Juegos de azar
Chico de 25 años que comenzó a apostar con 16: "Éramos menores pero nunca nadie nos pidió el carné"
Él y su grupo de amigos eran todos menores cuando comenzaron a frecuentar los bares cercanos a su instituto para apostar


Publicado el 17/07/2023 a las 06:00
Tenia 16 años y estudiaba Bachillerato. Él y su grupo de amigos comenzaron a frecuentar los bares cercanos a su instituto para apostar, con el aliciente de darle más emoción a los partidos. Eran apuestas pequeñas, de 1 o 2 euros. Aquella dinámica, “apostar sin engancharme”, lo explica él, duró un par de años. Eran todos menores pero nunca nadie les pidió el DNI en ninguno de aquellos establecimientos hosteleros.
Con la mayoría de edad entró en el mundo de los salones de juego. “Para mí aquello ya tenía más glamour”. Comenzó a jugar a la ruleta, también cantidades pequeñas.
Te puede interesar

Aunque ha sido siempre una persona ahorradora, gastar en jugar “no le dolía”. “Siempre está ahí la esperanza de ver si con estos 20 euros que juego me pago la sidrería del fin de semana”, expresa.
Te puede interesar

Al principio, seguía yendo con los amigos. “Pero ellos no querían ir tan a menudo como yo. Yo empecé ya a tener un problema. Así que un día que me apetecía, fui solo”.
Un día, con esos 20 euros habituales, ganó 1.000. “Te sientes bien, orgulloso, de subidón. Como te dan el dinero en metálico, no sabía ni dónde meterlo para que no lo vieran mis padres”. Ellos solamente habían visto alguna vez alguna papeleta de alguna apuesta, ”y ya eso no les hacía ninguna gracia”. Se compró un móvil y el resto del dinero, lo volvió a jugar y lo perdió.
Hubo un momento dado, cuando perdió los 150 euros del regalo de cumpleaños de sus abuelos, que el mundo se le vino “un poco encima”. “Le conté a la chica con la que salía desde hacía 3 años qué me estaba pasando. Se quedó a cuadros”. Decidieron contárselo a sus padres. “En aquella conversación me enteré de que un familiar había tenido el mismo problema y había estado rehabilitándose”.
Aunque la familia le aconsejó ir a Aralar, él al principio prefirió intentarlo por su cuenta, con el apoyo de su familia y su novia. “Pasaron dos años e iba bien, con mis bajones, pero sabía que no podía jugar. Mis padres controlaban mis cuentas”. Comenzó a trabajar y en una salida fuera de Pamplona, terminó en un salón de juegos. “Jugué 5 euros, no gané nada y me fui”.
El episodio se volvió a repetir y, poco a poco, volvió a ser un asiduo de los salones. “Luego llegó la pandemia. Me abrí una cuenta on line, un gran error. Jugué 300 euros y gané 5.000. Los volví a perder en un día”. “Allí ya explotó todo y ya tuve claro que necesitaba ayuda externa”. Quería recuperarse. “Por mí y por los demás”.
Ha cumplido ya tres años en Aralar y acaba de recibir el alta. “El proceso suelen ser dos años pero, con mi trabajo viajo por toda España y hay muchas semanas que no puedo ir a terapia, así que se me ha alargado un poco”. Reconoce que llegó con miedo. Sobre todo, el de ver “a caras conocidas, porque Pamplona es un pañuelo”. “Pero vas cogiendo confianza y los grupos son una maravilla.
El primer año se centra más en tratar el juego, y el segundo en los problemas que te han llevado al juego”, explica. Tan vinculado se siente que ahora forma parte de la junta directiva de la entidad. “Quiero ayudar a otros y seguir cerca es una forma de protegerme también”.
Tiene claro que cualquier gesto en falso puede resultar fatal. “Para mí, ir a la tómbola y comprar un boleto es una conducta de riesgo. O una lotería. O jugarme el cubata en una partida de cartas. Puede ser que me pille bajo de ánimo y se desencadene todo otra vez”.
Pide que los controles sean más estrictos. “Yo he entrado en los salones de juego con 17 años. Y hace poco una persona de mi grupo ha recaído porque, aun habiéndose autoprohibido la entrada, ha podido acceder. Eso no puede pasar”.