Obituario

Ana Artárcoz Colomo, creadora de la Fundación 'Merece la pena'

Ana Artázcoz Colomo (Pamplona, 1979) sufría una enfermedad rara degenerativa.
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Ana Artázcoz Colomo (Pamplona, 1979) sufría una enfermedad rara degenerativa
Ana Artázcoz Colomo (Pamplona, 1979) sufría una enfermedad rara degenerativa.

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Marta Acarreta Colomo

Publicado el 30/12/2024 a las 08:37

Lucía una sonrisa inimitable y su mirada nos traspasaba el alma. La memoria nos lleva hasta Larraga, el pueblo de su madre y donde vivimos todos los primos juntos una infancia preciosa. ¡Cómo corría por la plaza Carnicería! Y por los graneros de casa de la abuela Salvadora. Volaba hasta las piscinas, jugaba en el agua junto a sus padres y hermanos… Lo disfrutaba todo.

Con la adolescencia, empezó a despuntar la temible enfermedad que también había golpeado a Jorge, su hermano mayor. Poco a poco, iría mermando la movilidad de sus músculos, pero nada la detuvo y nos enseñaba a vivir cada día, porque como ella misma decía, quería ser “una maestra de vida”. En una ocasión escuchó que “un verdadero maestro es aquel que enseña lo que vive y vive lo que enseña”. Y a eso se dedicó Ana, a enseñarnos con su ejemplo el arte de vivir, que no consiste en eliminar los problemas sino en aprender a afrontarlos.

Así lo hicieron siempre Jorge y ella. Con muletas, con el coche o la moto adaptados… De la forma en la que el cuerpo se lo permitiera, recorrían Barañáin, Pamplona, Larraga y todo lo que se les pusiera por delante. Siempre lucharon por ser libres e independientes y ese recuerdo nos llena de orgullo.

Cuando la enfermedad se agudizó, ya no podía correr como cuando era niña, pero desde su silla ha corrido más que ninguno de nosotros. Su cerebro no paraba y siempre estaba organizando o asistiendo a cafés, comidas, conciertos, encuentros, reuniones, charlas…

En las fundaciones, en la economía social, en las empresas, en los colegios, en las iglesias o en cualquier rincón imaginable todo el mundo la conocía, porque ahí estaba siempre. A pesar de necesitar apoyo en los últimos años, no importaba, seguía siendo libre.

¡Qué recuerdos tan bonitos nos ha dejado! El último encuentro hace apenas dos semanas en la plaza San Francisco de Pamplona, rodeada de primos y sobrinos. Por supuesto, le subimos pastas de Larraga hechas por la tía Pili. ¡Qué laminera era!

Su currículum profesional es de sobra conocido: licenciada en Psicopedagogía, especialista en Logoterapia e Intervención Psicosocial, postgrado en Humanización de la Salud, coautora de la colección de cuentos infantiles ‘Merece la pena’ y somos incapaces de enumerar todos los premios que ha recibido: en Europa, España, Navarra y desde empresas y entidades diversas; todas han sabido reconocerle. No podía ser de otra forma.

A pesar de su ya agudizada limitación física, trabajó incansablemente como orientadora escolar del Servicio Educativo Hospitalario y Domiciliario del Departamento de Educación del Gobierno de Navarra, ayudando a todos los niños y niñas que estaban ingresados o enfermos a seguir sus estudios y a superar sus dificultades. Y cuando Jorge nos dejó, hace ahora diez años, en su memoria creó la Fundación ‘Merece la Pena’, con la que colaboraba con centros escolares.

Todos pensamos que descansaría cuando recibió la jubilación anticipada, pero entonces decidió no quedarse en casa tranquilamente para cuidarse y disfrutar de planes tranquilos (que también los hacía, sobre todo en sus escapadas veraniegas para absorber el sol de Cambrils). Desde su fundación, empezó a organizar los conciertos solidarios ‘La música de las mariposas’ en favor de otros necesitados: Siria, Turquía o Canarias. Y dejó empezado un proyecto por los afectados en la DANA, que esperamos poder terminar entre todos.

La fe fue sin duda uno de sus pilares y seguro que eso también le ayudó a ser un ejemplo para todo el que se cruzaba en su vida. De hecho, muchos creíamos que su Virgen favorita, la Inmaculada, la llevaría de su mano en su día grande y así lo hizo. Estamos seguros de que el 8 de diciembre de 2024 entró en el Cielo por la puerta grande.

¿Y sabéis? En los días en los que nos fuimos despidiendo de ella en el hospital, la sensación era en todos parecida: nunca estuvimos a su altura, nunca supimos darle tanto como ella nos daba, todos nos sumábamos a sus locuras; pero en algún momento, también tuvimos que decirle que no. Y ahora, cuando sabíamos que estaba en sus últimos días, nos dolía especialmente el alma. Hasta que nos dimos cuenta de que todos somos “normales”. Sin embargo, la prima Ana ha sido un ser superior. Sólo estar a su lado nos hacía mejores. ¿Cómo competir con eso?

Ana, gracias por tanto. Gracias por haber sido la mejor hija, hermana, tía, prima, sobrina, amiga… Descansa en Paz y, ya sabes, guárdanos un sitio en Cielo, junto a ti y Jorge.

La autora es prima de la fallecida y escribe en representación de todos los primos y primas

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