Continuar

Hemos detectado que tienes en Diario de Navarra.

Con el fin de fomentar un periodismo de calidad e independiente, por favor o suscríbete para disfrutar SIN PUBLICIDAD de la mejor información, además de todas las ventajas exclusivas por ser suscriptor.

SUSCRÍBETE
Edición impresa

Actualidad Navarra, Pamplona, Tudela, Estella, Osasuna, Deportes, Gobierno de Navarra, Ayuntamiento de Pamplona, Política, Economía, Trabajo, Sociedad.

Biografía

Vida de leyenda: el hijo de un olvidado rey de España que abrió la senda del himalayismo navarro

El 23 de junio de 1986, los navarros Mari Ábrego y Josema Casimiro entraron en la historia al hollar la mítica cumbre del K2. Ascendieron a través de la llamada “ruta del Duque de los Abruzzos”, que debe su nombre a un explorador de alcurnia con una vida de fábula

El duque de los Abruzzos, rodeado por sus guías César Ollier y Joseph Petigax, en las montañas Ruwenzori
El duque de los Abruzzos, rodeado por sus guías César Ollier y Joseph Petigax, en las montañas RuwenzoriWikipedia
Actualizado el 30/10/2021 a las 20:35
Muchos niños nacidos en Navarra a finales de los 70 o en los primeros 80, sobre todo los más curiosos o los que tuvieran la suerte de contar habitualmente con un periódico en su casa, se toparon en su niñez con una gesta de esas que impregnan las mentes infantiles de ecos evocadores, míticos e inolvidables. Dos navarros, Mari Ábrego y Josema Casimiro (uno de Los Arcos y otro de Pamplona), habían vencido al K2, "la montaña de las montañas, el más difícil de escalar de los ochomiles, el último gran reto".
En junio de 1986, Ábrego y Casimiro fueron los primeros españoles en hollar la cima del mítico K2 y, con su epopeya, asentaron los cimientos de la tradición de himalayismo en Navarra. Esta luego fue sublimada por el recordado Iñaki Ochoa de Olza, pero ya venía precedida por otros montañeros y otras expediciones de cuño foral, y ha tenido continuidad hasta la actualidad: sin ir más lejos, el lunes 25 de octubre, el especialista en montaña de Diario de Navarra Josetxo Imbuluzqueta informaba de que los navarros Mikel Zabalza e Iker Madoz, junto al alavés Mikel Inoriza, abrían una ruta inédita para alcanzar la cima del Dorje Lapka, en Nepal.
Pero dejando a un lado el Dorje Lapka y regresando al K2, Mari Ábrego y Josema Casimiro siguieron en aquella montaña las huellas de un hombre que, como ellos, también merece un lugar en la historia. No en vano, ellos eligieron para su ascensión la conocida como “ruta del Duque de los Abruzzos”, que dentro de la dificultad inherente a esa cima asesina se considera la más asequible y recibe su nombre de un explorador indómito de sangre azul: Luis Amadeo de Saboya.
Luis (o, mejor dicho, “Luigi”) nació en Madrid cuando su padre era ni más ni menos que el rey de España. En otra época y en otro lugar se le hubiera considerado un “nacido en la púrpura”, con los privilegios que ello conllevaba, pero aquel niño vino al mundo en un siglo XIX convulso y en una España especialmente inestable. Solo tenía 14 días de vida en el momento en que su padre se adelantó a su inminente cese y renunció al trono, lo que dio paso a la I República. Y así, Luis, el tercer vástago de Amadeo y María Victoria, creció como benjamín de esa familia en algo parecido al exilio en Lisboa y, de vuelta a su casa original, en Turín.
Amadeo de Saboya, con sus hijos Manuel Filiberto, Victor Manuel y Luis (en brazos). Retrato realizado por Giacomo Di Chirico
Amadeo de Saboya, con sus hijos Manuel Filiberto, Victor Manuel y Luis (en brazos). Retrato realizado por Giacomo Di ChiricoWikipedia
La madre, María Victoria, falleció al poco, cuando el niño tenía solo 3 años. Y el padre, Amadeo, una vez viudo se casó con la aristócrata Maria Letizia Bonaparte, con la que amplió su prole con el nacimiento de otro hijo. Para entonces, un tío de Luis, Umberto, se había convertido ya en rey de Italia, y el futuro de Luis quedaría así desligado de su España natal e imbricado en la recién reunificada Italia, en la que ostentó el título de duque de los Abruzzos.
A los 15 años, Luis dio las primeras muestras de que pretendía seguir la estela de otros nobles europeos, quienes, tocados por el ansia de aventura y siguiendo un pensamiento muy en boga en la época, se embarcarían en la tarea de ensanchar los límites del mundo. Napoleón Eugenio Luis Bonaparte, único hijo de Napoleón III y Eugenia de Montijo, admirado y querido en una Francia en la que nunca quedaba demasiado lejana la idea de una restauración imperial, fue uno de los más paradigmáticos al fallecer en 1879 en la lejana Ulundi, en Sudáfrica, combatiendo contra los zulúes con la espada de su tío abuelo Napoleón. Aquella tragedia no solo no amilanó a Luis, sino que quizá le espoleó a emularle. Y enrolado en la Regia Marina italiana, jovencito todavía, viajó alrededor del mundo embarcado en el 'Amerigo Vespucci'.
De vuelta a Europa, Luis se interesó por el alpinismo. No en vano, las cumbres inexploradas eran uno de los grandes retos de aquella época dorada de la cartografía. Y en 1897, con 24 años, montó una expedición al monte San Elías, en Norteamérica: logró ascenderla, lo que nadie antes había conseguido, y fijó la altitud de la montaña en 5.489 metros. Los expedicionarios alimentaron después la leyenda de que habían visto desde las alturas “la ciudad silenciosa de Alaska”, en lo que con el tiempo se ha explicado como un fenómeno de espejismo colectivo.
Pero el reto con mayúsculas en el cambio de siglo era la conquista de los Polos. Luis también sintió la llamada de aquel desafío y, en 1899, intentó estrechar el cerco al extremo boreal de la Tierra. Primero a bordo de un ballenero y después con trineos tirados por perros, la expedición superó las límites hollados por el hombre hasta entonces, pero tuvo que darse la vuelta antes de alcanzar el Polo Norte. El propio Luis sufrió la amputación de dos dedos congelados.
El Stella Pollare, un ballenero llamado antes Jason, quedó atrapado en el hielo
El Stella Pollare, un ballenero llamado antes Jason, quedó atrapado en el hieloWikipedia
Vencido por el frío polar, Luis buscó gestas en otras latitudes. Y seguir los pasos del explorador que mejor se había sabido vender a sí mismo de todo el siglo XIX, Henry Morton Stanley, era una oportunidad sugerente. Stanley se había labrado su fama en el indómito Congo, que él mismo había ganado para el rey de los Belgas, Leopoldo II. Y en uno de los extremos de aquel territorio vedado durante siglos para los europeos, junto a la frontera de lo que hoy es Uganda, se levantaba una cordillera volcánica coronada por nieves perpetuas, casi inaccesible, desde luego inexplorada y que, para las mentes más excitables, encajaba con las legendarias Montañas de la Luna descritas por Ptolomeo.
En 1906, Luis marchó al corazón de África y fue el primero en escalar hasta 16 de las más altas montañas del lugar, superando cimas que rondaban los 5.000 metros de altura. Como recompensa a su gesta, dio nombre a una de ellas, el Luigi di Savoia, en una cordillera que por las denominaciones que él escogió pasó a convertirse en una suerte de mausoleo de grandes exploradores: Samuel Baker, John Speke o el propio Stanley...
El duque de los Abruzzos, entonces, puso la vista en el Himalaya. Había sido aquel durante centurias un territorio imposible para los extranjeros por motivos religiosos y políticos, y sus montañas, las más altas del mundo, formaban parte, al igual que las del centro de África, del mundo de la fantasía y de los sueños más que de la realidad. Nada de aquello intimidó a Luis, que en su primera tentativa se encaminó al K2, en el Karakorum: alcanzó los 6.500 metros de altitud y vislumbró que la ruta más accesible a la cima debía encaminarse por una arista al sureste, a través del que se ha conocido desde entonces como “Espolón de los Abruzzos”. Luis no pudo alcanzar la cima. Se contentó con regresar al Chogolisa un año después, donde logró un nuevo récord de altitud. No conquistó la cumbre, pero aquello fue lo de menos: como pionero del himalayismo, dejó para el futuro sendas trazadas que han servido para generaciones posteriores.
El duque Luis y sus guías, ascendiendo el Chogolisa
El duque Luis y sus guías, ascendiendo el ChogolisaWikipedia
En 1911, Italia entró en guerra con el Imperio Turco y, tres años después, estalló la Gran Guerra. Fueron años en los que Luis asumió mandos navales que le impidieron proseguir con sus aventuras. Pero acabadas las contiendas, volvió a dejar atrás esa Europa que se le quedaba pequeña. Se asentó en Somalia, donde se casó con una joven nativa, Faduma Ali, y fundó una explotación agrícola que llegó a integrar a decenas de aldeas y miles de somalíes. Exploró la zona, pero sus descubrimientos tuvieron menos eco que en su época de juventud: el mundo, marcado por la tragedia de la Primera Guerra Mundial, había dejado atrás la ingenuidad aventurera de las décadas precedentes y estaba menos dispuesto a idolatrar a exploradores y pioneros.
Así, Luis murió casi en el anonimato, en aquella Somalia que le había acogido, el 18 de marzo de 1933. Pero su paso por el mundo había dejado huellas, durante años enterradas en la nieve bajo alturas imposibles, y finalmente rescatadas del olvido entre otros por una pareja de navarros, tan ajenos a aquellas tierras del Himalaya como el propio Luis, pero inflamados por el mismo sueño, que se nutría y nutre del fuego de la aventura y la superación.
El K2, fotografiado por el duque de los Abruzzos
El K2, fotografiado por el duque de los AbruzzosWikipedia
volver arriba

Activar Notificaciones