Pelota
Todo por Juan Martínez de Irujo
Patxi Eugi, Óscar Lasa, Fernando Goñi y Peio Martínez de Eulate hablan sobre Irujo


Actualizado el 30/06/2017 a las 10:17
“Me llamó la atención las patas tan largas que tenía y que llevara rodilleras”. “Era un tirillas, tenía el físico de un velocista”. “Un tío largo, flaco. ‘Qué hostias va a jugar este’, pensé”. “Era un cuerpo sin hacer”. Patxi Eugi, Fernando Goñi, Óscar Lasa y Peio Martínez de Eulate no dudan en recordar cuál fue su primera impresión sobre Juan Martínez de Irujo, con quien compartieron fatigas en la cancha y en el grupo de entrenamiento de Huarte.
Apenas dos años antes, Aspe acababa de asentar uno de sus centros de entrenamiento en el Complejo deportivo de Huarte. Un foco de preparación física y de convivencia. Quien más, quien menos, poseía allí una txapela en su vitrina. Diez sumaban en 2003. Ese año debutó Irujo. Un chaval “destrazado” de 22 años prácticamente desconocido, salvo para quienes en el club Oberena habían compartido gerriko con él. Otros sólo tuvieron la oportunidad de verlo en el Mundial de Pelota en Pamplona en 2002. “El primer día que le vi jugar fue en el trinquete de Mendillorri contra el mexicano Loquillo. Tenía coraje pero no saqué más conclusiones. Eso sí, el día que debutó en Pamplona dije: ‘Este va a jugar un montón’”, recuerda Eugi.
Efectivamente, Juan albergaba cualidades singulares todavía por pulir. Salía a morder aunque tirara ocho pelotas. No obstante, eso no fue suficiente para Salvador Vergara y Julián Retegi, ambos ojeadores al uso de Asegarce por aquel entonces. No vieron nada especial en él.
Un grupo de profesionales
Tres días a la semana, Goñi III, Eugi, Martínez de Eulate, Lasa III, Chafée e Irujo se machacaban bajo las indicaciones primero de Carlos Arraiza y más tarde de Juan Iribarren o Aritz Altadill.
“Juan llegó en nuestros mejores años y era sufridor como el que más”, asegura Óscar. “Venía tierno, pero se adaptó rápido y lo que le vino después se lo curró. El salto físico se produjo porque la filosofía del grupo le hizo ponerse las pilas”, apunta Fernando Goñi. Entre ellos creció y despuntó. Los preparadores le supieron diseñar una transición en la que moldear una estructura de atleta, fuerte, de 1,85 de altura. Hubo que formarlo a base de gimnasio. Compensó su cuerpo en un ambiente sano de competencia.
La revolución
Irujo fue un pelotari de crecimiento tardío en lo físico pero destacó. Era una esponja. Se esforzaba. 404 días después de su debut se calaba su primera txapela, la de Manomanista. Estaba dispuesto a comerse el mundo. “Juan se veía capaz de hacer cualquier cosa”, comentan Peio y Óscar, “Tenía tanta chispa, tanto juego, que a veces se pasaba de rosca”. Era difícil canalizar todo ese potencial. No obstante, el espíritu competitivo innato en Irujo terminó en necesidad e imaginación sobre la cancha.
En Bergara se convirtió en el Irujo revolucionario. Capaz de atreverse a restar de aire los saques, de efectuar un gancho desde el cuadro cinco o ir a buscar el sotamano con dos pasos. En definitiva, no dejar pensar al rival. “Estábamos comiendo en este mismo sitio, llegó Juan de entrenar en Bergara y nos contó: ‘Me he jodido el dedo meñique de la mano izquierda, quizás sea una fisura’ e inmediatamente dijo: ‘Si no puedo restar a bote, iré al aire’. Todos pensamos que era una locura”, rememora Eugi la semana en la que el de Ibero se jugaba ante Olaizola I un puesto en las semifinales del Manomanista de 2005. Ganó el partido y ahí comenzó su revolución que acaba con trece grandes títulos.
Dicen que Retegi I ya remataba de aire al saque o que Irazola patentó el saque-parada. Juan no inventó nada, lo reconoce. Sin embargo, fue quien obligó a los demás a adaptarse a su estilo. A veces de forma impostada. “El cambio que dio Olaizola II es clarísimo. Aimar no habría ido a un sotamano en su vida, era de defender, de pelotazo largo, de esperar a buena. Al principio ganaba al Cuatro y Medio con 400 pelotazos, a base de machacar. Pero acabó por evolucionar y dar un paso adelante”, afirma Martínez de Eulate.
El adiós
Después de un relato de catorce años, Martínez de Irujo pone fin a su último capítulo en la cresta de la ola. “Es un poco raro retirarse en todo tu apogeo”, dice Óscar Lasa “Juan seguía siendo aspirante a ganarlo todo”. “Nos quedaremos si ver un Juan distinto. Ha estado años dominando y ahora le venían pelotaris nuevos. Juan se convertiría en otro tipo de pelotari, con menos potencia pero que hubiera desarrollado otros recursos”, apunta Eugi “Nos habría gustado que se hubiera despedido como ley de vida”.
Ninguno de los cuatro faltará esta tarde al festival de homenaje que recibe el de Ibero en un Labrit hasta la bandera. El grupo de entrenamiento de Huarte y la afición despide hoy a uno de sus miembros más laureados. Un pelotari único.