Cuatro años del estado de alarma (I)

El día que las calles de Navarra se vaciaron

Hace hoy justo cuatro años, la portada de este periódico la protagonizó una foto de la avenida Carlos III desierta. La tarde anterior, el Gobierno central declaró el estado de alarma que confinó a la sociedad en casa por la pandemia. Ahora, en el mismo lugar y con el mismo encuadre, ciudadanos recuerdan

Lucas Domaica

Publicado el 15/03/2024 a las 05:00

Era sábado y en Carlos III no había niños subidos a las rampas inclinadas que forman una maceta para proteger a los árboles. Tampoco había turistas en el monumento al encierro y las tiendas permanecían cerradas. Ni siquiera tomaba el sol en los bancos el sector más veterano del Segundo Ensanche pamplonés. Algo pasaba. La directriz enviada desde el Gobierno central a toda la población aquel 14 de marzo de 2020 era clara. Todo el mundo se tenía que quedar en sus casas “para afrontar la situación de emergencia sanitaria provocada por el coronavirus COVID-19 en España”. A partir de ese momento, sólo podían salir a la calle, y de forma individual, los ciudadanos para actividades de primera necesidad

En esa avenida, desierta por un día y para los siguiente quince, según informaba en el decreto de estado de alarma, sí que estaba Javier Zazu y su tienda de ultramarinos. Una presencia nada extraña teniendo en cuenta la existencia de su local en el 34 de Carlos III desde la década de los cincuenta del siglo pasado. “En la pandemia se murió mucha gente mayor de la zona”, recuerda desde el otro lado del mostrador echando la vista atrás a una temporada en la que pudo abrir al regentar una tienda de alimentación.

“Aquello era soledad, éramos los únicos que podíamos abrir”, indica. Zazu cita las palabras melancolía, tristeza y angustia para describir unas mañanas de ultramarinos que empezaban a las 09.00 y concluían a las 14.00 horas. “Por la tarde cerraba la tienda”, señala el comerciante. Aquellos días de marzo, por su esquina decorada con toldos verdes con “Casa Antonio” serigrafiado en blanco pasaban vecinos de la zona como gotas.

“¡En qué va a acabar esto!”, dice cuatro años después reproduciendo una reflexión que se hacía por aquel entonces en una calle de persianas bajadas y escaparates apagados. “No te puedes imaginar la de vecinos que se murieron”, repite Zazu explicando que muchos de ellos eran clientes fijos de un ultramarinos que es diminuto frente a la potencia de los supermercados que se han ido instalando en su radio progresivamente.

La resaca pandémica no solo quitó clientela a Casa Antonio, también tuvo efectos a niveles prácticos como la venta de verdura a granel. “Desde Sanidad me comentaron que debía retirar los productos a granel”, apunta sobre una medida que se tomó desde el área para evitar la proliferación de contagios.

TODO EL DÍA ENTRE CUATRO PAREDES

La soledad de una de las pocas tiendas abiertas en una zona comercial contrastaba con el ajetreo que se vivía dentro de los hogares. Los pisos, acostumbrados al ritmo desigual de sus inquilinos, experimentaron días de overbooking generalizado. “Yo lo pasé mal porque soy muy de estar en la calle”, reconoce Javier Azagra, estudiante de Periodismo. “Me cuesta estar mucho tiempo en casa”, explica informando de que el confinamiento le pilló en 2º de Bachiller. Según él, su sensación era de que “no había separación entre días y eran todos iguales”.

“El único rato que teníamos era a la hora de salir a comprar el pan, ir a la tienda o tirar la basura”, explica diciendo que en su casa son cuatro y la espera más larga era la de los tres días hasta que volviera el turno. “Cada día le tocaba a uno y cuando estabas tres días seguidos sin salir era horroroso”, comenta entre risas su situación personal.

“Salíamos a tomar el sol al balcón cuando podíamos, que es de dos metros cuadrados, y la sensación de libertad era mínima”, apunta un joven que dedicó el tiempo libre del confinamiento a la práctica de yoga y jugar al Animal Crossing, un videojuego de simulación de vida. Su resumen atiende a la palabra “agobio”, igual que el de otros muchos. Cerca de Javier Azagra, sentada en un banco de madera de la escena fotografiada, una veterana de la zona se limita a decir “miedo”. Ella acude a diario junto a su cuidadora a tomar el sol cuando llega el buen tiempo. “Fue de las cosas que más eché en falta, salir, ver a la gente pasar y hablar”, sentencia.

La necesidad de ver caras nuevas y socializar fue en aumento con el paso de las jornadas. “Yo vivía con mis padres, pero no estaba acostumbrado a pasar tanto tiempo con ellos”, matiza Azagra comentando que su rutina “era a ir al colegio, volver a las cuatro de la tarde, hacer las tareas del día y volver a salir a la calle con los amigos”. Ese contraste se materializó de forma inmediata, algo se olía en el ambiente, pero nadie se imaginaba que en cuestión de horas iban a pasar de estar en clase a no poder salir.

“Me acuerdo que aquel día había quedado con mi novia y me comentó que íbamos a estar al menos dos semanas sin vernos”, reconoce el pamplonés Guillermo Ferro, que asegura que lo que más recuerda de la pandemia es el principio. “No creía que no iban a dejarme salir de casa. Fue muy chocante por ese motivo”, señala explicando que después fueron “creando rutina”. “Empezamos a hacer juegos en familia, clases con las que ocupaba gran parte del tiempo, hacíamos deporte... y no lo pasé tan mal”, valora desde una perspectiva positiva esta temporada oscura.

“A nosotros se nos hacía el piso pequeño”, reconoce Valeria Cobos, otra joven del grupo. “Aprovechamos a sacar todos los juegos de mesa y cada día jugábamos a uno diferente”, dice sobre otra forma de pasar los ratos largos en casa. Pero el entretenimiento no fue la única forma de matar el tiempo. “Yo aproveché ese tiempo de pausa para hacer de una vez esas cosas que vas dejándolas, como puede ser ordenar el armario”, ejemplifica Irene González, una estudiante acompañada por Xabier Fernández y Eva Infante

“Para mí no fue una experiencia de soledad ni tan negativa, sino que lo miraba con esperanza y algo de inquietud”, añadía Fernández al recordar los días. En su caso, su madre acudía a diario al centro de salud a trabajar y su padre contrajo rápido el virus. “Estuvo más de un mes en su habitación. Yo pensaba que iba a convivir mucho más con mis padres, pero al ser mi madre sanitaria y mi padre coger el coronavirus, no convivimos mucho”, dice él recordando que con su hermana sí estuvo más tiempo en esa temporada.

LA VENTANA COMO DÍA DE ESCAPE

“Salíamos a las ocho a aplaudir a la ventana y estaban repletas de vecinos. La acera y las calles estaban vacías”, comenta Leyre Úriz junto a su hermana Blanca, vecinas del Segundo Ensanche, sobre esa comunidad de los balcones. “Recuerdo un momento de unión entre vecinos de la zona”, añade. “Fueron días de estudiar y pasear a las perras”, dice Blanca Úriz. Según ella, en esa temporada le tocó examinarse de la última prueba de la carrera. “Acabé el examen, cerré el ordenador y ya estaba graduada”, apunta Blanca, la hermana mayor.

Al balcón se suma como vía de escape el paseo con el perro o tirar la basura por turnos, como comentaba Javier Azagra. “Era encontrarse con los mismos vecinos con sus perros en cada paseo”, explican reconociendo una subida de manera exponencial del número de paseos de los canes. “Si de normal son dos paseos, en pandemia eran cuatro”, apuntan entre risas las dos hermanas pamplonesas mientras pasean precisamente a las dos canes. A pesar de estos momentos más agradables, fruto del contexto en el que vivía la ciudadanía, reconocen haber pasado momentos de “aburrimiento”.

También, esa imposibilidad de socializar in situ potenció otras formas online que ya existían desde hace tiempo. “Me juntaba una vez a la semana a cenar con mis amigos de forma online o jugar a las cartas”, comenta Infante. Por su parte, Ferro explica que llegó a jugar al mus vía Twitch. “Conseguimos llevar la vida normal a los confines de nuestros cuartos”, concluye Eva Infante.

La actitud de cada uno a la hora de afrontar aquellos días de dudas fue diferente. Valeria Cobos lo define con la palabra “preocupación”, Guillermo Ferro hace lo propio con “incredulidad” y Eva Infante apela a la “incertidumbre”. Los conceptos positivos también aparecen al desbloquear este oscuro recuerdo. Xabier Fernández llama a la “unidad”, parecido a Leyre Úriz, que apunta en un folio A3 la palabra “unión” e Irene González, que resume la pandemia desde la “solidaridad” que hubo entre ciudadanos. No podía faltar la “rutina” que apunta Blanca Úriz ni el “agobio” de Javier Azagra. La realidad es que cuatro años más tarde, las calles han vuelto tener el aspecto que nunca debían de haber perdido.

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