Dolores Redondo: “Espero hacerme viejecita escribiendo como Jessica Fletcher”
Dolores Redondo rebobina la historia de Amaia Salazar hasta su etapa de formación con el FBI, años antes de laTrilogía del Baztán, en la que acabará trabajando en un Nueva Orleans convertido en infierno tras el Katrina


Actualizado el 03/10/2019 a las 06:00
En la gira de Todo esto te daré, con la que había ganado el premio Planeta, Dolores Redondo había empezado a escribir una novela ajena a su universo baztanés, pero en su fuero interno sentía que era otra historia la que llamaba con fuerza a su puerta. Tenia dudas, y su familia le aconsejó que fuera a Nueva Orleans, de donde llegaba esa llamada. Así lo hizo y fue, asegura, como encontrar la pieza del puzle que se cae debajo de la mesa. El 16 de abril de 2017 la escritora donostiarra afincada en Cintruénigo se sentó en la habitación 105 del hotel Dauphine de Nueva Orleans y empezó a escribir 'La cara norte del corazón', la precuela de la Trilogía del Baztán, donde una joven Amaia Salazar está formándose con el FBI y acaba colaborando en el caso de un asesino en serie que extermina a familias enteras después de que éstas hubiesen sobrevivido a grandes catástrofes naturales. El 16 de julio de 2019, con la novela terminada, Redondo volvió a la misma habitación del Dauphine, que “como todo hotel de Nueva Orleans tiene fantasmas”, a poner la palabra “fin”. Ayer, en el ático de otro hotel, el Trinkete de Elizondo, Redondo presentaba su última creación, basada en la historia real de John List, el parricida al que el FBI tardó 18 años en encontrar.
Hacía un clima veraniego y, justo cuando presenta su novela, Elizondo amanece con el tiempo de sus libros. ¿Qué ofrendas hace a la diosa Mari?
Le hago agradecimientos hasta en la novela. Cuando llegué el martes fuimos a pasear por el monte y una vecina nos decía: “¡Qué pena, está todo muy seco!”. Unos amigos ahora me han dicho: “Ya has llegado, ya está lloviendo”.
Con el lanzamiento del libro anterior pasó lo mismo...
No, no, ha pasado cada una de las veces. Cuando vengo, llueve. Me encanta.
En sus libros suele llover pero en este último hay un huracán. ¿Dolores Redondo desencadenada?
Sí [risas]. El huracán da para mucho. Yo había ido dejando miguitas en todas las novelas que conducían a Nueva Orleans, pero no podía ser en cualquier momento. He querido hablar de lo que pasó cuando llegó el Katrina pero, sobre todo, lo que pasó después, por el abandono de esa población.
Si había dejado miguitas es porque ya lo tenía en la cabeza...
...¡Por supuesto! Desde 2005 he querido contar esta historia. Y luego está la conexión entre la magia de Baztán con otras criaturas del vudú de Nueva Orleans.
¿Qué tienen en común?
Desde que el ser humano tiene miedo ha buscado razonamientos, fugas, defensas, modos de escapar, y en distintas culturas aparecen los mismos terrores representados de idéntica forma pero distintos nombres. Es muy llamativo porque no estamos hablando de un mundo con las comunicaciones de la actualidad, no se podían comunicar y, sin embargo, una y otra vez aluden al mismo modo de actuación del mal y al mismo modo de defensa.
Y en ambos casos, ambas mitologías han pervivido hasta ahora.
Claro. Para la mayoría de la gente en Europa el vudú es lo que nos ha llegado a través del cine con la zombificación, pero el vudú es una religión muy extendida en casi toda África, muchos países caribeños y zonas de EE.UU. Su nombre principal significa “espíritu” y tiene más que ver con ser un medium para transmitir mensajes de los muertos, de los espíritus, de las loas, que serían el equivalente a nuestros santos o ángeles.
Desde luego el paisaje y el ambiente baztanés y el de Nueva Orleans son casi antitéticos. ¿Le atraía eso también?
Son absolutamente distintos pero también encuentro aspectos comunes. En Baztán se desborda este río y Elizondo ha quedado parcialmente destruido muchas veces. El modo en que la gente de aquí ama su tierra, siguen viviendo al lado del río sabiendo que puede volver a desbordarse, cómo se vuelcan en auzolan para limpiar todo el pueblo, se parece mucho a ese espíritu de la gente que ha vuelto a Nueva Orleans y lo han levantado con su propio tesón.
Aquí la detective Amaia Salazar se presenta más joven y más intuitiva, más tipo Sherlock Holmes...
...Porque también es más impetuosa. Tiene 25 años y es una jovencita descarada. Está todavía formándose y no se maneja demasiado bien a nivel burocrático. Hay momentos en que es un poco insolente. Pero es que tiene 25 años. Si no se es insolente con 25 años, cuándo lo va a ser. Me ha gustado explorarla con esa edad. Tiene mucho de mí a esa edad.
¿También era impulsiva?
Digamos que cuando creía estar segura de algo era muy tenaz y muy impetuosa.
¿Qué le une a Nueva Orleans?
Todos los artistas del mundo tienen un vínculo con Nueva Orleans, porque no es solo la ciudad de los músicos, es la ciudad de los fotógrafos, los pintores, los escultores, los bailarines... Cuando voy allí siempre hay alguien que me propone que me quede a vivir. Quieren que todos los artistas del mundo vivamos allí. Era mi viaje pendiente. Cuando llegó Katrina me pareció que ponía de manifiesto cómo el primer país del mundo también tiene gente de segunda. Alguien se pregunta en la novela: “¿Sería concebible que cuatro días después de caer las Torres Gemelas no hubiera llegado la ayuda a Nueva York?”. Allí no llegó. Estamos hablando de una ciudad completamente inundada, una letrina gigantesca, a 40 grados , sin agua corriente, luz, sin ninguna comunicación. La ciudad se convirtió en un gigantesco pantano de porquería y de muertos flotando en el agua.
Y en ese escenario pone usted a trabajar a la subinspectora de la Policía foral. Más difícil todavía.
Por un lado está mi denuncia, quiero contar el momento en el que te dejan abandonado porque te consideren de segunda categoría. Por otro lado, a nivel literario es un escenario extraordinario, me permite volver a una novela absolutamente victoriana. Procesar ahí una escena del crimen es imposible, no hay comunicaciones, no hay órdenes judiciales, no pueden custodiar las pruebas, así que no las recogen, no se puede hacer una autopsia... es un detective más a lo Doyle o Poe, que llega a un escenario y tiene que intentar sentir, llevarse esas sensaciones. Tiene que ser ella el laboratorio, tomar decisiones intuitivas y salir a la caza del asesino. A nivel literario lo he gozado, escribiendo sin esos márgenes que nos marca la tecnología. El lector o el espectador de series es un experto ya en saber cómo son los tempos de la novela negra. Aquí lo rompemos todo. Aquí vamos a un escenario postapocalíptico.
Se ha asesorado con un montón de cuerpos policiales, ¡lo suyo casi es un máster en criminología!
[Risas] Sí. Yo no soy criminóloga. Mi primer y último amor es la literatura. Me dejo asesorar, eso sí. Cuando fui a Nueva Orleans tuve la inmensa suerte de encontrar a un chico catalán que estaba informatizando los ficheros del nuevo hospital, después de que el Charity quedase destruido, y él conocía a muchísima gente que había vivido allí momentos de auténtica miseria humana.
¿Como es pasar de tratar con la Policía Foral a hacerlo con el FBI?
Estoy muy satisfecha porque, además, cuando le envié la novela a mi editora norteamericana ella tenía reticencias. Me dijo que no les solía gustar cómo los escritores europeos tratábamos el FBI, dice que quedaba muy acartonado siempre, poco creíble. Además son dos temas norteamericanos espinosos: uno, que hables del FBI y, dos, que hables de Katrina que aún es una herida abierta.
En la trama de Elizondo hay momentos de auténtico terror psicológico. ¿Disfruta escribiéndolos?
Bueno, y me acojono mucho también, luego lo paso mal [risas]. Hay momentos luego de noche que me digo: “¡Madre mía, para qué habré escrito esto!”. La novela empieza diciendo que cuando tenía doce años, Amaia se perdió en el bosque durante 16 horas. Lo que ocurre durante esas horas es lo que hace clic en Amaia. Ese día Amaia deja de ser una niña y empieza a convertise en adulta. Ella se resitúa en el mundo. Podía haberse convertido en ese momento en una opresora, en una persona cruel, o haber sido toda su vida una víctima doliente. Sin embargo ella logra ponerlo al servicio de lo que hace. Eso le da un conocimiento extraordinario del mal y de la mente criminal.
Tiene toda la vida de Amaia en la cabeza, antes contó su maternidad, ahora cuando era veinteañera... ¿tiene pensado su final?
Sí, seguiremos. De momento nos guardamos hacia dónde, pero concebí esta novela como una puerta, para que el lector no tenga que venir necesariamente de la trilogía. Su universo va a crecer.
¿Terminará Amaia siendo una viejecita tipo Jessica Fletcher que resolverá crímenes?
Ya veremos. Yo sí que espero hacerme viejecita escribiendo crímenes como Jessica Fletcher. Cuando seamos viejecitas Alba [la responsable de prensa de Destino], mi agente y yo nos reuniremos para hablar de crímenes y tomar el té [risas].

