Tribuna histórica
Pepita Úriz y la libertad de cátedra
Hace ahora cien años, 400 intelectuales se solidarizaron en un manifiesto con la pedagoga de Badostáin y protagonizaron la primera campaña por la libertad de cátedra. Se debatió su expediente en las Cortes y provocó la dimisión del ministro de Instrucción Pública


Publicado el 23/03/2022 a las 18:37
Hace ahora justo un siglo, en marzo de 1922, tuvo lugar la primera gran campaña por la libertad de cátedra en España, tras un escándalo mediático al que siguió otro político en las Cortes con intervención de destacados parlamentarios, como Melquiades Álvarez, Julián Besteiro o Indalecio Prieto, para, finalmente, culminar con la dimisión del ministro de Educación, César Silió.
Lo curioso del caso es que esa campaña por la libertad de cátedra giraba en torno a una profesora navarra, Josefa Úriz, nacida en Badostáin, pedagoga progresista que daba clases en la Escuela de Magisterio Femenina de Lérida, que fue expedientada por aplicar métodos pedagógicos “revolucionarios” que se consideraron contrarios a la moral. El expediente, iniciado el 21 de noviembre de 1921 por la Universidad de Barcelona, provocó un amplio movimiento de solidaridad desde el momento en que Miguel Unamuno y otras figuras de igual relieve cultural impulsaron el manifiesto “Un atentado a la libertad de cátedra”, que sería rubricado por cerca de 400 firmas.
Entre estasfirmas, destacaban, además de la del propio Unamuno, la del poeta Antonio Machado, el Nobel Ramón y Cajal, el filólogo Menéndez Pidal, los pedagogos Hermenegildo Giner de los Ríos y Fernando de los Ríos, Américo Castro, Luis de Zulueta, el diplomático Pablo Azcárate y los políticos ya citados, Julián Besteiro y Melquiades Álvarez.
El manifiesto, que lleva inicialmente la fecha de 25 de febrero, fue publicado al día siguiente por el periódico El Imparcial, al que siguieron el 28 los diarios El Sol, de gran incidencia pública entonces, y La Libertad, sumándose otros rotativos sucesivamente a medida que aumentaba la lista de firmantes. Por ejemplo, El Pueblo de Cádiz lo sacó en portada el 3 de marzo y la revista España lo insertó el 1 de abril, el día en que el ministro de Instrucción Pública presentaba su renuncia al cargo.
UN LIBRO, EL DETONANTE
El origen del escándalo hay que situarlo en el traslado de Josefa Úriz a Lérida desde la Escuela Normal de Gerona, donde, junto a su hermana Elisa, también navarra, había comenzado a aplicar los métodos de pedagogía moderna que se abrían paso por buena parte de Europa. Cuando Pepita, como era familiarmente conocida, intenta hacer lo mismo en la escuela de Magisterio ilerdense, se topa con una dirección y un profesorado todavía anclados en formas tradicionales y moralistas de enseñanza.
Sus clases no tardarán en ser cuestionadas, sobre todo las lecturas que propone a las futuras maestras, pero la gota que colma el vaso es el libro que Margarita Nelken acababa de publicar bajo el título 'La condición social de la mujer en España', donde trata el tema de la prostitución y se propugnaba un mayor conocimiento de la sexualidad y control del cuerpo por parte de la mujer.
Acusada de atentar contra la moral católica, Pepita será denunciada por el obispo de Lérida, Josep Miralles, ante la Universidad de Barcelona, ordenando el rector, Valentí Carulla, la apertura del expediente. Inmediatamente, estalla un choque entre dos periódicos locales, uno a favor y otro en contra. Pero el escándalo no tardará en saltar las fronteras de Lérida y convertirse en un asunto nacional, surgiendo así el manifiesto de los intelectuales y la creación de una Comisión para la Defensa de la Libertad de Cátedra.
Más sobre las hermanas Úriz

No era la primera vez que el derecho de los profesores, científicos, investigadores o historiadores a defender con plena libertad sus posiciones sin la interferencia de los poderes públicos o fácticos, pero sí era la primera vez en que las protestas alcanzaban la magnitud de una campaña nacional, secundada al mismo tiempo y públicamente por cientos de académicos, profesores, escritores, artistas y políticos.
Ya en 1868 se habían producido incidentes por este motivo. En 1875 serían apartados de sus cátedras Francisco Giner de los Ríos, Nicolás Salmerón, Emilio Castelar, Gumersindo Azcárate y Segismundo Moret, hecho que desencadenaría el surgimiento de la Institución Libre de Enseñanza, que tanta influencia tendría en la cultura española. Hasta el propio Unamuno sería denunciado el año 1903 cuando ya se encontraba dando clases en la Universidad de Salamanca.
UN MANIFIESTO
El manifiesto “por la libertad de cátedra” y en solidaridad con la profesora Úriz tenía el formato de una carta remitida al ministro de Instrucción Pública, protestando por la intervención del Obispado en los asuntos públicos y recordando a César Silió que la pedagoga navarra había sido denunciada por “recomendar libros cuyas doctrinas, a juicio del prelado, eran detestables, disolventes y perniciosas”. Según los firmantes, nadie, ni siquiera los obispos podían obstaculizar “bajo ningún concepto el libre desarrollo del estudio ni fijar a la actividad del profesor otros límites que los que señala el derecho común a todos los ciudadanos”. Para ellos, el ambiguo artículo 11 de la Constitución de 1876 se había interpretado en el sentido más restrictivo, mientras que los detractores de la profesora, incluido el propio Gobierno, hacían valer la parte de ese apartado constitucional en la que se establecía que “nadie será molestado por sus opiniones religiosas, salvo el respeto a la moral cristiana”.
El 22 de marzo, el diputado Augusto Barcia, del Partido Reformista, lleva el caso de la profesora Úriz a las Cortes, contando con el apoyo de Eduardo Ortega y Gasset, hermano del famoso filósofo, de los liberales Eduardo Vincenti y Joaquín Saltavella, que había sido ministro de Educación con Romanones, del también reformista Melquiades Álvarez y de los socialistas Indalecio Prieto y Julián Besteiro. Todos ellos, en mayor o menor grado, defienden la libertad de cátedra y rechazan que, en base al artículo 11 de la Constitución, la Iglesia pueda inmiscuirse en cuestiones de la enseñanza pública. Frente a ellos se encuentra la Asociación Nacional de Padres de Familia, para la que “la libertad de cátedra debiera estar siempre subordinada a la moralidad”, 'El Debate', órgano de la Asociación Nacional Católica de Propagandistas, y el periódico integrista 'El Siglo Futuro'.
Las intervenciones en las Cortes se reproducen el 24 y el 31 de marzo, cuando el ministro de Instrucción Pública, en el centro de la polémica, termina por tirar la toalla, dejando sin resolver el expediente, que, en la práctica, queda sobreseído. Habrá que esperar a la Dictadura de Primo de Rivera para que la Universidad de Barcelona se atreva a reabrirlo, siendo finalmente sancionada Pepita Úriz en 1925 con un mes sin empleo ni sueldo, prohibiéndole acercarse a la Escuela Normal Femenina de Lérida.
La sanción volverá a provocar una nueva campaña de solidaridad con la navarra, ahora fundamentalmente en el ámbito universitario y entre el profesorado, interviniendo en la misma la socialista Margarita Nelken y varias logías de la Masonería, que se encargarán de recaudar el dinero suficiente para abonar a la profesora las doce mensualidades que le habían retirado.
Seis años después, con la instauración de la II República, Pepita Úriz sería nombrada directora de la Escuela de Magisterio que tantos problemas le había creado, una vez que, por decisión republicana, se unificaran las escuelas normales masculina y femenina. Fue entonces cuando Pepita Úriz pudo desarrollar los métodos pedagógicos modernos que había conocido en sus viajes a Francia, Suiza e Italia, donde entró en contacto con las teorías de María Montessori. Las Misiones Pedagógicas en las zonas más atrasadas del Pirineo ilerdense y la creación del grupo Batec para difundir la metodología Freinet fueron las principales iniciativas que impulsó desde su nuevo cargo, adelantándose así en medio siglo a los avances pedagógicos que guían la enseñanza en la actualidad.
Pepita Úriz, la pedagoga navarra por la que hace ahora un siglo se promovió la primera gran campaña por la libertad de cátedra, asumió cargos de gran responsabilidad en la retaguardia durante la Guerra Civil, luchó en la Resistencia Francesa contra la ocupación nazi y murió en el exilio berlinés el año 1958, sin poder regresar a su Badostáin natal, pequeña localidad próxima al Parque de las Pioneras, en el que tanto ella como su hermana Elisa, precursora igualmente de la moderna pedagogía, son las grandes ausentes.