Arcadio Ibáñez San Juan, tendero de Iturrama y defensor de la memoria histórica

Arcadio Ibáñez, en 2013.
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Arcadio Ibáñez, en 2013.

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Juan Cruz Alli

Actualizado el 13/09/2026 a las 08:22

El pasado lunes 7 de septiembre falleció en la Casa de Misericordia una persona conocidísima en la zona de Rinaldi de Iturrama, el tendero Arcadio (1937-2026). A su viuda Conchita Salinas, a sus hijos, especialmente a Joaquín, y nietos, la condolencia de sus convecinos, clientes y amigos. Cuantos le conocimos y tratamos compartimos las palabras de su familia en la esquela: “Tu recuerdo será siempre nuestra mejor compañía”. Arcadio ejerció siempre de natural de Miranda de Arga, agricultor y horticultor hasta convertirse en tendero pamplonés dedicado a las frutas, hortalizas y todos los productos de alimentación y limpieza propios de una tienda de un barrio que inició su crecimiento en los primeros años 60 por iniciativa del Patronato Rinaldi vinculado a los Salesianos. Arcadio cultivaba con método tradicional y la ecología mucho antes de que se convirtieran en un elemento de calidad y marketing, transportaba y repartía. Conchita atendía con encanto y amabilidad a una clientela a la que trataba más como vecinos que como clientes. Ambos formaban una pareja distinta y complementaria en lo personal y profesional, llenos de calidad humana, buen hacer en su trabajo con esfuerzo personal y buenos productos. A todos los vecinos conocían y los conocíamos por su nombre propio y disfrutamos de su amistad. El establecimiento estuvo abierto hasta 2024. Cuando fueron a la Misericordia y mientras la salud se lo permitió seguían vinculados a su barrio y todavía lo hace Conchita. La cordialidad de Arcadio ocultaba un dolor de corazón que sólo transmitía cuando conocía y tenía suficiente confianza con el interlocutor. Era hijo póstumo de Arcadio Ibáñez Sesma al que hicieron desaparecer en Zaragoza en los primeros días de la guerra civil por haber sido concejal en Miranda por el Partido Republicano Radical Socialista, formado por clase media con ideología socialdemócrata y socioliberal, defensor de la República y la democracia parlamentaria. El mismo fin tuvieron sus cuatro hermanos. Arcadio, huérfano desde su nacimiento, conforme crecía y oía a su madre los relatos sobre el padre y los tíos desaparecidos percibió que, como expresó María Teresa León: “Una guerra es como un gran pie que se colocase bruscamente interrumpiendo la vida de un hormiguero”. Su padre y tíos fueron hormigas muertas por el pisotón del odio. Vivió el dolor propio y familiar: “En uno de los ojos mucha pena / y también en el otro, mucha pena / y en los dos, cuando miran, mucha pena… / Entonces… ¡Claro!… Entonces… ¡ni palabra!” (César Vallejo). Conforme fue conociendo los hechos, Arcadio asumió como un deber filial buscar los restos y contribuir a crear un país con libertad, justicia, igualdad y democracia, en el que no fueran posibles la persecución y los crímenes contra las personas por sus creencias, en el que se impusiera la vida en libertad sobre la muerte, triunfando la causa e ideales de los fallecidos como fruto útil de su sacrificio, resucitándolos en un nuevo pueblo. En silencio fue leyendo, contactando y poniendo los limitados medios a su alcance para conseguirlo en un ambiente hostil contra los considerados “enemigos”. Con la llegada de la democracia contribuyó con entusiasmo a crear la Asociación de Familias de Fusilados, a buscar restos y a recuperar la memoria al servicio de todos los que, como él, habían sufrido y llorado en silencio. También en este compromiso personal contó con la comprensión y el apoyo decidido de su esposa, conscientes de que “los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla”. El matrimonio hizo de su vida un compromiso activo para evitar que se volviese a producir la desaparición de personas. Descanse en paz un buen hombre, trabajador incansable que, sin revanchismo, buscó la verdad, la justicia y la memoria de cuantos fueros víctimas de la persecución, la guerra y la muerte.

El autor es convecino del fallecido

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