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EL RINCÓN DE LOS EXPERTOS
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Economía, nutrición y salud

En nuestro estilo de vida, la “Economía” manda y los intereses comerciales priman

Javier Angulo Fernández

Javier Angulo Fernández

DN
Actualizada 19/03/2019 a las 17:21
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En nuestro estilo de vida, la “Economíamanda y los intereses comerciales priman. La Economía asienta las bases de lo que debe ser la alimentación moderna y fomenta la acción de la industria alimentaria. Ésta es potenciada desde las universidades y avalada por la “ciencia”, que a su vez es financiada por empresas que desean justificar lo que les interesa a través de estudios en ocasiones, “manipulados”. Las pirámides alimentarias han variado poco en las últimas décadas, aunque afortunadamente una dosis mayor de sentido común se ha aplicado en las últimas realizadas, por razones principalmente económicas.

Las patologías derivadas del actual estilo de vida van incrementando. La obesidad, la diabetes, la hipertensión, la fatiga crónica, el terrible síndrome metabólico y otras vinculadas al actual sistema nutricional, aumentan el gasto sanitario. Ya mueren más personas por exceso de “alimentos” que por falta de ellos. Y como la Economía manda en este mundo, sólo se pone solución cuando “el remedio deriva en mayores beneficios que los perjuicios económicos ocasionados al sistema”; es una ley que se aplica siempre. Si la balanza Salud-Beneficio tira hacia el beneficio se potencia ese lado; sólo si el gasto es mayor a los beneficios es cuando se toman medidas drásticas. Es lo que hay.

Los beneficios priorizan ante cualquier variable y los Gobiernos lo permiten, pues las industrias generan empleo y reciben dividendos sustanciosos de todas ellas; por eso las “autoridades” se libran de limitarles y frenar sus ansias de seguir creciendo, en muchas ocasiones a costa de nuestra Salud.

El tabaco estuvo recomendado en los Estados Unidos por médicos como remedio contra la ansiedad a principios del siglo XX. Supuso enormes beneficios (y los sigue aportando) gracias a los impuestos de grabación recibidos por el Gobierno para engrosar sus arcas. Las medidas comenzaron a tomarse cuando los costes que ocasionó su elevado consumo (patologías respiratorias, tratamientos en consulta, medicamentos, hospitalizaciones, cáncer…) fueron superiores a los beneficios. Mientras tanto, oídos sordos a las advertencias de los verdaderos especialistas en Salud que se encargaban de advertir y advertir sobre sus nefastas consecuencias.

¿Y el azúcar? La verdadera droga “blanca” del siglo XXI. Es imposible luchar contra una industria tan poderosa. Se sabe lo que produce su uso exagerado y es que toda industria alimentaria la utiliza en mayor o menor medida, así que sin darte cuenta ya estás abusando de ella. ¿Medidas? Algunas sí, pero insuficientes. Una parte importante de la industria alimentaria continúa engañándonos, colocando etiquetas ilegibles en sus productos, equivocando al cliente con frases como “sin azúcares añadidos” (pero repletos de edulcorantes potencialmente dañinos), creando dudas al consumidor con coloridos pretenciosamente “saludables” y otros trucos fraudulentos que consiente nuestro Ministerio de Sanidad. Y esta línea sigue creciendo.

Un estudio publicado recientemente en el Reino Unido afirma que el consumo de azúcar por muy pequeño que sea puede hacer tanto daño en el hígado y en el cerebro en los niños como el alcohol en los adultos. Una parte importante de nuestros jóvenes padece de esteatosis hepática no alcohólica, enfermedad grave que a largo plazo puede derivar en una fibrosis hepática o en una cirrosis. Y a pesar de ello seguimos premiando con dulces los logros de los más desprotegidos y continuamos asociando cualquier celebración de nuestros hijos con mesas repletas de sándwiches, snacks, refrescos, chucherías, pasteles y tartas, que lo único que consiguen es hacerles creer que eso les da felicidad, algo que arrastrarán toda la vida y repetirán en los momentos donde sus mentes se debiliten. Así que, ante cualquier bajón emocional, recurrirán a ese “producto alimentario” que asociaban a la felicidad y que precisamente nosotros les incitábamos a consumir de forma constante. Ese es el verdadero origen del enganche a lo dulce, generado precisamente por nosotros, los adultos.

Mientras la OMS (Organización Mundial de la Salud) afirma que la alimentación de los niños españoles no es correcta, al reconocer que son los niños más obesos de Europa (ya tenemos algo en lo que somos los primeros, aunque no hemos de sentirnos orgullosos por ello). Está claro que no se tomarán medidas “serias” puesto que a medio plazo estos niños no suponen apenas gasto. Hasta hace unas décadas en España se recomendaba tomar ¡Quina San Clemente! para aumentar el apetito en los niños (Kinito se convirtió en uno de los personajes más populares de la televisión del momento). Se crearon viñetas en las que se podía ver como Kinito lograba una fuerza sobrenatural tomando un poco de Quina San Clemente que contenía un 15% de alcohol. El mismísimo Francisco Ibáñez, dibujante de Mortadelo y Filemón, fue el encargado de dibujar estas historietas infantiles. Se potenció de esta forma su consumo en los más jóvenes, engañando de diversas maneras a los consumidores sobre las excelencias de esta bebida “apetitosa y saludable”.

Economía, nutrición y salud

Que los mares están súper contaminados ya lo sabemos. Que hay millones de toneladas de plástico, también. Pero no se hará prácticamente nada hasta que los costes de eliminarlos produzcan unos beneficios superiores a los daños que ya se sabe están ocasionando en la flora y en la fauna de todos los océanos del planeta. Esto ocurre siempre. Todos hemos oído casos de alguna industria farmacéutica que, a pesar de ser conocedora de los graves efectos secundarios de uno o varios de sus fármacos, hizo la vista gorda a estudios internos de investigación puesto que las pérdidas ocasionadas por las retiradas de esos fármacos eran más que cuantiosas y los beneficios económicos eran sumamente golosos. Un ejemplo de cómo las acciones económicas priorizan sobre la salud.

A nuestros pequeños se les incita a desayunar cualquier cosa con tal de que se vayan con algo de comida a la escuela y generalmente desayunan algo muy dulce con harina refinada y grasa (disfrazado en un producto atractivo para ellos), que consumen a primera hora de la mañana. Una parte de la industria alimentaria, más preocupada por las ventas que de las verdaderas recomendaciones sanitarias, no para de inventar e inventar productos para el desayuno de los más peques, que se alejan de lo que es un modelo nutricional sano y lo peor de todo es que no educan y adicionan.

No podemos dejar en manos de quienes nos gobiernan un cambio en este sentido. Somos cada uno de nosotros los que, con nuestra formación y aplicando una pequeña dosis de sentido común, debemos de iniciar tal cambio y, a ser posible, desde la primera entrada de alimentos, que es “el desayuno”. Puesto que lo peor que podemos darles para desayunar son estas porquerías alimentarias que, a medio plazo, les van desvitalizando. Más calidad es lo que propongo, ya que es mejor ir en ayunas que repletos de dulces y grasas saturadas, que lo único que hacen es inflamar y aplatanar.

El exceso de azúcares en nuestros peques a primera hora de la mañana activan sus páncreas de forma brusca repercutiendo negativamente en su rendimiento escolar (quizá los informes PISA y los informes sobre obesidad tengan una relación directa). Mucho mejor sería un desayuno con baja carga glucémica y al mismo tiempo más nutritivo. El problema es que no se dispone de tiempo o, mejor dicho, de ganas de hacerlos. Se va a lo fácil o no se tienen ideas por falta de cultura gastronómica. Yogurt natural con almendras o nueces, tortillas de varios tipos, pan integral con jamón y tomate natural, aguacate con atún y semillas, lomo con pimientos, cremas de avena, yogurt con muesli sin azúcares añadidos, fruta con cuajada, licuados vegetales… ¿Seguimos?

Se colocan estratégicamente productos “insanos” para niños en los supermercados, que provocan ansiedad en gran parte de ellos y ante las rabietas producidas los padres terminan cediendo y adquiriendo tales productos, que en un principio los niños no tenían ni la más remota intención de adquirir. Nos hablan de “políticas sanitarias” en un país donde la tasa de obesidad infantil es la mayor de Europa y se permite lo que se permite. Una medida sería prohibir toda aquélla maniobra que potencie la venta de productos repletos de azúcares, grasas de baja calidad, aromas, colorantes y otros químicos que lo que hacen es Educar en la línea Incorrecta. Se sabe que a mayor consumo de azúcar hay más riesgo de obesidad y de otras patologías. Según la OMS, no se deben tomar más de 17 gramos de azúcares añadidos en un niño y se estima que los niños españoles casi quintuplican esta cifra. Azúcares que están en todos los productos con que se les “premia” (embutidos, refrescos, snacks, chucherías, pizzas, panes de hamburguesa, “cereales” enriquecidos, yogures de colores, productos lácteos golosos que asocian con el crecimiento y otros tantos alimentos infantiles que están en el mercado y se supone que son “saludables” a la vista de una parte importante de la población engañada por el marketing, la publicidad y las recomendaciones de asociaciones sanitarias manipuladas). Y es así como hemos llegado a ocupar la primera posición Europea en Obesidad Infantil.

Y debemos también saber que el 80 % de los hombres y el 55 % de las mujeres presentarán obesidad o sobrepeso en año 2030 en España, según un estudio elaborado por investigadores del Instituto Hospital del Mar de Investigaciones Médicas (IMIM). En el año 2016 había en España unos 24 millones de personas adultas con exceso de peso (el 70 % de los hombres y el 50 % de las mujeres de más de 16 años). De mantenerse esta tendencia, en el año 2030 esta cifra se incrementará en unos 3 millones de personas. Si en 2016 el sobrecoste directo del sistema sanitario español para atender los problemas de salud derivados del sobrepeso fue de 1.950 millones de euros (2 % del presupuesto en Sanidad) y se mantiene la tendencia actual, pueden llegar a superar los 3.000 millones en el año 2030, superando los 27 millones de personas, afectando al 80 % de los hombres y al 55 % de las mujeres de esta franja de edad.

El investigador principal de este estudio y director del Programa de Epidemiología y Salud Pública del IMIM, Jaume Marrugat, afirma que “el estudio ilustra, con poco margen de error, la importancia de iniciar cuanto antes mejor, el máximo esfuerzo en revertir y prevenir futuras recurrencias de la creciente epidemia de sobrepeso y obesidad en nuestra sociedad. Es la única manera de reducir los enormes costes sociales, sanitarios y económicos que emergerán en los próximos años".

¿Es la Economía lo que realmente preocupa? ¿Los gastos sanitarios? Parece ser que sí, como siempre. Las medidas se toman cuando la balanza de los gastos pesa más que la de los beneficios. Una vergüenza en primer lugar por la falta de preocupación hacia una medicina preventiva y en segundo lugar por lo poco que sabemos en materia de Alimentación “de la verdadera, de la no manipulada por intereses comerciales”.

No hay una concienciación real al problema. Parece que se toman medidas pero, como expliqué antes, no funcionan. Si a día de hoy en los Hospitales continúan dando “Dietas Especiales” a pacientes “desnutridos” a los que se les acaba de retirar una sonda nasogástrica, del estilo de la foto de la izquierda de abajo y a pacientes “diabéticos tipo 1” del estilo de la de la derecha, pues poco podemos hacer. Si los que más deberían saber de Salud y tienen el conocimiento para mejorar la calidad de vida de nuestros enfermos permiten esto, mal vamos.

Economía, nutrición y salud

No todos responden del mismo modo ante un mismo sistema nutricional, pero está claro que la alimentación que consume gran parte del planeta se aleja muchísimo del modelo nutricional para el que está diseñado el ser humano. El estilo de vida, la composición corporal, el estado energético, la variabilidad individual, el entorno cultural y la tolerancia a los diferentes alimentos y macronutrientes justifican la obligada necesidad de verdaderos profesionales de la Salud y de la Dietética alejados de toda influencia social, industrial y económica que ajusten las dietas y personalicen la alimentación.

La nutrición que propongo es más cara que comer comida basura. Por supuesto. No es lo mismo desayunar dos yogures naturales con semillas y nueces que unas galletas con mermelada, ni unos aguacates con anchoa que un croissant con margarina, ni es lo mismo comer una menestra de verduras con bonito que una hamburguesa con patatas fritas y un refresco azulado, ni es lo mismo cenar unas alcachofas con una sepia que una pizza industrial, ni es lo mismo tomar un vino hecho con polvos químicos que uno realizado con uvas de calidad y elaborado con paciencia y con esmero. ¿Qué se puede hacer ante tal encarecimiento? Por parte del Gobierno abaratar aquellos alimentos que considera saludables y penalizar de algún modo los que considera perjudiciales, puesto que visto cómo vamos, las medidas tomadas hasta el momento han sido suaves, ridículas y altamente ineficaces.

Así que quienes somos padres y educadores tenemos una responsabilidad, puesto que ante la pasividad de quienes tienen el poder, algo debemos hacer. No hay herramienta única pero lo que está claro que lo que sí funciona es el “cambio de hábitos”. Pero para ello se requiere un cambio de mentalidad, estar todos unidos e insistir e insistir.

Si yo quiero que mi hijo coma “sano” lo transmitiré con el ejemplo, ese es el primer paso como padre. Deberé adquirir aquéllos alimentos que pretendo “como adulto formado” que ellos consuman y les implicaré en el carro de la compra, para que vayan recibiendo una Educación Nutricional temprana. ¿Lo veis claro?

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La confusión generada por la industria es tan grande que ya no sabemos ni lo que tenemos que beber. Las empresas de este sector, la publicidad, los anuncios televisivos y las estrategias de los mercados ya se encargan de alterar los gustos de nuestros más peques, creando adicciones que mejoran las ventas, los ingresos y al mismo tiempo patologías en jóvenes que antes sólo eran típicas de población muy adulta.

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En apenas cinco décadas hemos incorporado cientos de productos alimentarios que muchos cuerpos no toleran y una parte importante de la población todavía no se ha adaptado a ellos. Estos inventos recientes (azúcares, harinas refinadas, grasas desnaturalizadas e hidrogenadas, carnes procesadas, jarabes de glucosa, bebidas repletas de aditivos químicos y una larga lista que terminaría por aburrir al lector), no aportan beneficios y representan un peligro a medio plazo en nuestra salud.

El ser humano debería aprender más sobre la verdadera Nutrición Humana, de dónde viene y hacia dónde va y si en ese largo camino la gran desviación alimentaria le está afectando en mayor o menor medida. No todos soportamos tanto como creemos.

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No existe una dieta óptima para todos, pero está claro que hay sistemas nutricionales más saludables que otros y como ya mencioné anteriormente deben adaptarse a la edad, al estilo de vida, al entorno cultural, a la tolerancia a los diferentes macronutrientes, a la variabilidad genética y a la composición corporal de cada sujeto. Uno debe reflexionar más y eliminar ciertos dogmas que llevan mal funcionando varias décadas. Si enseña NUTRICIÓN deberá predicar con el ejemplo SIEMPRE, deberá estar abierto a las nuevas tendencias, deberá escuchar más y criticar menos, no se dejará manipular nunca (ni por intereses económicos, ni por los derivados de la industria alimentaria, ni por los que continúan anclados de su pasado familiar), deberá leer a otros profesionales que no sean sólo sus propios colegas y deberá usar más el sentido común.

Sé que seré criticado por no seguir los patrones convencionales “pseudocientíficos” que marcan las guías nutricionales y por no cumplir con los contenidos educativos de una gran parte de las Facultades Universitarias y también soy consciente de que con cada artículo que escribo tropiezo con una serie de barreras y de intereses que son muy difíciles de traspasar. Pero a través de la comunicación me quedo más tranquilo cuando hago lo que debo hacer y digo lo que tengo que decir, sin pelos en la lengua. Mientras la Economía dirija el mundo y los beneficios superen los gastos para remediar los males causados, seguiremos en esta línea de despropósitos. Poco o casi nada se puede hacer, aunque un pequeño porcentaje de “educadores-nutricionistas-preparadores” como yo, trataremos de informar a través de cualquier medio de lo que esto supone para la Salud. Si ser coherente es ser polémico, no os preocupéis, lo seguiré siendo.

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