Historias encadenadas
Félix Casajús y María Jesús Apestegui, memoria del cine de Sangüesa
Félix Casajús y María Jesús Apestegui regentaron con su familia durante años el cine en Sangüesa. El telón bajó definitivamente y permanecen los recuerdos de una época.


Publicado el 27/03/2022 a las 06:00
María Jesús viste una chaqueta de punto azul, de esas que endulzan cualquier tarde una conversación amable. La tejió ella, en los ratos libres, en la taquilla del cine de Sangüesa. Los recuerdos son tantos, mejor descansar en los más divertidos: “Llegó un señor y le dije ‘Así no se trata a una dama’. ¿Cómo la voy a tratar? me contestó él. ¡Pero es que ese era el título de la película!”, despliega una sonrisa feliz como la de un párvulo. Le escucha atento su marido, Félix Casajús Rodrigo, uno de los promotores del cine que durante décadas funcionó en Sangüesa. Como en casi todos los pueblos, como en tantas ciudades, la pantalla grande se apagó hace un puñado de años.
Félix y María Jesús, 92 años cada uno; él de Sangüesa, ella de Cáseda. De novios iban al cine los domingos. Y ya casados, regentaron uno en Sangüesa. “Empezamos con mi hermano, en un local que alquilamos a los capuchinos, con una máquina de aficionados de 16 milímetros, con sesiones infantiles, porque los jóvenes estaban en la calle sin saber qué hacer”, apunta que luego pudieron comprar una cámara de 35 milímetros, en la calle Estafeta de Pamplona y más tarde una Phillips en Estella. Asumieron la gestión del otro cine que había en Sangüesa y construyeron uno propio, el Príncipe Enrique de Labrit, con capacidad para cerca de mil personas. Se llenaban las butacas con largometrajes de Sofía Loren o con títulos como ‘El último cuplé’ o ‘El Cid’. “O si traías en quince días una película que había estado en el cartel de Saide, también”. “Y con El Padrecito”, interviene María Jesús. O ‘Campeón’ y ‘Karate Kid’, saltan en el tiempo del cine y calculan que de media acudían unos 450 o 500 espectadores en cada pase, de Sangüesa y del entorno: Yesa, Liédena... Había sesiones los jueves, sábados, domingo y lunes. El festivo tres, a las 17, 19.30 y 22.30 horas. Los siete hijos de la pareja echaban una mano, unos vendían chucherías, otros atendían el bar o proyectaban. Había personas empleadas, portero, acomodadores y tras las sesiones, María Jesús limpiaba con ayuda de otras mujeres.
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La sala quedó en negro definitivamente y el bajo del local es ahora comercial. El mobiliario de uno de los cines se llevó a Mendavia. Quedan los palcos, con acceso directo desde la casa donde viven Félix y María Jesús.
Dice él que la vejez siempre la vio muy lejos. Aún hoy arrancaría a trabajar. “No es un castigo si haces lo que te gusta”, reflexiona y reconoce que tal vez sí hizo trabajar mucho a sus hijos. Ha sido una persona emprendedora, de tantos oficios y negocios: llevaron quince años la cantera de Salinas de Oro, la huerta, el taller, y el cine sin ser cinéfilo: “Primero lo hicimos porque había un vacío en la juventud, y después porque me parecía que podía ser un negocio, no lo voy a ocultar”, se sincera mientras invitan a café y pastas, unas de Sangüesa, otras de Aibar, a cual más ricas. “He tenido suerte de tener esa curiosidad, hemos trabajado, pero creo que hemos sido una familia feliz”, cuentan catorce nietos y cuatro biznietos.