Inundaciones
Los sentidos de la devastación en Valencia
La catástrofe natural que azotó a la comarca de l’Horta Sud el día 29 de octubre deja una serie de recuerdos en la retina de todas las personas que la viven de cerca como afectados, voluntarios o como simples trabajadores


Actualizado el 10/11/2024 a las 12:35
En el barranco del Poyo, junto al puente viejo de Paiporta, hay un solo árbol en pie. Es alto y frondoso. Un árbol estándar de dibujo infantil. Un vecino de la localidad cuenta que es el único ejemplar que ha aguantado la embestida del caudal de las riadas de la década de los cincuenta y la catástrofe actual. Es un auténtico superviviente.
Desprende un aura de resistencia similar al árbol de Gernika salvando las distancias. Su base ha servido de parapeto para ramas, plásticos, juncos y algún cable que otro. Esa sensación de soledad ante el peligro es la misma que permanece en el interior de los valencianos desde el 29 de octubre, día en el que vieron pasar vidas arrastradas por delante de sus ojos. La mirada es fundamental en una catástrofe natural y es el primero de los cinco sentidos que se da cuenta de la magnitud.
Las calles de Aldaia, Paiporta, Massanassa, Catarroja o Sedaví son el escaparate de pérdidas materiales que ahora esperan llenas de barro al paso de barredoras y palas. En los montones de enseres apilados en el centro de las callejuelas se ve de todo. Son auténticas torres irregulares que en los casos más extremos alcanzan los balcones del primer piso de los edificios. Un caso llamativo a nivel visual se observa en la calle Lepanto de Paiporta. Es un auténtico laberinto que se puede atravesar de forma parcial hasta el número 25, donde la vía alcanza la calle Pintor Sorolla y un coche apoyado sobre el escombro parte la conexión.
Los objetivos de los mejores fotógrafos del panorama mundial que se han acercado a la tierra valenciana apuntan a peluches infantiles, colecciones de libros, pinos de navidad, motivos religiosos, banderas y mensajes escritos sobre tablas y paredes en barro. Estas instantáneas ya son símbolos del movimiento voluntario que inundan las redes sociales generando una doble sensación que oscila entre la colaboración inmediata y la incógnita de qué pasará en unas semanas en estas calles.


El color es otro de los elementos más característicos de la tragedia. Ese tono arcilloso tan clásico de esta tierra ceramista no pasa desapercibido en la devastación y en la capa de polvo que ya se asienta en las calzadas generando un escenario más propio de nación tercermundista. A la ola de la pobreza se sube el estado de miles y miles de vehículos derrotados en innumerables posiciones. Son chapa, son chatarra. Se ven matrículas nuevas y coches que aunque para unas personas solo sean su medio de desplazamiento, para otros fueron sueños algún día y tienen difícil reemplazo. A la mirada también impactan las oleadas de jóvenes con escobas al hombro que cruzan desde Valencia capital temprano y abandonan la zona cero al atardecer dejando un rastro en el suelo delatador.
Es a esa hora, pasadas las 17.45 en esta época del año, cuando la vista pasa a un segundo plano con la oscuridad y la poca actividad. Es ahí cuando uno se da cuenta de cómo huele la catástrofe. Se ve mucho, pero huele más.
Ese fango apesta, es un hedor ácido fruto de la descomposición de alimentos tirados en la calle, madera podrida de los muebles, líquidos de los vehículos dañados, acumulación de basura, agua estancada, gasolina utilizada por las motobombas y otros restos. Es normal, ni los voluntarios ni los servicios de emergencia pueden llegar a todas las calzadas a retirar basura. Y esta se sigue generando a diario. Una realidad que preocupa es que al existir tanto residuo y no haber contenedores, mucha gente opta por deshacerse de lo que genera en la misma calle acumulando más basura de la que forzó la inundación. El calor, la humedad y el paso del tiempo potencia ese aroma que queda impregnado en todas las personas que pasan una jornada en cualquiera de los pueblos afectados.
EL SONIDO DE GUERRA
Se ve, se huele y también se escucha. Tratar de acceder a la zona cero supone escuchar cada dos minutos sirenas de todos los servicios de emergencia desplazados hasta Valencia. Sirenas de ambulancias, de policías locales, de la Guardia Civil, de los numerosos camiones de la UME, de vehículos oficiales que piden paso para llegar cuanto antes al punto de trabajo. Pero si hay algo que impresiona es el altavoz de Massanassa. Se escucha por todo el pueblo y sirve para avisar a la población de que se están repartiendo alimentos en la Plaça del País Valencià. “Avisamos de que se está repartiendo alimentos para celiacos”, dice una voz femenina en un tono un tanto apocalíptico.


Se escucha desde la localidad de Catarroja, al otro lado del barranco del Poyo. Ese sonido, sumado a la fila de racionamiento que se forma en la ubicación anunciada por megafonía dibuja una imagen de periodo de posguerra. “Estamos como en la guerra”, hablan entre varias vecinas ordenadas en fila india a la espera de que llegue su turno. Su reflexión es acertada teniendo en cuenta que la sensación es de que han caído varias bombas sobre el sur del Turia.
También se recogen sonidos propios de motobombas durante la extracción de agua de garajes y los avisos de marcha atrás de los vehículos de maquinaria pesada durante las labores de limpieza. Suena a caos. Las personas también hacen ruido. El griterío generalizado entre afectados y voluntarios en busca de coordinación muchas veces no consigue ser del todo efectivo, pero la intencionalidad en esta catástrofe pesa mucho.
El gusto de la debacle se mantiene igual al momento anterior al día de gracias a todos los contenedores y contenedores de alimentos que llegan hasta la zona afectada a diario. Los sabores son los clásicos valencianos. Hay gente que ofrece platos de paella, arroz... El pueblo se ha volcado para que no falte de nada y la gran diferencia es que se come en platos de plástico y tuppers en vez de vajillas.
Algunos locales de restauración afectados han pasado de la fase de limpieza a la fase voluntario ofreciendo alimentos como kebab, por ejemplo en una esquina de la calle Cardenal Benlloch, en Paiporta. También está el sabor de la organización World Central Kitchen, del popular chef José Andrés. Así sabe Valencia en el destrozo.
En lo relativo al tacto destaca el dolor del esfuerzo. Las botas de plástico generan heridas si no son la talla exacta y son incómodas. El tacto principal es el látex. El material de los guantes, la sensación de bajada de temperatura al meter la mano en el fango y en ocasiones la astilla de los palos de las barredoras. Las sensaciones son infinitas y es prácticamente imposible completar una lista exacta, pero el describir esta fotografía catastrófica de forma detallada ayuda a acercar un territorio que no hay que olvidar porque va para largo.
