"La identidad comunitaria y el compromiso son colores dominantes a la hora de pintar el retrato de esta tierra. Un lienzo que tiene formas y trazos muy antiguos"
El suplemento Marca Navarra tiene este año una gran protagonista: la solidaridad


Actualizado el 03/12/2024 a las 10:48
El suplemento Marca Navarra de Diario de Navarra cumple ocho años de vida. Se publica puntual cada 3 de diciembre para conmemorar el Día de Navarra que celebramos en la fiesta de San Francisco Javier. Y siempre se ha centrado en destacar los elementos que nos unen como ciudadanos y como comunidad.
El suplemento tiene este año una gran protagonista: la solidaridad. La identidad comunitaria y el compromiso son colores dominantes a la hora de pintar el retrato de esta tierra. Un lienzo que tiene formas y trazos muy antiguos. El auzolán, el trabajo de los vecinos para el común del pueblo, es uno de los más arraigados en nuestra manera de ser más tradicional. La actuación de agricultores y vecinos como voluntarios en distintos desastres en Navarra, como los grandes incendios de junio de 2023, sobre todo en la Zona Media, o las inundaciones de los últimos años, son sólo la punta del iceberg de este carácter comprometido y solidario que marca impronta en Navarra.
Hace tan sólo unas semanas ha vuelto a ponerse de relieve con la catástrofe de la DANA en Valencia y la participación de cientos de navarros en aportar sus granitos de arena en paliar el sufrimiento de los valencianos. Son sólo un pequeño puñado de ejemplos.
UNA RICA REALIDAD
Pero la realidad cotidiana es mucho más rica. Atraviesa toda la sociedad, de los jóvenes a los mayores, del mundo urbano al rural y sin distinción alguna de género. Por eso, recorre todas las páginas de Marca Navarra a través del testimonio de casi 40 voces de ciudadanos anónimos que dedican una parte de su tiempo a los demás. A compartir su experiencia, sus esfuerzos o, simplemente, su tiempo con personas que los necesitan. Una paleta completa de colores para el cuadro común.
Los hay que prestan su servicios a través de entidades consolidadas; de Cáritas a Cruz Roja, pasando por Anfas o el Banco de Alimentos. Los que aportan tareas con largo recorrido. De la veterana misionera en el Chad a la joven donante de sangre en Pamplona. Los hay que han creado sus propias plataformas para ser solidarios más allá de nuestras fronteras. Los que encuentran nuevas formas de trabajar por la comunidad. Creando voluntariado ambiental, huertas solidarias o yayacletas para dar un paseo a nuestros mayores.
Los que ponen sobre la mesa lo más valioso, su tiempo y su capacidad para escuchar, para compartirlos en hospitales y residencias, donde habitan la enfermedad y la vejez, dos realidades que originan dolor y soledad. Esas que los voluntarios buscan aliviar cada día.
El propio concepto de Marca Navarra que este año el Gobierno foral ha tomado como una estrategia de posicionamiento regional, incluye este valor de la solidaridad entre las que conforman el núcleo de nuestra identidad como comunidad. Los datos públicos nos recuerdan que un 44% de la población ha realizado labores desinteresadas para la comunidad y para mejorar así la vida de sus convecinos. Una cifra muy relevante.
Por todo ello, poner en valor esta realidad, a veces organizada y visible, muchas otra veces individual y discreta, es el objetivo de estas páginas.
UN AÑO QUE SE ACABA
Todo en un año que apura ya sus últimas puntadas camino de la Navidad. Un año denso, con una economía que ha mostrado resistencia, con su mejor cara en la reducción del paro y en la caída del euríbor, a pesar de las subidas de precios que atosigan desde la cesta de la compra a las clases medias y su nivel de vida.
Con una actividad política incapaz de salir de la polarización. Empantanada ahí, a pesar de los presupuestos y los acuerdos que, sí, hacen funcionar la gran maquinaria de la Administración foral. Pero donde la apuesta estratégica de quien gobierna (esa que genera un bloque monolítico en el poder) cierra las puertas a la otra casi mitad de los votantes y a los acuerdos desde la centralidad social que sumarían mayoría, sentido común y visión de futuro, pero que hoy son puro espejismo.
Con una Navarra orgullosa de ser un año más la comunidad con mejor calidad de vida de España. Con un alto grado de bienestar fundamentado en una sociedad industrial y de servicios (por ejemplo, los más punteros tanto en los campos de la de educación superior como de la salud).
Una comunidad orgullosa de su historia propia milenaria, esa que nos gusta recordar y remirar a pesar de las cicatrices que dejan los siglos. Orgullosa, claro, de su identidad colectiva, de su ser. Y a la que le gusta disfrutar del ocio y de la vida en sociedad que nuestro tamaño nos permite, con la familia y los amigos como puntales que sostienen el tejido social.
DEMASIADO SATISFECHOS
También una Navarra demasiado satisfecha, con claros síntomas de no mirar de frente a muchos de los retos incómodos que se nos echan encima. Como la necesidad de priorizar la atracción de empresas y talento humano con todos los mecanismos disponibles (incluida la fiscalidad) para encarar los tsunamis tecnológicos que se avecinan y amarrar un bienestar económico que no está asegurado en modo alguno. Tener buenos salarios exige empresas competitivas y punteras, y eso hay que trabajarlo.
El salto estructural que necesitamos dar para que nuestras fortalezas históricas (las redes públicas de Salud y Educación) lo sigan siendo, superen sus achaques y se adapten a la nueva sociedad. O el desafío de generar suficientes viviendas a precios asequibles para asegurar la emancipación de las nuevas generaciones.
La exigencia de reforzar valores menguantes hoy como la cultura del esfuerzo para reforzar una sociedad activa que se resiente en sus compromisos. La obligación de repensar el futuro del sector público, esencial en la redistribución de las rentas y en la prestación de servicios, pero cuyo crecimiento y costes es necesario abordar con realismo. La imprescindible colaboración público-privada (con las empresas, en la Sanidad, en la Educación) para aprovechar todos los recursos disponibles en una comunidad pequeña y evitar gastos inútiles.
La prisa en terminar las grandes obras de infraestructuras siempre pendientes, del TAV al Canal de Navarra que lleve el agua a la Ribera. Eso sin contar con los nubarrones que llegan de la geopolítica mundial: la amenaza de Putin para la paz en Europa; la dura competencia china en una economía de la UE que se estanca o lo desafíos de un imprevisible Trump al frente de un EEUU más aislacionista.
AMBICIÓN Y ACUERDOS
Vivimos en una Navarra que muda de piel con rapidez, aunque no nos demos demasiada cuenta en el transcurrir plácido de los días. Es una comunidad cada vez más envejecida, donde además la natalidad se encuentra en caída libre y no halla suelo; que perdería ya población desde hace años si no fuera por la llegada constante de la inmigración, esos nuevos navarros que son los que generan ya casi un 30% de todos los nacimientos.
Un desafío frontal al que miramos sólo de soslayo. Una Navarra que se vuelve más urbana, más mestiza, más desigual, más anciana, más dependiente, más plural y también más digital y tecnológica.
Una comunidad que necesita ambición y acuerdos básicos y urgentes si quiere seguir estando en el lugar de privilegio al que parece que nos hemos acostumbrado a disfrutar.
Miguel Ángel Riezu. Director de Diario de Navarra