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Sequía

El sector primario navarro, desesperado ante la falta de agua: "No sé cómo vamos a aguantar"

En Navarra hace meses que no llueve y en algunos pueblos ya se han impuesto restricciones en el consumo de agua. Sin embargo, los que se presentan más perjudicados son aquellos dedicados al sector primario. Así es como hacen frente al calor

Ampliar Las vacas de Enrique Garralda, ganadero y alcalde de Erro, aprovechan una de las pocas sombras de la finca para huir del calor, el pasado jueves
Las vacas de Enrique Garralda, ganadero y alcalde de Erro, aprovechan una de las pocas sombras de la finca para huir del calor, el pasado jueveseduardo buxens
  • Miguel Cebrián
Actualizado el 14/08/2022 a las 10:18
Navarra se seca y, con ella, la esperanza de algunos ganaderos para, irónicamente, mantenerse a flote. Algunos representantes del sector primario ya ni se acuerdan de cuándo fue la última vez que cayeron gotas del cielo. De lo que sí se acuerdan es que nunca antes habían vivido una situación parecida a la que se está viviendo este verano. Para ellos, es la peor sequía que han vivido nunca y de lejos. Recuerdan con nostalgia el verde de sus campos y, de vez en cuando, miran con esperanza el cielo.
En Navarra, el 45% del abastecimiento proviene de los ríos y manantiales. La falta de precipitaciones ha provocado que se lleven a cabo restricciones en el consumo de agua en 13 localidades. Ocho de ellas están ubicadas en la Mancomunidad del Moncayo: Barillas, Buñuel, Ablitas, Corella, Monteagudo, Murchante, Tulebras y Ribaforada. Tres se encuentran en el Valle de Erro: Mezkiritz, Lintzoain y Bizkarreta. Las últimas dos son Guerendiain y Bera.
El sector primario se encuentra en estado de alarma. Los días de sequía aumentan mientras las opciones para paliarla disminuyen. Algunos emplean ahora los forrajes que pensaban utilizar para el invierno. Otros los compran a precio de oro. La falta de agua hace que se solicite de otros lados. Las altas temperaturas hacen que las amenazas de incendio sigan activas. Ante esta situación, algunos ganaderos aguantan con el ánimo inquebrantable a pesar de no vislumbrar un futuro esperanzador.
URBICÁIN, DESOLADO
Urbicáin, en euskera, significa algo así como “buen agua”. Julián Esquíroz se ríe cada vez que lo recuerda. Es el dueño de una granja ubicada a las afueras de este pueblo abandonado. Lo está pasando mal, aunque la sonrisa no se le escapa del rostro. “Aquí lleva sin llover desde abril”, confiesa.
Esquíroz se levanta, como siempre, a las siete y cuarto de la mañana. Lo primero que hace es dar una vuelta de reconocimiento, para ver si todas las vacas están bien y no hay ningún desperfecto por las parcelas. Todo en orden. A las diez de la mañana se sube a su Jeep de color mate para comprobar el estado del pozo, ubicado en lo alto de una colina. Antes de subir, ya sabe con lo que se va a encontrar.
El ganadero Julián Esquíroz, comprobando la sequedad del terreno
El ganadero Julián Esquíroz, comprobando la sequedad del terrenobuxens
En el trayecto hasta el pozo, Esquíroz pasa por un montón de cadáveres de vacas apilados. Es el cementerio donde deja el ganado muerto. Entre los pellejos de distintos colores y estados, se comienzan a distinguir los huesos blanquecinos saliendo de los cuerpos tostándose al sol. Justo encima de ellos, un puñado de buitres dan vueltas en círculos. “Seguramente provengan de Izaga”, admite Esquíroz mientras se seca el sudor de la frente. Prosigue con el coche hasta la entrada del pozo. De su manojo de llaves abre la puerta de acceso y sube unas empinadas escaleras metálicas hasta un diminuto agujero en la parte superior, por donde mete la cabeza. Con la linterna del móvil alumbra el interior del agujero, donde se encuentra el agua. “Estamos bajo mínimos”, admite tras comprobarlo de nuevo. Esquíroz saca el móvil y llama a la alcaldesa del pueblo colindante. No le coge. Pretende que le traiga agua para poder paliar de alguna manera la escasez que lleva viviendo desde hace cinco meses. No es la primera vez que lo hace este año. “Vienen con un camión cisterna y, como no pueden subirlo hasta aquí porque el camino es complicado, vierten el contenido a presión en un depósito que hace que suba hasta aquí”, explica. Probará a llamarla más tarde, a ver si hay suerte.
Pasadas las 10 de la mañana, se dirige a su casa ubicada en las propias instalaciones de su granja para almorzar. Se sirve una copa de vino. “Como ya no hay agua, tendremos que hacer el esfuerzo ”, dice con una amplia sonrisa. Él, lejos de ser ingenuo, sabe que esta situación supone la punta del iceberg. A diario, junto a otros tres trabajadores, se encarga de la manutención de 300 cabezas de ganado y sus respectivas crías. Lleva haciéndolo muchos años y admite que este es el periodo de sequía más duro por el que ha pasado. “Estamos jodidos rasos”, asegura. Salva, amigo y ayudante en la granja, que también se encuentra en la caseta hace un gesto afirmativo con la cabeza corroborándolo.
Esquíroz vive de la carne de sus vacas. Miembro de la Indicación Geográfica Protegida de vaca navarra, sus “chicas” (como él mismo las llama), suponen su principal fuente de ingresos. Él, a diferencia de otros ganaderos, cultiva su propio forraje para las vacas. La alfalfa que él mismo elabora en su granja es con la que alimenta a sus “chicas’’ para su engorde. Ahora con la sequía, se ve con la obligación de darles de comer el forraje previsto para el invierno. “No puedo soltarlas en el monte porque está todo seco y no hay comida, por eso tengo que alimentarlas con las reservas que tenemos para el invierno. Aunque suene surrealista, ahora mismo están comiendo lo que deberían comer en diciembre o enero”, asegura el veterano ganadero. Si la situación se mantiene así, deberá de comprar el alimento a otras empresas que, según prevé Esquíroz, pondrán los precios como quieran.
El ganado de Julián Esquíroz, bebiendo de uno de los abrevaderos
El ganado de Julián Esquíroz, bebiendo de uno de los abrevaderosbuxens
La sequía y el daño que esta está causando en su negocio ha hecho que, para Esquíroz, los impedimentos y trabas para el mundo de la ganadería queden acentuados. “Esto es algo que también lo hemos notado con los incendios. El papel de la vaca en estos ha demostrado ser esencial porque, por donde pastaban ellas, no se ha quemado nada. Las vacas son fundamentales para salvaguardar el medioambiente y parece que la gente no se da cuenta”, declara. Para él, falta mucha empatía política hacia este sector más que necesario. “No puede ser que algunos cargos políticos no sepan nada sobre ganadería. Un ministro de agricultura, por ejemplo, debe ser un ganadero veterano que, como yo, sepa lo que es levantarse temprano y acostarse tarde para cuidar de todas y cada una de las cabezas de ganado”, confiesa. Esquíroz admite ser un enamorado de su profesión, aunque también sopesa frecuentemente la otra cara de la moneda. “Mi trabajo me encanta, eso es una suerte y un privilegio. No obstante, esta libertad que tanto me gusta viene acompañada de una gran esclavitud. Esclavitud que se ha acentuado enormemente con esta sequía”, asegura. Sin embargo, el duro trabajo que se achaca Esquíroz no parece ser respaldado por aquellos que se supone que le tienen que respaldar. “Todo queda en manos de la burocracia. Una burocracia que, muchas veces, alarga problemas que podrían tener una solución rápida”, explica. No obstante, la actitud de Esquíroz para con el problema es positiva. Él no pierde la sonrisa. “Me encanta pasar tiempo con las vacas. Amo mi profesión y me divierte; aunque eso no signifique que no haya momentos malos. Como este”, confiesa.
LOS DOS FRENTES DE GARRALDA
Aparte de dedicarse a la ganadería, Enrique Garralda lleva siendo alcalde de Erro desde hace más de veinte años. Como a todos, la sequía le ha pillado también por banda. Su preocupación oscila constantemente entre las personas que habitan el pueblo y su propia ganadería. No da abasto.
A Garralda también se le está agotando la comida para sus vacas. Ante esta situación, decidió comprar unos sacos de 35 kilos de pienso de fibra. Se agacha para coger un puñado del interior de uno de ellos. Desmigaja la muestra con una mano. No da la cifra exacta, pero le ha salido caro. Empezó como ganadero en el año 1994 y, para él, este año está siendo el peor con diferencia. Como Esquíroz, Garralda también ha tenido que bajar sus vacas del monte. Suele subirlas para que pasten en Sorogain, Astobia y Measkoitz. Ahora, algunas de ellas, se ubican en sus instalaciones debido a la falta de alimento en las laderas. Otras se encuentran en una de las parcelas cercanas a sus naves. En total son 100 las cabezas de ganado con sus respectivas crías las que él y su mujer poseen.
A su trabajo como ganadero se le suma su labor como político. Tras más de dos décadas como legislador de Erro, este año se le ha sumado un problema crucial: la repartición y dosificación del agua entre los pueblerinos. “Tenemos que apañárnoslas para conseguir mantener lo que queda de agua y, a la vez, dar de beber a la gente”, admite. De momento, entre las medidas que no han tenido más remedio que implantar está el no poder regar en jardines, las piscinas y el riego en huertas. Garralda se muestra positivo con la labor de los pueblerinos, según él, están respetando las medidas recién implantadas. “Levantarse muy temprano y trabajar duro es la clave para llegar a todo”, confiesa.
El ganadero y alcalde Enrique Garralda, junto a uno de sus comederos actualmente secos
El ganadero y alcalde Enrique Garralda, junto a uno de sus comederos actualmente secosbuxens
Mientras firma unos papeles relacionados con el estado de sus comederos, Garralde admite que, como Esquíroz, no ha recibido mucha atención por parte de las autoridades correspondientes. “Hace poco tuvimos un incendio en una de las fincas y tuvimos que apagarlo nosotros”, explica mientras continúa firmando los papeles. Garralda confía en que su repertorio de soluciones para la sequía baste hasta que vuelvan a caer las precipitaciones, pero en el caso de que esto siga así deberá contactar con organismos de administración pública para una ayuda extra. No le queda otra más que confiar. Tras acabar el papeleo, Garralde y su primo, David Murillo Garralde, se suben en uno de los coches ubicados en la finca para dirigirse a una de sus parcelas y comprobar el estado de las vacas que allí se encuentran. El polvo se levanta por donde pasan las ruedas. La sequedad de la parcela es desalentadora. “En el verano pasado todo esto tenía un color verde”, asegura Murillo. El coche se tambalea con las irregularidades del terreno. Avanzan hasta quedarse en paralelo de un árbol grande y solitario. Debajo de él, aprovechando una de las pocas sombras de la parcela, se encuentran varias vacas y un imponente toro acostado. Al escuchar el sonido del motor, se levantan de sus puestos a la sombra y se acercan a Garralde y Murillo. Ambos salen del coche para recibirlas. Tras acariciarlas, Garralda vuelve a subirse al vehículo y lo conduce el coche en dirección al río que pasa por la parcela. Cuando llega se asoma por la verja que, en teoría, debería de separar el terreno de las aguas. No hay ni una sola gota en el río. Murillo mira al cielo y señala un buitre solitario. “Está de guardia. Cuando un animal cae, avisa al resto para ir juntos a devorarlo”, explica. Garralde vuelve a mirar el río mientras niega con la cabeza. “La que se nos viene encima”, declara.
LAS VOCES DE LA EXPERIENCIA
Patxi Legarra conoce a un ganadero de 90 años que asegura que es la peor sequía que ha vivido en su vida. Él opina lo mismo. Hace poco se vió con la necesidad de comprar un camión de forraje, ya que está bajo mínimos. “Hemos tenido que adquirir un camión entero de comida. Aparte de que el precio está un 60% por encima de otros años, ya prácticamente no quedan existencias de la cantidad de demanda que tienen”, explica. Está muy preocupado. En su dilatada experiencia como ganadero, recuerda una sequía severa allá por 2009. “Pero no tiene nada que ver con esto”, asegura.La granja de Legarra se ubica en las afueras de Zuhatzu y se divide en vacas y yeguas de la raza Burguete; raza autóctona por la que su criadero tiene reconocimiento.
El primer estrago de la sequía que la granja de Legarra ha notado ha sido la ausencia de comida. Ahora vive atemorizado con la cada vez más notoria escasez de agua. “Las fuentes que nunca se secaban, se están secando ahora”, explica. Son las diez y media de la mañana y acaba de aparcar su tractor, en el que ha cargado ocho rulos de paja. Se cala la gorra. El sol, implacable.
Una de las yeguas de Patxi Legarra, junto a su cría
Una de las yeguas de Patxi Legarra, junto a su críaIrati aizpurua
Legarra nació para ser ganadero. Ama su trabajo. Un trabajo que, conforme pasa el tiempo, tiene menos allegados. “Esto más que una ocupación es una forma de vida. A la gente joven ya no le interesa este tipo de trabajos. Exige mucha dedicación y pasión. Tienes que dejar de lado muchas cosas y comodidades. Es difícil. Lo que pasa es que, por suerte o por desgracia, somos muy importantes para la economía y para la sociedad. Por algo viene el nombre de primario”, explica. Legarra advierte de un progresivo olvido del ganadero “de toda la vida” y de una aceptación cada vez mayor de las grandes industrias cárnicas. “Ahora está todo en manos de cuatro grandes grupos”, asegura. “La gente compra cada vez menos nuestros productos”, lamenta. “El chiquito se muere aunque no quiera”, asegura. Esta forma de pensar por parte del sector se está subrayando con el aumento de las temperaturas y sus consiguientes sequías. “Todo esto es un círculo, una pescadilla que se muerde la cola y que nos acaba perjudicando a nosotros”, confirma. “Queda muy bonito lo que dicen los periódicos, en los foros, etc. Pero cada vez ponen más pegas para todo. Estamos siguiendo una política que nos impide cortar matas y limpiar montes. Luego nos echamos las manos a la cabeza porque hay incendios. Ahora mismo tiro una cerilla en este secarral y se quema toda la barranca”, asegura.
Legarra achaca una falta de entendimiento latente que impide pasar a una acción inmediata. “Algunos no quieren ni que toques una mata y otros no quieren que se gaste el dinero en el monte para limpiar. Cada vez tenemos más cosas en nuestra contra, por eso la gente se desanima y lo deja”, argumenta. No se amedrenta con lo que vendrá, pero tampoco observa un futuro esperanzador. “Este año va a ser brutal”, admite. Echa en falta, también, una mayor ayuda por parte de los organismos del gobierno. “Nos darán 20 euros por yegua y quedará como que todo está solucionado, pero con eso no tenemos ni para empezar”, explica. “Aunque es mejor que no tener nada”, valora también.
Aunque el propio Legarra no sepa hasta dónde puede llegar esta situación, valora su trabajo y aguante. “La nuestra es otro tipo de vida”, asegura. Recuerda cuando en su pueblo había más de diez ganaderos. Ahora está solo. No obstante y a pesar de las adversidades, sigue manteniéndose en pie. Para él, abandonar es el camino sencillo, a pesar de que el ganado se está yendo paulatinamente. “Es todo más romanticismo que economía pura”, asegura. Recuerda cómo se hacían las cosas antaño. Con tan solo 20 años de edad fue alcalde de Zuhatzu y echa en falta la forma con la que solucionaban los problemas por aquellos tiempos. “Una vez hubo que desbrozar un monte y, para ello, se llenaron autobuses de personas paradas para que ayudaran con el problema”, recuerda. “Ahora la gente se conciencia menos con estas situaciones”, afirma.
Legarra y su socio poseen un total de 110 vacas y en torno a 110 caballos de raza Burguete. Estos últimos son llevados a concursos especializados, celebrándose uno el 11 de septiembre en Urdax. Después de dejar el tractor, Legarra se dirige a una de sus fincas para comprobar el estado de sus caballos. Lo recorre en diagonal y no aparece ninguno. Camina hasta un pequeño desnivel para ver si los atisba desde ahí. Nada. Pasado un rato, salen en manada desde una de las esquinas. Como pasaba con el coche de Garralda, las pezuñas de sus caballos crean una nube de polvo. Avanzan hacia el ganadero que, también, se dirige hacia ellos. La finca está prácticamente seca, a excepción de un puñado de tallos que se mantienen todavía verdes. La mayoría de caballos ni se agachan para pastar. El más imponente de todos se rezaga y Legarra se acerca a él. Se llama Josetxillo y ya es muy mayor. “La mayoría de caballos que ves aquí son hijos suyos”, asegura mientras lo acaricia. Observa sus terrenos, ubicados cerca de la carretera, antes de salir por donde ha entrado; tras comprobar que todos estuvieran bien.
Patxi Legarra en una de sus fincas junto a Josetxillo, uno de sus caballos de pura raza Burguete
Patxi Legarra en una de sus fincas junto a Josetxillo, uno de sus caballos de pura raza Burgueteirati aizpurua
La sequía ha acentuado las preocupaciones del veterano ganadero. Para él, todo era mejor antes. Los campos eran más verdes y el sector tenía más libertad. Ahora se pone en el pellejo de aquellos que, como él, lo están pasando mal y han de seguir adelante. “Veo la situación que estamos teniendo ahora y las pérdidas que nos genera y por supuesto que entiendo que la gente ya no quiera dedicarse a esto. Cómo le vas a dar a tu descendencia esto. Nadie quiere desearle el mal a su hijo”, explica. No obstante, su propio hijo se sacó el curso de ganadero y le apoya con el negocio familiar. En ese momento se encuentra en uno de los establos, reparando un cableado. “El otro día quedó con una amiga para merendar y tuvo que irse en mitad del compromiso porque las yeguas se fugaron”, asegura. Agradece que, a pesar de la situación, su hijo apoye el negocio familiar.
Como ocurre con las piedras del fondo de los ríos durante los tiempos de sequía, el calor está dejando al descubierto el estado de un sector cada vez más olvidado. La ganadería que representan Esquíroz, Garralda y Legarra se presenta como un oficio desoído y dejado de lado que debe su supervivencia fundamentalmente al aguante y pasión de sus dueños y a aquellos que, a pesar de todo, no les dan la espalda.
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