Maneras de vivir

¿Por qué comer juntos facilita hacer las paces?

Del tratado de Brètigny a la paella con tu cuñado. La ciencia confirma lo que ya intuías: compartir plato es la forma más efectiva de limar asperezas

Ilustración de tres personas que comen juntas en una mesa
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Ilustración de tres personas que comen juntas en una mesaDN
Ilustración de tres personas que comen juntas en una mesa

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Julio Arrieta

Publicado el 03/10/2026 a las 05:00

Según un estudio reciente, el 85% de los españoles cree que compartir una paella puede ayudar en la reconciliación tras un conflicto. De hecho, más de la mitad de los encuestados asegura hablar por experiencia. ¿Por qué la paella, se preguntarán los partidarios de la chuleta o los del cocido montañés? Porque el análisis fue patrocinado por una marca de arroces con motivo precisamente del Día Mundial de la Paella. Pero, por patrocinada que fuese, la encuesta muestra un hecho ya comprobado por muchas otras investigaciones: compartir mesa con una buena comida es una forma de resolver desencuentros.

Varias cenas entre Jimmy Carter, el presidente egipcio Anwar el-Sadat y el primer ministro israelí Menájem Begin facilitaron los acuerdos de Camp David, en 1978. El Tratado de Brétigny, que puso fin a la primera fase de la Guerra de los Cien Años en 1360, fue resultado en gran medida de un banquete en el que se reunieron el rey Eduardo III de Inglaterra y el rey Juan II de Francia. Y seguro que tú te has arreglado con tu cuñado o has limado asperezas con tus compañeros de trabajo comiendo un buen codillo. ¿Qué tienen estos casos en común? Lo que en antropología se llama comensalidad -del latín ‘com’ (que significa con) y ‘mensa’ (mesa)-, la creación y mantenimiento de vínculos sociales a través del acto de compartir alimentos.

ESPACIO DE PAUSA

Como explica Xavier Medina, antropólogo de la alimentación de la Universitat Oberta de Catalunya, recurrir a la comida para dialogar “es un fenómeno relativamente universal porque el hecho de comer es un acto social. Siempre que necesitamos hablar de algo, intentamos que haya una mesa de por medio y algo de comer o beber”.

“El hecho de sentarse a comer ya significa algo: estar sujeto a una serie de normas sociales que, aunque sea inconscientemente, te indican lo que se puede y no se puede hacer”. Es algo culturalmente aprendido “que tenemos interiorizado y que habitualmente se acostumbra a cumplir”. La mesa “funciona como un espacio de pausa y calma donde normalmente impera una ausencia de conflicto y se evitan aquellos temas que puedan generar fricciones”.

Como señala Medina, la informalidad del mantel no solo permite destrabar roces cercanos, entre amigos, compañeros o familiares, sino que alcanza a las negociaciones complejas que se estancan en los despachos: “Las comidas tienen una parte muy informal que permite comentar cosas fuera de la rigidez institucional. En diplomacia y política se utiliza esa convivialidad relajada para acabar de perfilar acuerdos que de otro modo no hubieran podido salir”. El propio acto de comer se configura como un hábito que trasciende la simple nutrición biológica: “La comida es cultural principalmente; la nutrición nos permite sobrevivir, pero la forma en que comemos e incluso decidimos qué se considera comestible está construida o matizada a través de la cultura”.

OXITOCINA Y DOPAMINA

¿Cuál es el ‘mecanismo’ mental que hace que compartir una comida sea un acto apaciguador? El psicólogo clínico José Elías explica que este acto “tiene efectos profundos en el bienestar emocional, ya que refuerza los vínculos afectivos, incluso deteriorados por algún conflicto”. Varios estudios han demostrado que comer juntos “libera la producción de dopamina y oxitocina, sustancias que favorecen la confianza, reducen el estrés, la ansiedad y la depresión”.

Cuando nos acomodamos en la mesa con alguien con quien hemos discutido “tiene lugar por ambas partes un cambio psicológico y emocional profundo que activa mecanismos evolutivos biológicos y sociales que reducen la tensión del conflicto y permiten hablar sobre ello relajadamente, llegando a principio de acuerdo”, añade Elías. Al sentarse, “se envía al cerebro la orden de que, al menos durante la comida, vamos a tener una tregua. Durante ese rato, el peligro y el estado de alerta desaparecen, generando un estado mental y emocional propicio para la resolución del conflicto”.

Además, comer juntos “reduce el estrés y favorece conversaciones estimulantes para el cerebro, transmitiendo seguridad, moderación emocional y, sobre todo, un sentido de pertenencia”. Por otra parte, ver comer a otro, algo que es “una acción tan cotidiana, íntima y vulnerable”, promueve “una imagen más bondadosa” de esa persona, lo que permite un fácil acercamiento.

En la mesa, “todos realizamos los mismos movimientos, se activan las neuronas espejo, generando a nivel inconsciente una sintonización con los estados emocionales del otro”. Pero por encima de todo, concluye Elías, “sentarse a la mesa con otra persona es una señal de paz. Cuando lo hacemos, damos a entender que queremos estar bien entre nosotros aunque tengamos algún conflicto”.

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