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Reportaje

Un primer hogar a los 57 años

Nueve personas que vivían en la calle residen ahora en los pisos del programa Housing First en Navarra, en el que se les ofrece una casa como base para redirigir su vida y recuperar su salud

Ampliar Candelaria Sánchez, de 61, fue la primera persona que entró en el programa Housing First para personas sin hogar en Navarra, en 2017
Candelaria Sánchez, de 61, fue la primera persona que entró en el programa Housing First para personas sin hogar en Navarra, en 2017J. C. CORDOVILLA
  • Paloma Dealbert
Publicado el 09/07/2022 a las 06:00
Candelaria Sánchez recoge el cuenco con cerezas granates que corona la pequeña mesa cuadrada de su comedor. Insiste para que sus visitantes se sirvan y les ofrece frutas alternativas antes de llevarlo a la cocina. Sánchez luce cómoda su papel de anfitriona del piso de 40 m2 que la cobija desde el 9 de mayo de 2017 en San Jorge y que la convirtió en la primera usuaria en Navarra del programa Housing First para personas sin hogar.
A sus 61 años, recuerda con exactitud las fechas. La de su entrada en la vivienda después de cuatro décadas durmiendo en la calle, la de su llegada a la Comunidad foral, el 11 de marzo de 2011, o la de su vuelta a la casa materna dos semanas antes de cumplir los 14 y que desencadenó su introducción en una vida que, admite, ha sido “como una montaña rusa”.
UN SOPORTE PARA AVANZAR
Candelaria no es su verdadero nombre de pila; no quiere que la reconozcan. El piso, afirma, la ha dotado de estabilidad. A Sánchez y a los otros ocho usuarios distribuidos en los siete domicilios del programa en la Cuenca de Pamplona. Housing First -primero la casa- nació en los noventa en Estados Unidos y se extendió a Canadá y otras ciudades europeas.
En vez de seguir el habitual modelo de atención ‘en escalera’, en el que la persona debe superar etapas, explica Rubén Unanua -coordinador del programa y responsable del Servicio Municipal de Atención a Personas Sin Hogar de Pamplona-, es decir, lograr pasar de la calle al albergue, luego a una vivienda temporal y por último a la permanente, desde el inicio se proporciona un domicilio independiente. “Te da un soporte, un espacio seguro para desde ahí poder ir creando”, señala. Y sin una fecha límite que presione el proceso; si el inquilino quiere, puede renovar el contrato.
“En el otro modelo tú vas dando pasos, encuentras un trabajo y luego la vivienda. Pero conseguir un trabajo sin una vivienda es casi imposible”, añade Unanua. Sobre todo después de tantos años en la calle, en los que se pierden hábitos, se desconocen los avances tecnológicos y proliferan los problemas de salud.
Cuando Achim Turcata y Vilma Ionas pernoctaron por primera vez en su nueva casa, temieron por su vida. La pareja interpretó el sonido del agua corriendo por la caldera como el indicativo de que iba a haber una explosión y llamó asustada a la educadora de la Fundación Xilema que los acompañaba en su transición. La misma que les explicó que el auricular que cuelga al lado de la puerta de entrada no era un teléfono fijo, sino un intérfono. No habían escuchado nunca un timbre así, menos desde el interior de un domicilio, porque pasaron su primera década en España en la calle o en edificios abandonados. Y en Rumanía, de donde son originarios, no los habían visto.
SIN PASAR FRÍO Y CON DUCHA
“Esto es como...” Turcata, de 43 años, suspira cuando intenta encontrar las palabras para expresarse. Sus ojos, enmarcados en unas pestañas largas y curvadas, se iluminan cuando repite que están “muy bien” en la casa: “Tengo ducha, tengo de todo”. También un seguimiento médico. Los años de frío y humedad le han dejado secuelas.
Tres días por semana, después de tomarse el café con su mujer y atender algunas labores de la casa, se desplaza hasta el albergue de Trinitarios, en el que trabaja en un taller de limpieza. Vilma Ionas, de 47 años, también ha tenido empleos temporales, como el del taller de Cáritas de Burlada, y le gustaría volver a estar en activo: “En la limpieza, me gusta mucho”.
Antes de entrar al piso, Achim Turcata y Vilma Ionas solo tenían unas fotografías personales
Antes de entrar al piso, Achim Turcata y Vilma Ionas solo tenían unas fotografías personalesj.c. cordovilla
Los dos disfrutan de sus tareas domésticas. El marido pintó de blanco las paredes de gotelé del salón y planea poder continuar con el resto de la casa con los ahorros y se muestran orgullosos de su labor de interiorismo, con los mantelillos, jarras y los jarrones de flores que colocaron “para que los vea la gente” que los visita.
Las fotografías del matrimonio y sus hijos, que quedaron en Rumanía, están enmarcadas. Las instantáneas son lo único conservan anterior a su entrada en el piso, hace dos años y siete meses. “Las guardábamos en una bolsita en la mochila, en donde estábamos pidiendo, con la ropa”, cuenta Turcata.
La pareja viajó en autobús desde su país hasta Guipúzcoa por recomendación de un amigo, que les habló de un empleo en una granja. Tenía experiencia con los animales, pero se encontró con que no había contrato ni regularidad: “Eran unos días sí, tres o cuatro no...” Acabó ejerciendo la mendicidad. Solo que en San Sebastián la subsistencia era complicada. “Te mira la policía y si tienes 5 euros te los coge y te da un papel. Aquí [Pamplona], no”, reconoce, y asegura que los viandantes también les tratan mejor en la capital navarra.
LA COMIDA, CASERA
Housing First ampara a las personas con problemas de salud, adicciones o discapacidad que hayan estado viviendo en la calle al menos cuatro años. En Navarra hay nueve personas con este perfil, dos de ellas, parejas. “Intentamos favorecer el acceso de mujeres porque no hay un albergue para mujeres sin hogar. Y si tienen un problema de adicción el centro de atención a la mujer no las atienden”, denuncia Rubén Unanua.
Muchas, apunta Eunate Moreno Ibero, educadora de Fundación Xilema, “acaban estando con personas con las que no quieren estar, aguantando malas situaciones”. Una de esas convivencias insostenibles con el padre de su hijo provocó que Candelaria Sánchez volviera al sinhogarismo.
Rubén Unanua, de Fundación Xilema, es coordinador del programa y Eunate Moreno, educadora de la entidad.
Rubén Unanua, de Fundación Xilema, es coordinador del programa y Eunate Moreno, educadora de la entidad.J.C. CORDOVILLA
Después de entrar en el piso, asegura Unanua, los usuarios reducen el consumo de alcohol y su estado de salud mejora. “No es lo mismo comerse una rodaja de salchichón encontrada en un parque de niños y llevártela a la boca, que comprar un bote de garbanzos y cocinarlos”, ejemplifica Sánchez. La pionera del programa cogió con gusto su vuelta a los fogones: “Al estar tanto tiempo sin cocinar te apetece hacerlo tú”.
En casa del matrimonio, Ionas se suele encargar de preparar la comida. Desconocían el sistema de las franjas horarias y hace unos meses tuvieron un susto con la factura de la electricidad, que les dejó muy preocupados. La pareja siempre está pendiente de las cuentas. “El 31 del mes anterior ya han pagado el alquiler”, comenta Unanua. Para Turcata es importante: “Para estar tranquilo lo hago rápido. Dejo todo pagado y si me llega dinero, bien. Si no, ya está”.
Cada mes abonan 240 euros por el piso, incluida la comunidad. Perciben la Renta Garantizada, que complementan con las horas de taller. Aunque no todos los beneficiarios de Housing First pueden trabajar o mantener un empleo, detalla el coordinador del programa. Por problemas de salud o por las experiencias vividas, que han moldeado su carácter.
SE BUSCAN MÁS PISOS
Candelaria Sánchez se considera una “privilegiada” por formar parte del proyecto. Se siente en deuda con la sociedad, pero reitera que le falta motivación porque no encuentra un trabajo estable. Argumenta que hay tareas, como cuidar de personas mayores, que podría asumir o barrer el entorno urbano.
“Me gusta la limpieza. Cuando estaba en la calle tenía la escoba gratis; cogía ramas y me ponía a barrer el sitio donde iba a dormir. Y para lavar cogía agua de las fuentes con una bolsa de plástico, enjabonaba y en la tierra la vaciaba para que los perritos, los pájaros y la gente no se molestaran y no se intoxicaran”, relata la usuaria.
A Sánchez le fascina la naturaleza. Su salón-comedor y su cocina son austeros, con alguna manualidad hecha por ella misma, como un sol sonriente. Frente a la mesa cuelga un cuadro con unos cisnes y en una caja asoma el peluche de un cachorro con boina. Junto al sofá biplaza, ha pegado en la pared la imagen de un perro y del empedrado de una zona del albergue en el que estuvo unos meses, y una foto ampliada de un muro que se encontró en una de sus largas caminatas.
El coordinador del programa señala que necesitan contar con más viviendas vacías de tamaño reducido, que financia el Gobierno de Navarra. “Hay mucha gente que lo necesita. El programa funciona porque todo el mundo que entra permanece en la vivienda y avanza”, defiende Unanua.
Los estudios europeos y nacionales sobre el Housing First, como el publicado por la Universidad Carlos III y la consultora Fresno, indican que el coste por persona del proyecto es mayor que el de un albergue. Pero es difícil de cuantificar. Los usuarios reducen a la larga el uso de otros servicios, como la atención y el transporte sanitarios, psiquiátrica, o incluso sus costes de alimentación.
ACOSTUMBRARSE A UN HOGAR
Achim Turcata, Vilma Ionas y Candelaria Sánchez coinciden: cuando entraron por primera vez a sus casas sintieron, sobre todo, incredulidad. Por fin tenían un hogar, uno en el que no estaban sujetos a las inclemencias del tiempo ni rodeados de cucarachas y humedades, como una de las viviendas en las que estuvo la pareja antes. Con grifos a mano, y enchufes para cargar el teléfono y poder pedir cita con la Administración o encontrar trabajo.
A Sánchez le costó varias semanas empezar a dormir en el colchón; al principio lo hizo en el sofá. Tampoco usaba bombillas, preocupada por si luego no podría pagar la factura de la luz y aunque ya se ha acostumbrado a utilizarlas, la nevera todavía la enciende de manera puntual y el electrodoméstico le sirve, sobre todo, de almacenamiento.
Nacida en el seno de una familia numerosa muy humilde en Almería, Candelaria Sánchez emigró a Cataluña junto a su madre a una tierna edad. Por los escasos recursos y el ambiente en casa, estuvo de interna hasta los 14 años en distintos centros hasta que el tribunal de menores permitió su regreso.
La vuelta no fue como esperaba. “Todos hablaban muy andaluces y como me había criado con las monjas me decían: ‘Uy, qué fina que eres hablando. No eres mi hermana’”, recuerda. Pasó por varios trabajos hasta que la situación, con un padrastro abusador, le resultó inaguantable y huyó. Como Turcata y Ionas, también pasó por País Vasco.
La pareja había buscado trabajo en el campo en Rumanía y vendiendo chatarra antes de decidirse a cambiar de país y dejar a los dos hijos de Vilma Ionas al cuidado de la abuela. Turcata los adoptó como propios desde que conoció a la viuda en el pueblo al que se había trasladado a vivir la hermana que lo había criado. No llegó a conocer a sus padres. Ambos fallecieron y con apenas un año quedó al cuidado de sus hermanos mayores.
Mi hermana no me llevó a clase. No aprendí a leer ni a escribir”, admite. Empezó a aprender hasta que un problema de salud lo ha interrumpido. Achim echa de menos a su familia, pero no puede permitirse los billetes. No quiere regresar a Rumanía: “Si hubiera trabajo estaría en mi país”.
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