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Patxi Irurzun

Patxi Irurzun: “El recuerdo de cómo viví mi juventud no es muy bueno, no volvería a ella”

El último libro del escritor pamplonés, ‘Tratado de [h]ortografía’, se mueve entre los años 80 y el rock radikal vasco y la actualidad, en “un balance de lo que aspirabas entonces y lo que has conseguido”, ficcionando datos reales suyos

“El recuerdo de cómo viví mi juventud no es muy bueno, no volvería a ella”
Para la fotografía de la portada del libro, Patxi Irurzun ha rescatado del trastero de su casa las cajas con cintas de casete de los grupos que escuchaba en los años ochenta.
Actualizada 15/07/2020 a las 06:00

Patxi Irurzun siente que con su último libro, 'Tratado de [h]ortografía -con hache-', ata cabos de cosas que quedaron dispersas en los anteriores -al menos una cuarentena-. Regresa con lo que llaman autoficción -“las novelas de toda la vida”-: escrita en primera persona, contiene datos reales suyos, como que el protagonista es escritor y bibliotecario (Irurzun, en la biblioteca de Larraintzar). “Pero ni he sido músico, ni soy viudo, ni tengo dos hijos mellizos”, apunta sobre la vida de este personaje, antigua estrella del rock radikal vasco (RRV) que en los años ochenta fue cantante de Los Tampones, un grupo con polémica tras haber grabado para un programa de televisión la canción Estoy contra las reglas. A sus 50 años (Irurzun cumplió 51 el 2 de julio), sobrevive, a la precariedad laboral y a la adolescencia de sus hijos tras morir su pareja. Con recuerdos hoy del RRV de entonces, un lector del libro le ha dado la clave: “Me dijo que parte de la época en la que aborrecías a tus padres para acabar en la época en la que nuestros hijos nos aborrecen”. La portada es la fotografía de casetes de grupos como Eskorbuto, Tijuana in blue, Zer Bizio?, The Sex Pistols, King Putreak, Extremoduro, Iron Maiden, Hertzainak, Jimi Hendrix, Los Suaves, Barricada, Cicatriz, La Polla Records, RIP, Leño, Piskerra, AC/DC...

¿Esas cintas son suyas?

Sí [ríe]. Tengo dos o tres cajas grandes en el trastero. Las subí a casa para hacer una selección y la foto, que ya ha tenido su polémica [sonríe]. Unos me dicen que para qué meto a Ramoncín -que en los ochenta era Dios, llenaba el Anaitasuna y tenía algo que ver con el RRV porque produjo el primer disco de Barricada, aunque salió una producción distinta-; otros, que King Putreak son de Madrid -y Jimi Hendrix, en la foto, no es de Leitza...-. Está bien que surjan estas cosillas [ríe].

Aparecen Los Tampones, como en el libro...

Es un grupo ficticio que tiene un referente claro con Las Vulpes [cuarteto femenino de punk de Bilbao] y lo que les pasó. En un programa de televisión que se emitía el sábado en horario infantil [Caja de ritmos] cantaron 'Me gusta ser una zorra', una versión de una canción de The Stooges. Se emitió el programa y no pasó nada, pero a las dos semanas ABC publicó una carta de protesta. Con el PSOE en el gobierno, arremetieron contra el director de televisión utilizando a Las Vulpes como ariete. Se montó el escándalo, que las hizo conocidas, pero también que fueran a sitios y la gente les insultara. El grupo no lo aguantó y desapareció.

¿Cómo vivió los 80 y el RRV?

Como espectador. Para escribir este libro me veía la debilidad de no haber estado en el cogollo, como músico, aunque la mayoría de los músicos no se acuerdan de nada [ríe]. Viví esa época como fan y con mucha intensidad. En el libro se dice: “Para nosotros, que no creíamos en nada, el punk y el rock eran nuestra religión”. Ibas a un concierto como si fueras a misa; tocaba alguien en un pueblo al que no sabías ir y te las ingeniabas para hacerlo. Lo vivías con mucha energía, a la que se sumaba la de la propia juventud. Pero mi recuerdo no es muy bueno: todo era como muy triste, el no futuro del que tanto habla el punk, una época muy chunga para encontrar trabajo, con perspectivas muy malas, sin saber muy bien qué sería de ti. Además, era muy introvertido y me costaba relacionarme con la gente, con las chicas, con todo, y la música fue un poco refugio. Se tiende a idealizar la juventud y yo tengo una sensación agridulce. No volvería a la mía. Por la vitalidad que tienes sí, pero por cómo lo viví, no.

Su opinión sobre la juventud es otro dato real del libro: su personaje dice que no echa de menos su juventud “triste y salvaje, feroz y soñadora, solitaria y de turbamulta, hermosa en la fealdad”.

Ahora la veo así: años de una época triste, de violencia, de paro, con la heroína y gente que caía como moscas... Y a la vez, llena de sueños. Quieres comerte el mundo, cambiar lo que no te gusta, que era lo que transmitían estos grupos, aunque hablaran mucho de autodestrucción y muerte. Y aunque los años y la vida te van venciendo, el mensaje del libro es que siempre se mantiene una pequeña chispa que en cualquier momento puede prender. La pequeña victoria de esta generación es que no te hayan doblegado del todo. Por ejemplo, la insumisión fue para mí una victoria.

Este libro le viene de atrás.

Siempre he querido escribir algo sobre esto, y, de hecho, en lo anterior hay guiños a la música. Al terminar la última novela, Diez mil heridas, estiré un poco algo que había escrito en una columna para el periódico, empecé con este diario y me di cuenta de que iban fluyendo los personajes, las situaciones... En tres meses lo tuve. Me salió de manera muy espontánea.

¿Por qué se escribe un diario?

Tuve una experiencia con uno real ['Dios nunca reza']: lo escribí como asidero en una época de cambios e incertidumbre -estaba pasando un despido, una mudanza, íbamos a tener una hija...-, y me ayudó bastante. En este caso, el diario tiene la ventaja de que es como un cajón de sastre: quería escribir sobre aquellos años y estos, un balance sobre lo que aspirabas entonces y lo que has logrado. Podía echar un poco todo, y me daba mucho juego en ese sentido.

¿Y para qué se escribe?

Quieres trascender del ‘yo’ al ‘nosotros’, que al leerlo alguien se sienta reconocido en experiencias compartidas. Me pasó con Dios nunca reza: lo publiqué con cierto recelo pensando a quién podía interesar mi vida, e inmediatamente empecé a recibir reacciones de gente por cosas que también le habían pasado o por pensar como yo en algunos aspectos. El diario tiene algo de común donde la gente se ve reflejada. Además, ese encanto de entrar a cotillear en la vida de los otros [sonríe].

Todo empezó a cuadrar

¿Es también este libro un cajón de sastre, en el sentido de recoger cosas incluidas en otros?

Sí, y no fue premeditado. He escrito un montón de libros sin nada que ver unos con otros, cosas que quedaban deslavazadas, dispersas. Y resulta que este libro ata muchos de esos cabos. Mis dos primeras historias transcurrían en la ciudad imaginaria de esta, Jamerdana, y el tono tiene un poco que ver. Luego están los autobiográficos Dios nunca reza y Atrapados en el paraíso, y este podría acercarse a ellos. He tomado además cosas escritas para el periódico, el tema de Los Tampones que ya había aparecido en otras historias, o el pueblo imaginario de Zarraluki, del que escribí en Pan duro. De repente, todo empezó a cuadrar: lo que he estado haciendo estos años tenía sentido, como un organismo corpus literario. Por eso esta novela, una historia sencilla, pequeña, es importante respecto a mi recorrido literario.

Los escritores siempre dicen que su último libro es el mejor. En su caso lo cree de verdad.

Hay libros con los que notas algo especial o diferente, que no tiene que ver con que luego funcionen mejor o peor que otros. Además de aunar cosas de los anteriores, contiene lo que me gusta escribir: historias quizá con menos éxito o recorrido comercialmente pero en las que me siento más cómodo. Este libro tiene mucho de mi manera de escribir, tragicómica, humor, ternura, tragedia... como la vida misma, picos bastante agradecidos para un lector.

Su personaje cita a autores que le gustan mucho, sin comprender por qué no son más conocidos. Entre ellos, Patxi Irurzun.

[ríe] Hay un pequeño guiño. De entre esos nombres, están algunos con los que yo empecé a relacionarme, a quienes he seguido, de los que sigo siendo amigo y que a veces no han tenido mucha suerte con lo que han escrito. No lo entiendo. Me parece injusto que triunfe, y a mansalva, gente para mí con mucho menos valor literario y que no lo haga gente con talento.

¿Querría hoy algo distinto para usted?

Vivo de los libros: como bibliotecario, como escritor, como periodista de Cultura... En ese sentido, estoy satisfecho, también de que la gente llegue a mí porque le gusta lo que escribo. Son lectores que he ganado uno a uno, no por campañas mediáticas. Estoy satisfecho de este momento, aunque luego está el tema de la precariedad y la inestabilidad: en la biblioteca no estoy fijo y con los libros te encuentras siempre encima de un alambre, ¿cuánto va a durar?

Ha echado la vista atrás a la juventud de los ochenta. ¿Qué ha encontrado al escribir sobre quienes hoy tienen 50 años?

El adolescente está en rebeldía con el mundo y sus padres, y está perdido aunque no lo sabe. Lo veo en mis hijos, aunque una tiene aún 11 años: eres el enemigo, pero te das cuenta de que tú también fuiste así. Luego están los códigos: tienes 50 años y hay cosas que no las vas a entender nunca y en las que no vas a comprender a un adolescente. Pero, en realidad, la vida es así. En ocasiones te ves comportándote de manera que no te gusta, como un antidisturbios, o reflejado en tu madre. Eso le pasará después a los adolescentes de ahora, pues esto es una rueda.

El personaje recuerda el escándalo de la tele y se pregunta qué pasaría si ocurriera algo parecido con uno de sus libros o un artículo. ¿Qué pasaría hoy?

No lo sé. Creía que ahora era más fácil contar ciertas cosas, pero está la Ley Mordaza, lo políticamente correcto, los linchamientos mediáticos... y no es fácil escribir con libertad. No me ha pasado nunca encontrarme en una situación así. Supongo que ahora sabría llevarlo, o no. Titulé mi primer libro 'La virgen puta', la editorial intentó protegerme y me convenció para cambiarlo. Con el tiempo me he dado cuenta de que tenía cierta razón: si hubiera llegado a pasar algo por aquel título, una denuncia, por ejemplo, igual no habría sabido llevarlo. Después lo recuperé para una edición especial para la Semana Negra de Gijón. Me desquité un poco.


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