Peregrinación

Camino a Javier entre chubasqueros y tradición

Aunque la lluvia ha dejado su impronta en el camino, la temperatura y la falta de viento han favorecido la marcha de miles de peregrinos en una de las citas más emblemáticas del año

Peregrinos caminan rumbo a Javier en la primera de las jornadas celebrada este sábado, 7 de marzo

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Peregrinos caminan rumbo a Javier en la primera de las jornadas celebrada este sábado, 7 de marzoJESÚS GARZARON

Noelia Gorbea

Actualizado el 07/03/2026 a las 20:45

Las Javieradas son mucho más que un simple peregrinaje; son un latido colectivo que resuena en los corazones de miles de personas. Año tras año, la explanada del Castillo se ve colmada de pasos firmes y esperanzados, como una marea humana que, sin importar las condiciones, avanza con una fuerza difícil de medir. Es el poder de la tradición que, de nuevo, dejó de lado la lluvia que se coló en la primera de las Javieradas de este 2026.

Chubascos intermitentes que obligaron a echar mano de la capucha o del poncho, pero la temperatura (suave para estas fechas, alrededor de los nueve o diez grados) permitía caminar con comodidad. Sin viento, el paso se hacía ligero y constante. “Es mucho mejor así”, coincidían unos y otros.

Paraguas, pocos. “El chubasquero lo compré ayer mismo”, comentaba entre risas Luisa Macarena, pamplonesa y peregrina habitual mientras avanzaba protegida. Pero no todo fue gris, el sol se alió, a ratos, con las miles de personas que este sábado 7 de marzo marchaban hacia su meta. Como también fue positivo esa cantidad de calcetines de repuesto que muchos metieron en las mochilas.

CAMINANDO JUNTOS Y CUMPLIENDO CON LA TRADICIÓN

Y como suele ser habitual, a lo largo del camino se repitieron escenas de amistad, familia y tradición compartida. En Monreal, por ejemplo, un grupo de amigos y familiares hacía una pausa para almorzar después de haber salido a las 7.30 horas de Noáin. Aunque procedentes de Villava, de la parroquia de San Andrés, llevaban más de 20, 30 e incluso 40 Javieradas a sus espaldas. Eran David Ruiz, Miguel Ángel Del Burgo, Belén Del Burgo, Nora García, Jesús Ruiz, Iñaki Pinillos, Pedro Del Burgo y Antonio López; que afrontaban la jornada con calma y buen humor. “Comeremos costilla en la Venta de Judas y terminaremos en Javier. Es una tradición que nos gusta”, explicaban mientras reponían fuerza.

Más adelante, entre los grupos más jóvenes, también se respiraba entusiasmo. María Tárrago, María Garbayo, Lucía Muruzábal e Inés Larraz, todas de 16 años**, reían juntas en Loiti formando parte de la Delegación navarra de Juventud. Las amigas habían salido de Izco con la intención de disfrutar y llegar.

En su segunda Javieradas juntas ( aunque ya habían peregrinado otras veces por separado), el plan era claro: dormir en Sangüesa y hoy participar en el viacrucis para completar la llegada al castillo. “Es un fin de semana importante y divertido”, contaban comiendo unos bocadillos.

Porque si algo caracteriza a las Javieradas es precisamente esa mezcla de generaciones. Y aunque a veces cuesta, como le sucedió a Fabiola Cuevas, que no sabía si llamar a su padre para que le viniera a recoger, la Javierada se convierte en un espacio donde se forjan recuerdos que ya no se olvidan. “Llevo 25 años viniendo”, decía Jacinto Salaverría. Y es que, como dice el pamplonés, el verdadero reto consiste en mezclar correctamente esfuerzo, esperanza y, sobre todo, la magia de una experiencia que, como todo en la vida, suma.

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