Obituario

Ignacio Olábarri Gortázar, un navarro por amor

El historiador Ignacio Olábarri
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El historiador Ignacio Olábarri
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Juan Cruz Alli Aranguren

Actualizado el 13/12/2024 a las 07:28

El pasado 4 de diciembre falleció en Pamplona el catedrático de la Universidad de Navarra Ignacio Olábarri Gortázar (Bilbao, 1950), a los 74 años de edad. A su viuda, María Jesús Santos; hijos, Isabel, Manuel, Ignacio, Ricardo, Mercedes, Álvaro (†) y Carlos; hijos políticos; quince nietos, hermanos y demás familia, nuestra más sentida y próxima condolencia.

De reconocida familia vizcaína estudió en el Colegio Gaztelueta creado en 1951 en Leioa (Vizcaya). En él recibió una formación cristiana y humanística, encontrando el camino que dio sentido a su vida: “Que tu vida no sea una vida estéril. Sé útil. Deja poso. Ilumina con la luminaria de tu fe y de tu amor”. También recibió el apodo que le acompañaría siempre, ‘el peli’ (rrojo), que los condiscípulos transmitieron a los que le conocieron en épocas posteriores de su vida.

Desde el colegio mostró interés por la Historia, quizá consecuencia de haber escuchado el aforismo de Cicerón de que era “el testimonio de los tempos, la luz de la verdad, la vida de la memoria, la maestra de la vida y la anunciadora del porvenir”. Una visión capaz de entusiasmar a una inteligencia brillante y curiosa por el conocimiento como la de Ignacio, pasando de los hechos del devenir humano a hacer de la historia su vocación.

Acabado el colegio, decidió estudiar Historia en la Universidad de Navarra, pero el propósito no fue de plena satisfacción de su padre, quien le propuso dedicarse al Derecho. Como buen hijo, aceptó seguir el consejo paterno, estudiando ambas carreras con brillantísimos resultados. A la hora de la decisión profesional siguió su preferencia original doctorándose en Historia, iniciando una gran carrera universitaria que le llevó a ser el catedrático de Historia contemporánea más joven de España. Ha sido expuesta por su discípulo Javier Caspistegui.

Para un bilbaíno la opción por Pamplona fue, inicialmente, la del lugar para encontrar su ser y esencia espiritual por medio del conocimiento, en un particular “menosprecio de corte y alabanza de aldea”, que transformó su vida por el amor. Conoció a su compañera de curso María Jesús, se enamoró y ella le aceptó, porque una navarra no es elegida, sino que elige. Se formó y vinculó a la Universidad desde la que se promocionó en la vida docente e investigadora. En la vieja Iruña formó su familia y nacieron sus hijos. Cuando en su carrera académica decidió regresar, tras ocupar la cátedra de la Universidad del País Vasco, su aparente paso atrás y renuncia a otras expectativas externas, fue un regreso a su alma mater y a la tierra que había hecho suya, en las que estaban su espíritu y amores, porque “nos es lícita la osadía de dar el paso atrás que va desde la filosofía al pensamiento del Ser tan pronto como en el origen del pensar nos hayamos sentido en nuestra tierra natal” (Heidegger, Desde la experiencia del pensamiento, 1986). Se había convertido en navarro por amor, vocación y voluntad.

De su cuerpo menudo trascendía una gran inteligencia y espíritu con sentido del humor. El aforismo ciceroniano colegial le sirvió para, siguiendo a Heidegger, poner su inteligencia “en camino hacia una estrella”, que fue el de la vocación, el esfuerzo, el trabajo y la obra bien hecha durante una vida que era camino. La capacidad de investigador la desarrolló con pensamiento dinámico y relacional del hacer humano en la historia, llegando de los hechos y comportamientos personales y colectivos a la abstracción de la historiografía y la filosofía de la Historia. La conciencia crítica de la realidad la utilizó para analizar el pasado, el presente y la historiografía, dedicando una gran parte de su obra a su estudio e interpretación, siempre con juicios atinados, claros y mesurados sobre un campo complejo y en constante tensión entre el empirismo y las teorías.

Desde la visión del mundo cristiano occidental, que era el suyo, supo captar los signos de los tiempos de la globalización, el universalismo intelectual y el cosmopolitismo, con su multiplicidad cultural, sociedad de riesgo, fragmentación, presentismo y desigualdades, que conducían al nuevo espíritu científico de la relatividad y la mecánica cuántica.

Su gran fe y visión trascendente de la vida le llevaban a saber que, cuando fuese llamado, sería más que polvo cósmico y seguiría escribiendo su página de eternidad, dejando de enfrentarse con la página en blanco de la historiografía con la espalda doblada sobre la tierra. Fue fiel a la pauta de conducta que encarnó desde niño. La vida de Ignacio Olábarri no ha sido estéril, sino fecunda. Ha dejado una gran y modélica familia, una importante obra científica y universitaria. A todos nos ha iluminado con su fe, amor, conocimiento y textos.

*El autor es doctor en Derecho e Historia y amigo del fallecido

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