Flamenco On Fire
Manuel Liñán, bailaor: “La danza es la única manera que tengo de comunicarme con honestidad”
Reconocido con el premio Nacional de Danza en 2017, Manuel Liñán actúa por primera vez en Pamplona con ‘¡Viva’!, espectáculo que celebra la libertad de la transformación: “Cada persona ha de bailar como quiera, independientemente del género”, reivindica


Publicado el 26/08/2021 a las 06:00
Siete bailaores visten trajes de cola, peinetas y coloridos mantones en ¡Viva!, un montaje de Manuel Liñán que rompe con los estereotipos de género. Para el bailor y coreógrafo granadino, ¡Viva! es una propuesta “muy especial”, porque en ella recupera parte de su infancia: “Fui un niño muy tímido que se quedó con muchas cosas guardadas”, confiesa. Fue en 2014 cuando salió a bailar por primera vez con bata de cola en el espectáculo Los invitados de Belén Maya, y entonces perdió el miedo que arrastraba desde su niñez, cuando se travestía a escondidas. Ahora lo hace con total libertad: “Yo no abandono mi identidad por llevar unas determinadas prendas. Independientemente de la transformación que exista, yo sigo siendo Manuel”, señala.
Siendo muy pequeño ya descubrió su fascinación por el baile. ¿Cómo recuerda aquella etapa?
Cuando era chico me causaba una gran fascinación el ver a mis compañeras de baile con sus vestidos; me fijaba en cómo se maquillaban, cómo se arreglaban la cabeza con flores, su manera de mover las manos... Por desgracia, cuando yo quise optar a esa estética y a esa manera de moverme, entonces me sentí discriminado. Sentía que era motivo de burla, o que no encajaba bien dentro del contexto, así que opté por travestirme a escondidas en un cuarto de mi casa. Recuerdo que me ponía una falda de mi madre que tenía un montón de vuelo y que me encantaba. Me ponía mi música y mis flores en el pelo... En aquel cuarto yo sentía que nadie podía hacerme un juicio social. El miedo me llevó a hacer todo aquello a escondidas.
Su padre estaba empeñado en que usted fuera torero.
Mi padre (Manuel Arroyo) había sido torero, pero no pudo continuar con su carrera porque sufrió un accidente. A él le hubiera encantado que yo hubiese sido su sucesor. Pero como el flamenco y los toros siempre han estado relacionados, mi padre me decía: “Te voy a enseñar a torear porque los toreros y los bailaores tienen mucho en común”. Me llevaba a la plaza de toros, íbamos de capea... Yo siempre he estado rodeado de un entorno taurino. Luego, cuando decidí bailar, mis padres me apoyaron. Me llevaban a peñas flamencas, a tertulias, a espectáculos...
¿A su padre le decepcionó que no quisiera seguir sus pasos?
No lo sé, porque mi dedicación al baile fue algo natural que sucedió con el paso de los años. Hombre, yo sé que a él le hubiera encantado que yo fuese torero. Yo hice mis esfuerzos, pero no pude. De todas maneras, él también estaba contento de que yo fuera bailaor.
¿A qué edad empezó a bailar?
Fue en el colegio, con cinco o seis años. Había clases extraescolares.
El flamenco tiene muy marcada la manera de bailar, en función de si lo baila un hombre o una mujer. ¿Cómo vivió aquel choque, cuando era normal que le dijeran: ‘Baila como un hombre’?
Cuando eres niño, todo lo haces por instinto. Y mi instinto era ponerme una falda. A veces me ponía un pantalón en la cabeza y decía que tenía el pelo largo.También movía las muñecas o las caderas. Entonces me solían decir: “No, Manuel, hay que bailar así”. Cuando eres un adolescente y te quieres buscar un sitio en el mundo profesional, sigues las reglas. Sientes todo ese peso de la tradición y te da miedo salirte de ahí. Es igual que cuando eres gay y piensas: “No voy a decirlo para no defraudar a la sociedad”. Luego, con 21 o 22 años, ya empecé a despegarme otra vez y a moverme de otra manera. Es un proceso lento, hasta que terminas encontrándote y sobre todo, terminas perdiendo el miedo.
¿Tardó en sentirse aceptado por el mundo del flamenco?
Fue poco a poco. Estando en Madrid, con 24 o 25 años, ya empecé a crear mis propios espectáculos y a decidir la manera en la que yo quería bailar. También empecé a vestirme de otra manera. Me llegaron críticas de que yo era un bailaor amanerado. Cuando entré en la compañía de Rafaela Carrasco, fue la primera vez que tuve contacto con una bata de cola. Para mí, el gran cambio fue cuando Belén Maya me propuso bailar con la bata de cola en el espectáculo Los invitados. Y me lo propuso sin que hubiera ningún personaje ni ningún guion. Es decir, yo seguía siendo Manuel. Y era lo que había querido hacer siempre: no abandonar mi identidad por llevar unas determinadas prendas. A partir de ahí, decidí seguir bailando con la bata de cola y con el mantón siempre que me apeteciera.
¿Y antes de salir al escenario con la bata de cola, volvió a sentir ese miedo al juicio social?
Totalmente. La primera vez sentía pánico. Yo le decía a Belén: “Espero que no me insulten”. Era un miedo que yo arrastraba desde mi infancia. Para mi sorpresa, sucedió justo lo contrario. Fue uno de los días más bonitos de mi vida por la ovación que recibí de aquel público de Jerez de la Frontera. Siempre guardaré ese recuerdo con muchísimo cariño.
A espectáculos como ¡Viva! se les ha puesto la etiqueta de “flamenco travestido”. ¿Qué le parece?
Ahora mismo, es algo que no me molesta. Al principio, la gente me preguntaba: “¿Pero esto qué es: travesti, drag?”. A mí no me gusta clasificarme con etiquetas. Independientemente de la transformación que exista, yo sigo siendo Manuel. Al principio me costaba, porque sentía que tenía que llevar una etiqueta. Luego, con el tiempo, entendí que puede ser una manera de exponer la diversidad que existe. Quiero dejar claro que yo siempre voy a ser Manuel.
Y al margen de que quienes bailan sean hombres o mujeres, ¿cuál es la propuesta de danza que va a ofrecer en ¡Viva!?
El público verá a siete personalidades muy fuertes, cada uno de los cuales es capaz de generar un universo que nada tiene que ver con el otro. ¡Viva! tiene una gran riqueza dancística, de diversidad y de diferencia. Será una manera de ver las diferentes maneras que tiene el flamenco de manifestarse, según en qué cuerpo. Y estos siete cuerpos son súper originales, súper personales e inigualables. Este espectáculo defiende que cada persona tiene su propia manera de expresarse en el escenario. Cada persona ha de bailar como quiera, independientemente del género.
En 2017 recibió el premio Nacional de Danza. ¿Qué supuso este reconocimiento?
Eso sí que no me lo esperaba para nada. Lo recogí como un reconocimiento a mi trayectoria y a mi generación. También me alegró que reconocieran que la bata de cola es algo que se va a quedar. De hecho, ahora es más común que un hombre pueda bailar con una bata de cola y eso me enorgullece un montón. Y bueno, mis padres estaban locos de contentos. Recientemente me habían dado el premio Max y los pobres ya estaban liados: “¿Pero ese premio cuál es?”, me decían (ríe). La entrega del premio Nacional fue muy especial porque lo compartí con mi familia.
Ahora está preparando su próximo espectáculo, Pie de hierro. ¿De dónde nació la idea?
Nace de lo que hablábamos antes, del peso de la tradición, del tener que seguir repitiendo patrones que se heredan. Tiene que ver con la relación con mi padre, y el espectáculo estará enmarcado en un imaginario taurino. Por un lado quiero mostrar la disconformidad con la tradición, pero también el hecho de llegar a una aceptación y a un diálogo.
En este espectáculo bailará solo. ¿Va a ser más intimista?
Sí, en el sentido de que es un diálogo personal. En mis espectáculos, aunque esté con más bailarines, siempre tengo esa necesidad de buscarme un huequecito para bailar solo.
Tanto Pie de hierro como ¡Viva! son espectáculos muy personales. ¿El baile también es una terapia consigo mismo?
Para mí, la danza es la única manera de comunicarme con honestidad. Fue un niño muy tímido que se quedó con muchas cosas guardadas. Yo no sabía hablar, yo sabía bailar. Para mí, ¡Viva! es mi infancia. Si quiero ser honesto conmigo mismo, tengo que hacer las paces con mi pasado, y también mostrar mi rebeldía hacia ese pasado. Ahora, con Pie de hierro siento que realmente hago las paces con algo con lo que yo estaba en desacuerdo. Eso es muy importante para seguir construyendo, porque así construyo sin peso y sin rebeldía, desde un punto de vista más calmado, desde la aceptación del ser humano.
