Televisión

Los pobres niños de ahora no tienen una Valentina

Fernando Hernández
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Fernando Hernández

Publicado el 22/11/2024 a las 17:57

Mi abuelo me llamaba don Pantallo. Yo llegaba a casa y encendía la televisión, o, si ya la estaban viendo, me sentaba o me ponía delante de la pantalla (en cierto modo, era un adelantado a su tiempo). Mi generación, la que iba a quinto de EGB cuando se murió Franco, es la primera en la que había televisión en casi todas las casas. Por supuesto, en blanco y negro, porque entonces corría el año 74, y yo vi en blanco y negro el Mundial de Alemania. Pero el de Argentina ya era en color. Y es que de los diez a los catorce años se crece mucho.

Ponía la televisión para ver Los chiripitifláuticos y quedarme embobado cuando Locomotoro se dejaba caer hacia adelante mientras tenía los pies pegados en el suelo; para ver al Capitán Tan, que en sus viajes por todo lo largo y ancho de este mundo vio a un gato siamés ronroneando en inglés, y decía que “un capitán no puede a la escuela faltar, ni hacer mal los deberes, porque se va a pasear”. Y todos queríamos ser capitán.

Fallece Félix Casas, el capitan Tan de los 'Chiripitifláuticos'
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De izquierda a derecha, el tío Aquiles, el capitán Tan, Valentina, Óscar Banegas, creador del programa, y  LocomotoroCEDIDA
Fallece Félix Casas, el capitan Tan de los 'Chiripitifláuticos'

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Tenía un disco de Valentina, un disco de muchos colorines; lo guardaba junto al de Capitán de Madera, de “La Pandilla”, con una canción quejumbrosa que decía “me duelen las muelas”. El Tío Aquiles cantaba aquello de Había una vez un barquito chiquitito, en dura competencia con El brujito de Gulubú, de Rosa León. Y no es que los Hermanos Malasombra fueran más malos que la quina, como presumían. En realidad, encarnaban a los adultos, y por eso se atrevían a decir que “Valentina es la sabionda; es un pelma el capitán; y al chalado del tío Aquiles no podemos aguantar”.

Kiko Ledgard presentaba un programa los sábados por la mañana desde el Parque de Atracciones de Madrid. Torrebruno era una presencia constante en nuestras vidas; la última vez que le vi aparecía, como una pesadilla, en Los peores años de nuestra vida. Había, creo que antes de todo esto, unos dibujos animados de un corredor de coches que se llamaba Meteoro. El oso Yogui hablaba en verso, no había cristiano que entendiera al Pato Donald (apuesto a que pasaron algún episodio en inglés sin que nos enterásemos) y todos los niños nos aterrorizábamos cuando aparecía la carátula de los dibujos animados europeos, porque no nos gustaban nada, aunque supongo que su falta de acción y su dibujo deslavazado entusiasmaban a los pedagogos. Por lo menos tuvieron la virtud de hacernos saber que en algunos idiomas eslavos “fin” se dice “konec”, o algo parecido. Después llegaron Heidi y Mazinger Z, las versiones “light” y “heavy” de los dibujos animados japoneses.

'Miliki' se acerca al público adulto con  '30 cuentos y medio'
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Gabi abraza a Fofito, Miliki y MilikitoArchivo
'Miliki' se acerca al público adulto con  '30 cuentos y medio'

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El antihéroe por excelencia se llamaba Chinarro, un pobre hombre que aparecía en la aventura de los payasos. Gaby, Fofó y Miliki nos enseñaron a reírnos de nuestra sombra. La muerte de Fofó solo compitió a la hora de llenar de dolor nuestros corazones con la de Félix Rodríguez de la Fuente.

Un periodista que se llama Pedro Meyer presentaba La casa del reloj. Ahora, como entonces, tiene barba, pero ya no presenta programas infantiles, sino que fue el responsable, tras ser portavoz del Ministerio de Defensa, de España a las 8, de Radio Nacional.

Rock Hudson y Susan Saint James en 'MacMillan y esposa'
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Rock Hudson y Susan Saint James en 'MacMillan y esposa'
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Nuestro zoológico. El perro era Lassie; el delfín, Flipper; el caballo, Furia; el canguro, Skippy. Michael Douglas no conocía a Sharon Stone y era el joven policía (el viejo era Karl Malden) de Las calles de San Francisco. Toda una Yvonne de Carlo —hasta el nombre, ahora lo sé, es hermoso— era la madre de La familia Monster. Y en Televisión Española, que no era un ente público, a veces se les olvidaba quitar la careta de la NBC Mystery Movie antes de echar un episodio de Columbo, McCloud, Banacek o McMillan y esposa. Los cuatro protagonistas —Peter Falk, Denis Weaver, George Peppard y Rock Hudson—, están muertos.

María Luisa Seco se encargaba de Un globo, dos globos, tres globos y regalaba un extraño aparato llamado “comediscos”, una especie de tocadiscos portátil para oír singles, que supongo que tomaba su nombre de que los destrozaba. Un claro precursor del “walkman”. Un cáncer se la llevó hace ya muchos años.

Albert Boadella, un Ulises setentero en 'La Odisea' de Els Joglars
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Albert Boadella, un Ulises setentero en 'La Odisea' de Els Joglars
Albert Boadella, un Ulises setentero en 'La Odisea' de Els Joglars

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Un globo… era una especie de cajón de sastre donde cabía todo, desde una versión escenificada de La Odisea, hecha por Els Joglars, hasta Barrio Sésamo. El monstruo de Sánchezstein, feo como el de Frankenstein pero hispánicamente paticorto, hizo popular la frase “Luis Ricardo, cantidubidubidubi, cantidubidubidá, ¡ya!”. Pepe Carabias, un hombre que procedía del mundo del doblaje, terminó presentando una especie de concurso que se llamaba Lápiz y papel, y del que no me queda más recuerdo que lo de “adjunto, sirena y ¡puerta!”.

Daniel Vindel presentaba Cesta y puntos y, más tarde, Torneo, en el que siempre ganaba el colegio Tajamar, de Madrid. Le perdí la pista hasta que se dedicó a transmitir, hace unos años, las carreras de caballos. Gritaba tanto como en sus buenos tiempos.

Los once vehículos participantes en la carrera de 'Autos locos'
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Los once vehículos participantes en la carrera de 'Autos locos'
Los once vehículos participantes en la carrera de 'Autos locos'

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Y estaban Vickie el vikingo; Pierre Nodoyuna, Patán, Pedro Bello y Penélope Glamour en Los autos locos; la Operación Plus Ultra (ensayo ibérico anticipado de los reality shows); La casa de la pradera, El virginiano, Bonanza y El hombre del rifle.

LA DICTADURA CRUEL DE LOS DOS ROMBOS

Telly Savallas era Kojak
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Telly Savallas era Kojak
Telly Savallas era Kojak

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Conforme crecíamos, contra lo que nos queríamos rebelar era contra la dictadura de los rombos. Un rombo, mayores de 14 años. Dos rombos, mayores de 18. Había que ver como fuera Kung Fu, Kojak, Starsky y Hutch; después, Los hombres de Harrelson (“¡T.J., al tejado!” y T.J. se subía, daba la vuelta a su gorra y apuntaba con su fusil de mira telescópica). Y yo paseaba por delante de la televisión o intentaba distraer la atención de mis padres mientras aparecían los rombos, para que no se dieran cuenta y me mandasen a la cama. Pero algún responsable de la televisión debía conocer mis maniobras y hacía que los rombos volvieran a salir mediado el programa, o —lo que era el colmo de la traición— que una voz en off recordase que el programa no era apto.

Los rombos te obligaban a ver cosas tan incomprensibles para un niño —para un niño de entonces— como La señora García se confiesa. Pero por lo que no transigíamos era por ver La saga de los Rius, Los ríos o Raíces, un programa sobre folclore cuya sintonía de presentación, que comenzaba con el rascar de una lima sobre una botella de anís, era suficiente para lanzarse hacia la televisión (el mando a distancia estaba todavía en las mesas de diseño) y cambiar de cadena.

Pero solo se podía cambiar de una cadena a la otra, a la segunda cadena, conocida entonces como el UHF. Con solo dos programas, todos los niños hablábamos de la misma televisión. Era una forma de identificarse, de vivir una misma niñez. Hoy, haciendo zapping, los niños pueden elegir entre una docena de canales dedicados a la programación infantil, sin contar con lo que pueden ver en un móvil o una tablet.

Yo no sé si los niños ven ahora más televisión que antes. Al fin y al cabo, era a mí al que me llamaban don Pantallo. Pero tengo la intuición de que, dentro de veinte años, no se acordarán de muchas series; no tararearán las sintonías de los programas o, incluso, las músicas de los anuncios; y, sobre todo, no esbozarán esa sonrisa, a medio camino entre la complicidad y el agradecimiento, que he visto en la cara de los amigos a quienes les he dicho que Valentina se jubilaba.

Y es que ellos, pobres, que creen dominar la televisión con su mando a distancia, no han tenido una Valentina

Este artículo se publicó en una primera versión en enero de 1995.

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