Pasillo de Tour en Larrau
Tres millares de aficionados se dieron cita en los últimos dos kilómetros del temible Larrau. Fue una espera de horas, un goce de pocos minutos. Tan intensos como inolvidables


Publicado el 10/09/2023 a las 06:00
El ciclismo a pie de carretera son momentos. Cápsulas de pocos minutos en la que se concentran sonidos, imágenes, olores con una gran intensidad. El paso de la Vuelta por Larrau fueron unos 40 intensos minutos consumidos en media docena de sorbos de gustos diferentes; tantos como grupos en los que se fraccionó el pelotón en la pared del paso fronterizo.
Pero, como es natural, todo tuvo su preparación. Los cerca de 3.000 aficionados procedentes de todos los puntos del país, desde Euskadi hasta Valencia, llegaron de forma escalonado. Muchos en autocaravanas que, de forma perfectamente organizada por la Policía Foral, ocuparon los espacios de aparcamiento junto a la cima de Larrau. 115 vehículos entre caravanas, camperizadas y coches. “Ha estado muy bien organizado. Había sitio para todos, y la noche ha sido muy tranquila”, comentaba Javier Ruiz de Larrínaga, ex ciclista de ciclocross, que estaba acampado junto a la pancarta del alto. Por la mañana hemos aprovechado y hemos subido al Any”.
Y quienes no pernoctaron en su caravana, subieron temprano desde Ochagavía en bicicleta. Fueron cientos, de todas las comunidades autónomas. Primero ascendían la vertiente navarra. Luego, los más animados, bajaban hasta Larrau pueblo, para enfrentarse al coloso pirenaico. El tiempo acompañaba. El sol lucía con esplendor en un cielo raso, el mercurio osciló entre los 27 y los 30 grados. “Esto es una maravilla, la pena es que aquí no haya un barico”, decía un aficionado.
EL MURMULLO, LAS CARAS
Y a partir de ahí una cuenta atrás imparable. Sin apenas cobertura, las noticias llegaban con cuentagotas. “Evenepoel escapado” corría de boca en boca. Desede la cima de Larrau se ve el collado Erroymendi, mitad de puerto. Y alas 16:07 irrumpió de fondo el taca-taca-taca-taca del helicóptero. Los dos mil espectadores se agoparon a los dos lados de la carretera con sus banderas, maillots y pancartas. Entonces llegó el momento. Se oyó el zumbido de las motos. Luego los claxons de las decenas de coches de la organización. Y como una ola primero un murmullo que avanzaba a la par de los escapados. “Remco-Remco-Remco” mezclado con aplausos, gritos, el deslizar de las ruedas en el rugoso asfalto de Larrau. El clac-clac del cambio con el que Evenepoel se despegó de Bardet para puntuar, emulando a Chente y Verdugo en el Tour de 2007 cuando pelearon por coronar primero y por un queso. Y luego un rosario. Los dolorosos. La cara desencajada, sudorosa, consumida de Juanpe López por tratar de coger a los de cabeza. Las babas de esfuerzo de Castroviejo. Los misterios gloriosos. El paso militari de los Jumbos. Kelderman, Valter, Vingegaard, Kuss, Roglic en el grupo de favoritos. “Mira qué piernas, si están consumidos”. Y los misterios luminosos. Los del resto del pelotón, al que todo el mundo animaba por igual, para los que pasar Larrau fue como quitarse la piedra grande de la mochila. Empujados por aquel pasillo humano, tipo Tour, todo era más fácil.



