David Rubín: “El truco es crear sin miedo”
No quiere que la exposición en Condestable que recorre los quince años de su carrera sirva solo para conocer su trayectoria profesional. Además, quiere demostrar “que es posible perseguir sueños y alcanzarlos”


Publicado el 04/09/2021 a las 06:00
Las paredes de la primera planta del Palacio de Condestable están repletas de las ilustraciones de David Rubín. Repletas porque son 284 piezas y forman la exposición más amplia mostrada por el Salón del Cómic de Navarra hasta ahora. Sacrificio y ascensión. Quince años de cómics de David Rubín recorre las diferentes etapas, influencias y series, de sus primeros trabajos en Galicia hasta los últimos en el mercado americano. En esas paredes Rubín encontró el viernes un hueco e hizo un regalo: verle dibujar en directo. Dejó un superhéroe, como homenaje a Jack Kirby, el dibujante de superhéroes por antonomasia. “El único dios que merece mi credo es J.Kirby”, dice el de Rubín. Este sábado firmará ejemplares en librería TBO de Pamplona (12 h.).
En los doce años del Salón del Cómic, su exposición es la más amplia de la historia. ¿Qué ha hecho para merecer esto?
[ríe] Necesitaba que fuera amplia porque no se centra en una obra o en una época concreta de mi trabajo, sino que es un repaso por toda mi carrera, desde trabajos para fanzines y pequeñas publicaciones, donde se pueden ver, de un solo plumazo, las distintas fases evolutivas y procesos de trabajo, cómo voy cambiando el modo de enfrentarme a la página obra a obra, año a año. Es un recorrido vital, laboral y estilístico.
Recorrido vital. El título de la exposición, Sacrificio y ascensión, ¿lo puso usted?
Sí. Ganarme la vida con lo que he soñado desde que era niño es algo fantástico, un privilegio. Pero no llega caído del cielo ni es como si te tocara la lotería. Porque poder vivir a tiempo completo con un tema artístico implica una serie de sacrificios, algunos bastante gordos: quitar tiempo a tu familia, a tus amigos, trabajar muchísimas horas -me levanto todos los días a las cinco de la mañana para trabajar-...
Pues sí que madruga...
Esto es de picar piedra a tope [sonríe]. Lo que te hace profesional es, estés como estés, ponerte ante la página, saber qué tienes que contar y cómo y hacerlo bien. Con esta exposición, además, quiero demostrar que es posible perseguir sueños y alcanzarlos. Muchas veces parece que nos abocan desde niños a contentarnos con lo que hay. Yo era un chaval de una ciudad de provincias en una época sin Internet y en la que parecía que, si querías dedicarte al cómic en España profesionalmente, debías irte a vivir a Madrid o a Barcelona, y si querías hacer cómic americano, a Nueva York. De una familia humilde, sin padrinos y sin saber qué teclas tocar para abrirme camino en el mundillo, a base de mucho esfuerzo, de hacer páginas y páginas y de publicar historietas, he logrado una carrera y la meta de vivir de ello.
¿Y su sueño de niño era publicar a toda costa, en una editorial importante en España, en EE UU...?
[ríe] Me gustan los superhéroes muchísimo porque crecí leyéndolos, pero nunca soñé con trabajar para Marvel o DC, que es como jugar con los juguetes que otro te presta y como él quiere porque no son tuyos. Para mí, lo que te da prestigio no es para quién trabajas, sino hacer los cómics en los que crees y los que necesitas hacer y sacar los demonios que necesitas sacar a través de ellos: hacer lo que quiero y no lo que me mandan. Con todo lo que hay que sacrificar para mantener este sueño, si haces algo en lo que no crees y solo por dinero, al mirar atrás con sesenta años, ¿qué habré dejado, un montón de obras que me dan igual, historias que no me interesan?
¿Y qué cree que va a ver?
Un camino que he ido pavimentando con las historias, los personajes y los temas de los que he querido hablar en cada momento de mi vida y que marcan una radiografía clara de mi pensar y de mi modo de ver el mundo y entenderlo en cada estadio de mi vida. Te llena como creador y como persona: marca un camino que te representa y crea una imagen de ti que te sirve como recordatorio de quién has sido, quién eres y quién pretendes ser.
¿Qué demonios ha echado fuera?
¡Un montón! [ríe] Me he ahorrado un montón de dinero en terapia y psicólogo gracias a los tebeos. Muchas veces buscas con los cómics respuestas a preguntas, a cosas que te inquietan o que no te gustan, de la sociedad y de ti. Vivimos preguntándonos, creándonos expectativas y pensando si seremos capaces de afrontar tal cosa o tal otra. Miro obras anteriores, como El héroe, y veo que lo que cuento es una metáfora sobre mi miedo a la responsabilidad, a dejar de ser el eterno adolescente y a encarar y tomar decisiones vitales, cruciales, como ser padre. Y a los diez años de ese libro, he pasado por otras etapas vitales y soy padre [sonríe].
¿Sigue trabajando así?
En el cómic que estoy haciendo para Astiberri, El fuego, trato temas que me preocupan ahora, sobre saber afrontar la madurez, ser o no un buen padre... un enfoque similar pero más adulto, porque en El héroe lo contaba desde la inexperiencia y aquí, desde quien sabe dónde está metido. Lo empecé a hacer antes del covid, y este me ha ayudado a darme cuenta de que a lo mejor estaba siendo demasiado trivial con algunas cosas, a saber cómo enfocar de verdad determinadas injusticias de las que hablo en este cómic y a ser más honesto al enfocar determinados problemas. El cómic me ha ayudado a conocerme a mí mismo.
Ahora entiendo esos prólogos de alguna de sus obras, con un personaje contando al lector que esto de la creación es muy complicado, que tener inspiración también..: es en verdad usted.
Sí. Desde mis primeros libros quise dejar claro al lector que detrás había una persona. Que las historietas que iba a leer las había hecho alguien que sufre, se alegra y ríe igual que él. Recuerdo que estaba terminado El héroe e iba a ir a imprenta y de repente me dio un chispazo y llamé a uno de mis editores de Astiberri: que no lo llevara aún, que se me acababa de ocurrir una página más, para el inicio, que me diera tres horas y se la mandaba.
¿De verdad?
Sí, sí. Una página donde salgo yo, con 6 años, tirado en el suelo de mi habitación de la casa en la que vivía con mis padres en aquella época, leyendo unos tebeos de superhéroes, emocionándome con la lectura y pensando que quizá yo algún día... [sonríe], y a continuación empezaba el cómic. Y fue un acierto absoluto incluir esa página: las críticas decían que con leer esa primera página ya estabas dentro de la historia, que ya me había ganado al lector para las 600 páginas que venían después [ríe].
Y otras veces lo habrá conseguido con la expresividad de sus personajes, como esas miradas intensas al otro lado del papel.
No te crees los personajes porque estén dibujados más realistas sino por lo que expresan. Y si logras hacerlo bien, el lector se identifica con la problemática y sentimientos del personaje, y se crea el vínculo entre lector y autor. Soy lector y las obras de otros me hacen disfrutar cuando hacen ese clic en mí, siento que ya me han ganado y me obligan a seguir leyendo e interesándome por lo que me están contando.
¿Se ha quedado alguna vez sin inspiración?
Sí, una vez hace, y decidí hacer un cómic sobre eso [ríe], el miedo al bloqueo, Cuaderno de tormentas [Astiberri, 2008]. Tenía otro trabajo, no solo los cómics, que me absorbía y me quitaba mucha energía, y cuando llegaba a casa, no se me ocurría nada para hacer mi cómic porque estaba cansado y hastiado. No tenía ni 30 años y pensé que había dado todo lo que tenía que dar, que qué tristeza, que qué mierda de carrera la mía [ríe]. Pero tras un mes bloqueado me di cuenta de que con esa reflexiones y preguntas que me hacía sobre la inspiración podía algo productivo. Y así fue.
Uno de sus personajes dice: “Un héroe no es aquel que gana una batalla sino quien, aun sabiendo que igual no la gana, se lanza”. ¿Este es un trabajo de riesgo continuo?
Siempre. Pasado un ecuador en tu trayectoria, los editores saben que lo tuyo funciona, y tienes más tranquilidad que con las primeras obras, sí. Pero nunca sabes si cada nueva propuesta va a funcionar o no, y es que intento que cada libro me lleve a terrenos diferentes. El héroe, por ejemplo, fue una locura muy grande: nunca se había hecho en España un tebeo de 600 páginas, a color, por un autor semidesconocido, y fue una apuesta, mía y de la editorial. Si llega a salir mal, posiblemente mi carrera hubiera acabado ahí [sonríe]. Mientras trabajas debes tener la fe y la conciencia de que lo que estás haciendo va a interesar porque a ti te interesa. Y si te emocionas y diviertas mientras lo haces, si eres honesto, se transmite al lector. Ese el truco: crear sin miedo y lanzarte a cada nueva obra como si fuera una batalla que no sabes si vas o no a ganar.
Y tener demonios dentro para sacarlos en el cómic...
Claro [ríe], saberlos identificar y tener alegría porque siempre hay cabida para la esperanza [sonríe]. Cuando empecé con esto y estaba con mi segunda obra [La tetería del oso malayo], coincidí un día con Santiago Sequeiros [estuvo en el Salón de 2018], un muy buen amigo hoy. Yo tenía 25 o 26 años y me dijo: “Rubín, tú eres como yo pero con esperanza” [ríe]. Él es un pedazo de pan, pero su obra no tiene esperanza alguna. Es el desasosiego absoluto y la falta total de alegría. Creo que es importante en las obras, incluso cuando hablas de cosas jodidas, dejar esa pequeña ventana abierta a que todo puede ir a mejor.