Naukas
La mujer que al cerrar los ojos solo ve el hielo de la Antártida
Naukas, el evento destinado a unir ciencia y arte, se celebró este sábado en Pamplona


Publicado el 11/06/2023 a las 06:00
Doce ponencias protagonizaron este sábado 'Naukas Pamplona, Las dos culturas', el evento destinado a unir ciencia y arte, que se celebró en Baluarte y en el que se escuchó a los comunicadores científicos Javier Peláez y Antonio Martínez Ron; el astrofísico y director del Planetario de Pamplona, Javier Armentia; los músicos Edurne Aizpún y Ekhi Ocaña; el biólogo Juan Ignacio Pérez Iglesias; el editor Oihan Iturbide; la ingeniera informática y pianista Sonia Elizondo; la licenciada en Bellas Artes Almudena Martín Castro; el químico Carlos Briones y la música Miriam Ridruejo; las restauradoras Alicia Ancho y Berta Balduz; el microbiólogo y divulgador Ignacio López Goñi; las investigadoras y científicas de la UPNA Aránzazu Jurío, Leyre Catalán, Amalia Ortiz e Idoia San Martín; el catedrático de Estética y Teoría de las Artes de la Universidad de Navarra Ricardo Piñero; el físico Joaquín Sevilla, y la coreógrafa Carmen Larraz.
El contenedor de transporte por mar convertido en laboratorio
Que siendo niño su abuelo le dijera que seguiría vivo mientras le recordara sirvió a Oihan Iturbide para expresar su deseo sobre los protagonistas de su charla, los científicos y oceanógrafos españoles Josefina Castellví y Antoni Ballester, unidos por el Instituto de Ciencias del Mar y su laboratorio en la Antártida. "Quiero que recordéis sus vidas y que, de esa forma, se mantengan con nosotros vivos".
Porque sus trabajos supusieron el nacimiento de la investigación española en el continente antártico, que nació cuando Ballester descubrió la Antártida gracias a investigadores belgas que le propusieron compartir con ellos una expedición. “Le fascinó. Es un lugar donde la nieve forma una placa de entre 2.000 y 4.000 metros de altura, completamente virgen y donde, si perforas la placa de hielo, puedes llegar a conocer lo que pasaba hace 800.000 años”, expuso este sábado el biólogo clínico pamplonés, al frente de la editorial de divulgación científica Next Door Publishers y creador del proyecto Yonki Books.
Era 1964 y Ballester "ya se dio cuenta de lo prometedor que era este territorio". Por eso a su regreso a España expuso la importancia de montar allí una base científica, que haría además a España miembro de la comunidad en la que debía estar para poder progresar en ese territorio. Y si bien "no le hicieron caso", logró que Polonia, con base científica allí, organizara una nueva expedición a la Antártida. Le acompañarían los científicos catalanes Josefina Castellví, Agustí Julià y Joan Rovira, y los cuatro se situarían en la isla Livingston.
A su regreso a España (comienzo de los años ochenta) "y después de 17 años peleando para conseguir esa base", una circunstancia le fue favorable: una polémica en el Tratado Antártico, por la que una parte de los países miembros querían que fuese Patrimonio de la Humanidad, hizo que España, que quería esto, no pudiera votar por no tener una base científica en la Antártida. "Con lo cual urgieron a Antoni a montarla en tres meses", lo que logró -se bautizó con el nombre Juan Carlos I-, permitiendo a España votar en el Tratado.
Un contenedor como los utilizados para transportar cargas por mar fue adaptado por Ballester como laboratorio. "Muy feliz, cuando terminó su primera campaña científica en la Antártida, tuvo un ictus, por lo que debió abandonarla para siempre". Tomó su relevo Josefina Castellví, que asumió la dirección de la base en la Antártida. "Todo el trabajo que habían hecho tenía que seguir para adelante", lo que supuso renunciar a su carrera como científica.
EQUILIBRIO CON EL MEDIO AMBIENTE
Castellví montó ocho campañas científicas. "Los viajes eran una locura", se refirió Iturbide a que debía coger un vuelo militar chileno, llegar al sur de Chile y tomar el buque de la armada española para cruzar durante varios días el paso Drake, donde confluyen el Pacífico y el Atlántico, con olas de hasta diez metros y vientos de hasta 150 kilómetros por hora. "Dicen que Josefina se pasaba todo ese viaje repasando una y otra vez todas las cosas que tenía que llevar porque de ella dependía no solo que la gente comiera y pudiese dormir y no morir de frío, sino que todos los proyectos de investigación fueran adelante".
La experiencia de vivir en un medio como la Antártida fue para Josefina una especie de ensayo de lo que debería ser la vida en nuestra sociedad: una convivencia absoluta en equilibrio con el medio ambiente, con los animales, donde hay silencio y paz. "Le costaba mucho volver, y cuando lo hacía tenía que pasar unos días en su pueblo para aclimatarse". En 1994 regresó "con mucha pena" para dirigir el Instituto de Ciencias del Mar. "Aún hoy cuenta que al cerrar los ojos ve el hielo".
Iturbide mostró en pantalla la fotografía de Castellví, de espaldas, empujando la silla de ruedas de Antoni Ballester en el puerto de Barcelona, plagado de contenedores. "Josefina le está llevando al laboratorio", describió. "Porque consiguió que, después de muchos años, lo trasladaran a Barcelona: se empeñó en que estuviera allí, que Antoni lo volviera a ver, que la gente lo viera". El laboratorio se puede visitar en el Museo de la Ciencia CosmoCaixa de Barcelona.
Tecnología que exprese sus emociones
Fue curioso escuchar a la ingeniera informática Sonia Elizondo hablar de emociones y sentimientos “que muchos no tienen asociado a la tecnología”.
Tras ilustrar sobre dos sentidos que hablan de la información que nuestro cuerpo aporta de nuestro interior (la interocepción, que nos dice que tenemos sed o queremos ir al baño) o de nuestro exterior (la propiocepción, sobre dónde están posicionados nuestros cuerpos), se refirió a otros más complejos, como el sentido de la agencia (el control sobre la situación) y el del apego ("esa conexión inexplicaba de querer estar con alguien, de los abrazos, del contacto, de empatizar; lo que tenemos con amigas, familiares, parejas").
Y esta ingeniera informática habló de emociones y sentidos porque la tesis doctoral que está desarrollando en la UPNA está muy relacionada con la computación afectiva. “Queremos que la tecnología reconozca el estado emocional de las personas usuarias”, citó Elizondo como uno de los pilares básicos de la computación afectiva. Además, que exprese sus propias emociones y que responda a las que ha visto en nosotros de forma adecuada, socialmente aceptada.
¿Y cómo reconocer, por ejemplo, que una persona está nerviosa? "Porque seguramente esté moviendo la pierna, haga muchos gestos o hable muy rápido. La tecnología lo puede saber por el componente conductual: por cómo mueve su cuerpo o por cómo expresa". Pero además, añadió, hay muchos otros datos que permiten saber cómo está alguien y no son tan evidentes para el resto: el latido del corazón, la respiración, tener mayor sudoración de la habitual en las manos, la dilatación de las pupilas... "Pues bien, si dotamos a los dispositivos de la posibilidad de saber estos parámetros de nosotros, el siguiente paso sería que expresen sus emociones".
Se refirió al proyecto LevPet de la UPNA en la que trabaja, una mascota magnética esférica que levita. Le han puesto una cámara que reconoce el rostro de Elizondo y de sus compañeras y compañeros y ve dónde están. Por eso, cuando se acercan, sale de su casa a saludar y les transmite sus propias emociones -"cuando con la cámara ve que estás contenta, se mueve rápido; si estás triste, lenta, y si nota que estás enfadada, se va a su casa".
En sus últimas palabras hizo al auditorio imaginar que en un futuro LevPet le hiciese ver que lleva varios días irascible. "Que te hiciese notar que estás sufriendo de ansiedad y que te ayudase a calmarte de alguna forma, que con su movimiento levitante pudieses controlar tu respiración antes de un ataque de ansiedad".
Pero, aparte de soñar hay que investigar, dar esos primeros pasitos para lograr hacer todo lo soñado. "No sé dónde vamos a estar de aquí a diez años, a cincuenta... No sé qué vamos a conseguir en nuestro propio grupo de investigación, pero voy a seguir soñando e investigando". Y lo hará con algo que le fascina tanto en su trabajo como en su parte más artística: emocionando, al cerrar su intervención con dos minutos al piano.


La tensión entre ciencia y arte no va a desaparecer
Justo antes de que el biólogo y responsable de la cátedra de cultura científica en la Universidad del País Vasco Juan Ignacio Pérez Iglesias subiera al escenario de la Sala de Cámara, el periodista Antonio Martínez Ron había terminado su intervención proyectando una fotografía de 1915 de Alfonso Sánchez titulada Clase de disección de Santiago Ramón y Cajal en la que se recrea la famosa Lección de anatomía del doctor Nicolás Tulp del pintor neerlandés Rembrandt. "Esta representación", se refirió Martínez Ron a la fotografía de Ramón y Cajal, "indica que el arte bebe de la ciencia y la ciencia bebe del arte y están todo el tiempo interrelacionándose en el universo y en el imaginario que crean una respecto a la otra". "Cajal está copiando lo que ha visto antes, añadiendo los atributos y los elementos que le parecen dignos de la historia de la pintura y de la ciencia".
Con sus palabras, Martínez Ron parecía introducir la charla de Pérez Iglesias a propósito de una obra científica que escribió Charles Percy Snow, 'The Two Cultures ant the Scientific Revolution' (1959), en la que venía a decir que en la vida intelectual de Occidente había cada vez una separación mayor, si bien relativamente reciente, entre las ciencias y las humanidades y que para él era muy grave porque ese desajuste solo podía traer problemas. "Hay una pretensión por parte de un grupo de científicos", continuó Pérez Iglesias, "de que nuestras disciplinas son perfectamente capaces de abarcar todas los aspectos de la realidad bajo su manto y con eso construir un conocimiento completo, una síntesis completa de la experiencia humana. Y esto es un problema". Porque, siguió, casi todas las disciplinas tienen una cierta componente empírica (fundada en la experiencia) y una cierta componente hermenéutica (interpretación de los textos).
La literatura, la música, el arte... son productos de la mente humana, y el universo, las moléculas, el sistema solar, la tierra... son la naturaleza. "¿Es superable ese abismo?", se preguntó. "No. Son cosas distintas: una es resultado de la creación, y otra es lo que está ahí fuera". Y argumentó que la tensión entre las dos culturas no va a desaparecer. "Tendremos que gestionarla políticamente. Lo contrario es pretender que las ciencias experimentales van a resolver todos los problemas, incluidos los problemas políticos que tenemos, y no es verdad: tendremos que seguir negociando, acordando y gobernando teniendo en cuenta todos los elementos en juego".

