Alcoholismo
Un aprendizaje que ayudó en el confinamiento
Para cuatro veteranos de Alcohólicos Anónimos, el programa de la asociación fue lo que les proporcionó la estabilidad emocional que necesitaban


Publicado el 18/08/2021 a las 06:00
Agustín se emborrachó por primera vez con 10 años. A los 64, en una conversación que no recuerda, su mujer le puso las cartas sobre la mesa: no podían continuar si seguía bebiendo. Había presumido siempre de tener “aguante” -los efectos del alcohol se notaba menos en él que en sus amigos- pero los últimos meses antes de acudir a Alcohólicos Anónimos, harto de la “ingobernabilidad” de su vida, volvía haciendo eses por la calle. Para los veteranos del grupo como él el confinamiento no supuso un reto mayor que para el resto de la población. “Como utilizamos las herramientas del programa en las que tratamos el equilibrio emocional y nuestra paz, nuestra disposición es buena ante las dificultades que se plantean. Nos podemos cabrear, como todo el mundo, pero no nos desestabiliza”, explica Agustín.
Las semanas que pasaron encerrados las vivieron sin alcohol y centrados en conocerse a sí mismos. “Las situaciones difíciles son las que te hacen reaccionar”, asegura Javier. Tiene 69 años y lleva 31 implicado en la organización. Pasó los meses de aislamiento a solas en su domicilio. Los más antiguos no se quieren ni imaginar cómo hubiera sido 2020 si llevaran menos tiempo en el proceso de recuperación.
El alcohol, apunta Agustín, más allá de los perjuicios para el cuerpo, produce un “desgaste mental” que se va acumulando con los años. Lo complicado es reconocer que existe una “enfermedad” y que se va a necesitar ayuda para hacerle frente. Y que si ha desarrollado una adicción, va a tener que desterrar el alcohol para siempre.
“Una vez que tienes el problema, a ver quién te dice a ti que no eres como el otro que está bebiéndose una copa, es una dificultad doble. Está la sociedad, y la propia persona”, opina Mari José, en la asociación desde hace ocho años. En la calle, señala, impera un estigma contra el alcohólico -el “puto borracho”, apostilla Agustín- que se eleva cuando afecta a una mujer.
“Vivimos en una sociedad muy machista. Las miramos de otra forma”, señala Pruden, miembro de Alcohólicos Anónimos en Pamplona. Sus compañeros asienten cuando continúa: “Está mucho peor visto ver a una mujer borracha por la calle, cuando si vemos un hombre borracho igual nos sonreímos”.
La menor presencia femenina también puede disuadir a algunas personas. A Mari José le marcó ver a mujeres mayores que ella. También el no saber ya qué hacer y haber bebido hasta no poder salir por su propio pie del bar la noche en la que sus hijos volvieron por fin a casa, después de 12 años apartados de su madre. Se los “quitaron” cuando tenían 8 y 4 años: “Yo creía que el problema eran los jueces, las abogadas, lo que me había hecho mi marido, o sea, estás todo el rato viendo los problemas donde no son”.
Cuando sus hijos cumplieron la edad suficiente y pudieron volvieron, recurrió a la bebida porque estaba “tan enferma” que no sabía “qué hacer con dos adolescentes”. La mañana siguiente tomó conciencia de que esa vez no se los quitarían; serían ellos los que se marcharían si la veían así.
“El alcohol no es malo, pero es tan peligroso como otras drogas”, insiste Mari José, de 56 años. Consumió otras sustancias y puntualiza que la bebida se camufla entre otro tipo de adicciones, en especial entre los jóvenes. Cree que no existe conciencia de que el alcoholismo es un problema que necesita tratamiento; cuando un familiar no puede renunciar a drogas como la cocaína, enseguida se buscan centros de desintoxicación o rehabilitación: “Si el chico viene borracho todos los días ¿qué le dicen? Deja de beber, tienes que beber menos”.
“Es una droga social, está bien vista, e incluso se empuja a las personas a tomarla. Como le ocurre a muchas, ya desde jóvenes manifiestan problemas con el alcohol, esa persona necesita ayuda y es mucho mejor que la pida ayuda con 20 años que con 40 años”, determina Javier.
La media de edad de quienes acuden a Alcohólicos Anónimos ha disminuido un poco. Veteranos como Pruden achacan el cambio a una progresiva “normalización” en reconocer que no todo está bien y pedir ayuda. “Ahora hay muchas más información. Cuando llegué yo hace 16 años prácticamente no sabía que existía Alcohólicos Anónimos”, admite Pruden.
A sus 69, recuerda con humor la dificultad con la que se encontró al iniciarse en los célebres 12 pasos del grupo, ya que era propietario de un comercio en el que vendía bebidas con alcohol: “Cuando empecé a recuperarme, el negocio empezó a ir mucho mejor. Lo primero porque vendía más y gastaba menos”.
