobre todo, que está muy, muy agradecido.
Hasta tal punto que quiere formar parte del equipo de voluntariado de San Juan de Dios y pide información. “No quiero enfriarme”, explica. “Me gusto más que antes del ictus. Después de estos meses he descubierto cosas que tenía muy tapadas”, asegura.
HORAS DE ANGUSTIA
Gil es transportista de profesión y le encanta la libertad de sentarse en el camión y tomar sus decisiones en viajes por Europa. Enamorado del monte, de la caza y del aire libre, tiene una pequeña huerta en Luquin donde cultiva pimientos, pepinos, calabacín, melón, lechuga, tomate... “De ese que sabe a tomate”, afirma entre risas. El próximo mes de diciembre se jubila y, precisamente ahora, pensaba que atravesaba uno de sus mejores momentos
“Tuve un infarto hace 14 años. Fumaba mucho, tomaba 14 o 15 cafés. Perdí diez kilos porque cuando le ves las orejas al lobo te quedas manso, pero luego te olvidas”, relata. Con todo, salvo el tabaco, se encontraba en un buen momento cuando estaba en el porche de la huerta y comenzó a sentir un hormigueo en el brazo. “No tenía conciencia de que me estaba afectando a la pierna. Me levanté y me caí. No me sostenían las piernas”.
En ese momento, Gil supo que le estaba dando un ictus y estaba solo. “Lo sabía porque había leído un folleto en el que explicaba los síntomas cuando estuve hace tiempo en el consultorio”. Primero pensó en gritar, luego en arrastrarse hasta la carretera, pero se impuso la cordura y manteniendo la serenidad llamó a su hermana. “Me está dando un ictus. Llama al 112”, le dije. Una información esencial porque cuando llegaron los sanitarios en la ambulancia ya sabían qué se iban a encontrar.
“Mi preocupación era cómo me iba a quedar porque mi tío estuvo paralizado tras un ictus. Pensar en depender no me hacía ninguna gracia”, añade. Nueve días en la Unidad de Ictus del HUN y después a San Juan de Dios, donde llegó en silla de ruedas. “Te dicen que hay mucho margen de mejora pero lo crees porque estás en silla de ruedas”.
ABRIR LA PUERTA Y TENER COMPAÑÍA
La realidad es que la mejoría es evidente. La información inicial, la rapidez en el tratamiento y la continuidad en las terapias de rehabilitación han dado frutos. “Me han apoyado muchas personas. Desde las que me ayudaban a asearme cuando no podía moverme hasta mi terapeuta, Iratxe, con la que trabajo ahora”.
El agradecimiento le sale a borbotones. “Una cosa es ser profesional y otra cosa es ser cercano y tener empatía”, afirma. Y añade que se ha sentido “cuidado” y “mimado”. “Asumes que la paciencia es propia de personas mayores pero en este hospital hay profesionales muy jóvenes. Te sorprende su empatía”, añade.
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“En estas situaciones te da por pensar en la muerte y es difícil de gestionar. Sin embargo, abres la puerta y tienes compañía”, afirma mientras recuerda paseos pasillo arriba, pasillo abajo con su médica. “Me tocaba siempre el brazo. Sabía que me preocupaba”.
Y en el torbellino emocional incluye a su familia con la que, tras un tiempo de distancia, se ha reencontrado. “Mis tres hermanas, mis cuñados, mis sobrinos Iñigo y Adriana. La familia es lo más importante en la vida. Han estado encima y, por si fuera poco, incluso cuidando la huerta”, dice emocionado. Todavía le quedan sesiones, ahora ambulatorias, para seguir recuperando la funcionalidad. Pero “el ictus me ha cambiado para bien”, asegura. Quizás porque ha experimentado el apoyo incondicional de muchos profesionales en este camino. “Nunca dejaré de dar las gracias”, concluye.