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Discapacidad visual

La luz de Adriana

Hace 11 años Adriana Palomo Miranda, ciega total de nacimiento, preguntaba en Diario de Navarra si la luna es bonita. El viernes cumplirá 18

La luz de Adriana
La luz de Adriana
Publicado el 14/05/2021 a las 16:36
“¿Es bonita la luna?”, preguntaba Adriana en este periódico un 26 de septiembre de 2010. Tenía 7 años y entre líneas contaba con desparpajo que la noche anterior había soñado que jugaba en la nieve con sus primos y que la nieve estaba muy fría y que era blanca, muy blanca. Sus padres, Ana y José Ignacio, explicaban entonces que los sueños de su hija se reproducían según las vivencias con sus compañeras de colegio y que todo su mundo se reducía a lo que podía oír, oler y tocar. A los 3 años de edad, Adriana se obsesionó con el cielo y la muerte y a los 6 con la luna y el eco. Luego vinieron las nubes, los insectos... La lectura conformaba el marco de su ventana al exterior. Leía a oscuras antes de dormir, una situación que producía cierto desasosiego en la abuela, quien volvía a encender la luz desconsolada. No se acostumbraba.
De las 46 personas menores de 18 años afiliadas a la ONCE en Navarra con algún tipo de discapacidad visual, seis nacieron ciegas totales. Una de estas personas se llama Adriana Palomo Miranda, la misma niña que se preguntaba por la belleza de la luna.
Desde la ONCE, según explica María Jesús Echeverría Arellano, Técnica de Rehabilitación, “hay personas ciegas que tienen percepción de luz, que son capaces de saber de dónde viene el punto de luz, y otros que ni siquiera tienen percepción de luz. Los dos forman parte del grupo de ceguera total”, indica. “Luego están quienes sufren una discapacidad visual grave que poseen una visión entre 1 y 3%. En este caso, aunque necesiten herramientas específicas, pueden percibir algún obstáculo, alguna visión funcional”.
Adriana nació en Pamplona un 14 de mayo de 2003. Es decir, el viernes cumplirá 18 años. Su cabello era rubio, la piel muy blanca y los ojos apagados. No fue hasta 15 días después de nacer cuando sus padres recibieron la noticia de que su hija había nacido completamente ciega. “Un mazazo”, recuerdan. Ana y José Ignacio quedaron envueltos en una cortina de miedo e incertidumbre. Un duelo inicial que, sin embargo, consiguieron “afrontar y controlar” gracias a la ONCE.
El oído se convirtió en el principal canal de comunicación entre Adriana y sus padres. “Hay que estimular al bebé continuamente con información de lo que sucede a su alrededor. Desde que nacen, al carecer de visión, los sistemas deben de reestructurarse”, les orientaban desde la organización. “Los primeros meses el bebé ciego vive en una especie de vacío y nada de lo que no pueda tocar existe. Esto ocurre hasta que el niño adquiere la permanencia del objeto. A partir de ese momento, siempre sabrá que aunque no lo vea, toque y oiga, el objeto está ahí”, precisaban, dejando claro que un niño ciego posee la misma capacidad cognitiva y el mismo lenguaje que cualquier otro niño. “Logran las mismas adquisiciones con un desarrollo diferente. Los colores se les muestra a través de las sensaciones. Sus sueños se ciñen a los sentidos”.
Aún recuerdan el día en el que, con tan solo tres años, llegó del colegio y preguntó: “Mamá, papá, ¿por qué no puedo ver y mis amigas sí?”. Su madre le decía que como había nacido con los ojos muy chiquititos por eso no veía. Y sus compañeras le animaban a abrirlos. “¿Cómo vas a ver si tienes los ojos cerrados?”, le reprochaban. Y como Adriana crecía y sus ojos lo hacían de manera dispar, le tuvieron que implantar unas prótesis azules.
En este contexto, Ana y José Ignacio no se rindieron. Tenían claro que su hija no debía recibir un trato diferente. Respaldados en todo momento por los programas de estimulación temprana del Gobierno de Navarra y de la ONCE y al trabajo del Centro de Recursos de Educación Especial de Navarra (CREENA), aquella niña de 7 años fue abriéndose camino en medio de la oscuridad.
El 29 de abril de 2021, a las 17.30 horas, Adriana, su hermana Aiora, Ana y José Ignacio volvieron a recibir a Diario de Navarra en su casa. A la joven de Villava le sobrevienen importantes cambios en poco tiempo. Cursa segundo de Humanidades en el IES Ibaialde de Burlada. Se encuentra en los exámenes finales, luego se enfrentará a la EvAU (selectividad) y a la prueba de acceso de la carrera de Traducción e Interpretación en la Universidad del País Vasco de Vitoria. Una etapa clave en la que podrá afianzar su autonomía y movilidad. Pero no le asustan los cambios. Lo único que le produce vértigo, confiesa riendo, es cumplir años. “Porque hay que votar”.
Adriana se considera tímida, valiente y con sentido de humor. Le fascina la lectura, el dulce, la música de los años 80 y 90, especialmente Bruce Springsteen. En su “cajita” interior laten dos sonidos, el de la lluvia contra el cristal y el mar. Según su profesor de latín y griego, Paco Azcárate, atesora un don para los idiomas. Y si los libros entreabren una ventana a la imaginación, el ordenador le permite ir más allá. La línea braille que acopla al teclado es el bastón con el que puede transitar por un mundo virtual sin barreras.
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