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Historia y cine

Navarra, campo de batalla: la 'Alianza Rebelde' romana contra el Dictador Sila 'Palpatine'

El descubrimiento de un importante yacimiento romano entre Jaca y Lumbier, a orillas del río Aragón, muestra la importancia que tuvo esta zona para Roma

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Vista actual de Cascante desde la basílica de la Virgen del Romero. La antigua Cascantum fue arrasada durante las guerras sertorianasZarateman
Actualizado el 27/10/2022 a las 20:53
El descubrimiento de un importante yacimiento romano entre Jaca y Lumbier, a orillas del río Aragón, vuelve a poner de manifiesto la trascendencia que tuvo para Roma esta zona a caballo entre las actuales Navarra y Aragón. Los restos encontrados a escasos diez kilómetros de la muga con la Comunidad foral, en el término de Artieda, han sido fechados por los arqueólogos en época Imperial, alrededor del siglo I d.C., pero en este artículo vamos a viajar un poco más lejos en el tiempo y a recrear -con un guiño a 'La Guerra de las Galaxias'- el que pudo ser el momento clave en el que los romanos se dieron cuenta del valor estratégico del corredor natural que une los Pirineos con el Ebro.
En una galaxia muy, muy cercana, pero en un tiempo lejano (siglo I a.C.), una alianza rebelde desafiaba desde los recónditos confines de la Península Ibérica a las todopoderosas fuerzas del Dictador romano Lucio Sila. El jefe de la rebelión era Quinto "Luke Skywalker" Sertorio, sobrino y "padawan" de un antiguo héroe de la República, Cayo "Obi Wan" Mario, que precisamente había sido derrotado en el pasado por Sila "Palpatine". El drama familiar y político estaba servido, con el control del Estado romano como telón de fondo.
Así como en La Guerra de las Galaxias vemos cómo el Senado Galáctico está amenazado por las ambiciones de uno de sus senadores -Palpatine-, de manera análoga la República romana se deslizaba hacia su final debido al creciente poder de sus "espadones", desde Mario y Sila hasta Pompeyo y, finalmente, Julio César.
La leyenda recuerda a Sertorio como defensor de la República frente a aquella amenaza protoimperial, aunque seguramente la realidad fuera mucho más compleja. Sea como fuere, las bases principales del rebelde estaban ubicadas en las estratégicas Ilerda (Lérida), Osca (Huesca) y Calagurris (Calahorra), con un pie en las estribaciones pirenaicas y otro en el Ebro, de manera que controlar el territorio que unía aquellas tres ciudades era fundamental para Sertorio... y también para Roma.
Sertorio jugó la carta del acercamiento a los nativos: fundó en Osca un centro de estudios para los locales, una Academia de Latinidad, que era toda una declaración de intenciones (la actual universidad de Huesca luce con orgullo el sobrenombre de "sertoriana" en recuerdo de aquella lejana precursora). Además, según Frontino, se ganaba la fidelidad de los soldados más crédulos presentándose ante ellos acompañado por una cierva blanca, a la que se le atribuían poderes proféticos.
Con Osca como centro irradiador, la influencia de Sertorio se extendió por la península y las tribus los se aliaron con él o contra él. Los vascones, por ejemplo, se decantaron por Roma. El historiador Tito Livio sitúa a Sertorio en el año 77 a.C. en campaña por el sur de la actual Navarra, cruzando Bursau (Borja) y Gracurris (Alfaro) de camino hacia Calagurris y la tierra de los berones. Fue entonces cuando debió atacar y arrasar Cascantum (Cascante)
Roma, muerto Sila en el 78 a.C., seguía empeñada en vencer a Sertorio. Lucio "Tarkin" Metelo, el primer procónsul que habían enviado para derrotarle, fracasó en su intento. Así que un nuevo legado, un protegido de Sila, fue destinado a la península a través de los Pirineos: aquel hombre era Cneo "Vader" Pompeyo. Con él llegaron las victorias para Roma, en una larga contienda en la que primaron los movimientos y los asedios por encima de las batallas campales. En este contexto, Pompeyo fundó Pamplona en un lugar absolutamente estratégico desde el que podía amenazar la conexión de Osca con el Ebro y con las tribus celtíberas del interior de la península.
Cuando la contienda se les complicó a los rebeldes, los colaboradores más estrechos de Sertorio decidieron quitárselo de en medio. Organizaron un banquete en Osca para agasajarle y, en lugar de eso, le envenenaron. Era el año 72 a.C. Ya sin Sertorio, la alianza todavía combatió durate unos meses, hasta que finalmente fue derrotada por Pompeyo y sus líderes, ejecutados. 
Así acabaron las guerras sertorianas, dejando como legado en el norte de la Península Ibérica un redoblado control de Roma y, quizá, la conciencia en la Ciudad Eterna de la importancia establecerse con firmeza en aquellas tierras. A la fuerza debieron aprender que, si bien no tenían las riquezas minerales de Sierra Morena o los montes de León ni la exhuberancia agrícola de las colonias del sur, podían convertirse en un incómodo campo de batalla en caso de que la llama de la rebelión volviera a flamear.
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