De Engracia a Garazi. El misterio de los nombres en Navarra
Profesores de la UN han elaborado un estudio


Publicado el 28/04/2018 a las 13:37
Un estudio colectivo promovido por la Cátedra de Lengua y Cultura Vasca de la Universidad de Navarra, en colaboración con el Gobierno foral, destaca el aumento de nombres de pila de origen vasco, como Iker o Irati, solo porque son "bonitos" y no por la ideología política de los padres.
El estudio, titulado "De Engracia a Garazi. El misterio de los nombres en Navarra", es una obra dirigida por la profesora de la Universidad de Navarra Ana Zabalza y del que también son autores Demetrio Castro, Andoni Esparza, Mikel Gorrotxategi, Andrés Íñigo, Peio J. Monteano, José Luis Ramírez y Paskual Rekalde.
En el libro se explica que los nombres vascos aparecen siempre entre los más usados en Navarra. Entre las mujeres, son nombres como Irati, Nahia, Leyre, Ane, June o Naroa, además de otros de origen castellano como Lucía, Paula, María o Sara.
Entre los chicos, se imponen nombres de origen vasco como Iker, Aimar, Unai, Mikel, Asier u Oier, que comparten protagonismo junto a otros de origen castellano como Javier, Pablo o Daniel.
Nombres muy comunes como Ane, Nerea, Iker, Ander o Julen fueron creados por Sabino Arana, se indica en la obra, que señala que en ocasiones es difícil afirmar si un nombre es de origen vasco o no.
Según los datos disponibles, en la década de 2010 hay 404 nombres femeninos con un mínimo de cinco navarras que portan alguno de ellos y 360 nombres masculinos en las mismas condiciones. El repertorio se nutre fundamentalmente de cuatro núcleos diferentes: la tradición clásica, los vascos o vasconavarros, los germánicos y los "extra-peninsulares".
La evolución de los nombres ha sido grande en Navarra, ya que, en 1930, los nombres de mujer más frecuentes eran María Carmen, María Pilar, María Teresa, María Jesús, Carmen y María Ángeles, y los de hombre, José, Ángel, Antonio, José Antonio, Francisco, Francisco Javier, Javier, Pedro, Luis y Miguel.
Destacaba la preponderancia, sobre todo entre las mujeres, de los nombres compuestos, mientras que actualmente lo habitual es que los niños tengan un solo nombre y que éste sea corto, frecuentemente de dos sílabas.
En el libro se hace además una comparación entre cuatro provincias con lengua propia (Navarra, Ourense, Lleida y Gipuzkoa) y cuatro sin lengua propia (Toledo, Valladolid, Córdoba y Zamora) y se concluye que la proporción de nombres en lengua propia de Navarra es superior a Ourense, pero inferior a Gipúzkoa y cercana a Lleida.
Los nombres vascos más usados fuera de Navarra y la CAV son Iker, gracias al fútbol, y Ainhoa, que, aunque era usado con anterioridad, es posible que se haya visto reforzado gracias al programa Operación Triunfo.
La obra destaca que, al parecer, los nombres en euskera "han entrado en el nomenclátor para quedarse, como demuestra el uso ininterrumpido en los último se cuarenta años" y, así, no son infrecuentes los abuelos con nombre en euskera que tienen hijos y nietos con nombres en dicha lengua.
En este sentido, en la obra se afirma que "los nombres en euskera han alcanzado el rango de normalidad que deben presentar los nombres de persona. Mikel o Ane son nombres neutros que no se ponen por política, sino por gusto, por ser bonitos, no por ser sus padres desafectos a ningún régimen político".
Además, hoy en día los nombres vascos se exportan, y cada vez es más común oirlos en cualquier rincón de España, especialmente en Cataluña, aseguran los autores del estudio.
Entre otros aspectos, en la obra se analiza cómo el asentamiento de "bajonavarros", de los conocidos en su época como "vascos", es en la Alta Navarra uno de los fenómenos demográficos y sociales más llamativos de los siglos XIV a XVII.
De hecho, su huella es detectable en la documentación histórica y se manifiesta aún en los apellidos toponímicos que tienen más de 25.000 navarros y navarras. Se trata de apellidos como Armendáriz, Osés, Urzaiz, Irisarri, Yoldi, Suescun, Chivite o Ibarrola, entre muchos otros.
La directora del estudio, Ana Zabalza, ha asegurado que esta obra colectiva es "una aproximación peculiar a la historia de Navarra a través de cómo nos llamamos las casas y las personas".
Zabalza ha resaltado que el rico legado onomástico de Navarra "es una parte de nuestro patrimonio inmaterial que no es fija, sino que está en continua transformación".