Nutrición
¿Qué podemos hacer para mejorar la salud de nuestros jóvenes?
Inculcar desde la más tierna infancia los mejores hábitos sobre los que existe bastante evidencia científica de que inciden positivamente en su salud fisiológica y en su fortaleza mental. En ello deberían intervenir tanto las instituciones sociales, como las familias y las escuelas “en todos los niveles de formación”


Publicado el 26/10/2023 a las 16:14
Las tasas de obesidad entre niños y adolescentes no paran de aumentar (en los últimos cuatro decenios se han multiplicado por diez), lo mismo ocurre con la diabetes tipo 2 que se ha incrementado en un 60% en las tres últimas décadas, la hipertensión empieza a ser cada vez más preocupante, la fatiga crónica es algo que se ha instaurado en un alto porcentaje de nuestros jóvenes, la depresión ya es una epidemia que va increscendo (y los suicidios van al alza), las patologías carenciales siguen proliferando y ya no solo hablamos de anemias y, todo ello debido principalmente a un estilo de vida más sedentario, con un alto enganche a los móviles, que selecciona peor lo que come y que se inicia mucho antes al consumo de tabaco, de alcohol y de otras sustancias adictivas.
La teoría la sabemos todos, aunque poco hacemos para implantar un mejor estilo de vida, lo que conllevará en un futuro muy próximo a un mayor consumo de fármacos, más bajas laborales, un incremento de patologías metabólicas y más problemas mentales.
Los pilares que debemos desarrollar giran en torno a cuatro elementos: reformar su alimentación, fomentar el movimiento, educar en una mejor gestión de sus emociones e INCIDIR en la importancia del sueño reparador.
Estamos potenciando el sedentarismo en todos los niveles, nos quejamos demasiado y queremos una sociedad cada vez más cómoda y el exceso de comodidad debilita. Gran parte de los jóvenes suben en ascensor en vez de hacerlo por las escaleras cuando viven en un tercer piso porque es algo común en los adultos, esperan diez minutos el autobús cuando apenas tienen la escuela o el lugar de entrenamiento a dos kilómetros de distancia, desayunan cualquier marranada alimentaria desprovista de nutrientes que inflama su organismo de forma inmediata, viven pegados a un teléfono que les descentra de lo realmente importante, llaman a sus padres a media mañana para que les recojan de la escuela porque sienten un ligero “dolor” de cabeza, se crean la estúpida necesidad de fumar generando “el peor de los hábitos” abriendo el camino a unas cuantas patologías futuras, no aguantan 2000 metros corriendo a ritmo suave y se marean en el intento, sufren excesivas crisis de ansiedad y visitan con frecuencia a demasiados especialistas porque no se encuentran bien consigo mismos.
Una fruta se robustece en el árbol cuando resiste las inclemencias del entorno, cuando es atacada por insectos y se defiende generando sustancias antibióticas, cuando absorbe los nutrientes que desde la profundidad de la tierra ascienden por las raíces, cuando soporta el frío, la nieve, la lluvia, el granizo, el viento, el sol y de esa manera va incrementando el contenido de antioxidantes y de otras sustancias protectoras que hacen de ella una fruta más fuerte. Pero llenamos de pesticidas a nuestras frutas para evitar ser atacadas, las sobreprotegemos de las inclemencias, las recogemos muy verdes madurándolas en tiempo récord “de forma artificial” y las hacemos débiles MUY DÉBILES desprovistas de nutrientes, con un menor contenido en sustancias antioxidantes y una mayor toxicidad dada la cantidad de sustancias químicas con las que son tratadas para hacerlas más bonitas, más grandes y más brillantes. Y eso es lo que hacemos con nuestros jóvenes, sobreprotegerles, rodearles de un exceso de comodidad, alimentarles con mucha química, permitirles todos los caprichos para evitar su frustración, preocuparnos más de su brillo exterior que de su robustez interior.
Las noticias actuales están cargadas de negatividad y la población joven las rehúye. Las políticas sociales no ayudan lo suficiente y la situación internacional cada vez es más dramática. Los alimentos se encarecen y muy poco se hace para frenar esa tendencia. Comer sano cada vez resulta más caro siendo ello “evitable”. Hay prioridades que han de ser mejor atendidas y quienes tienen el poder de actuar deben hacerlo cuanto antes. Los adultos somos los primeros que hemos de transmitir con el ejemplo y no se han de poner excusas infantiles a situaciones que marcarán el futuro de los nuestros.
Hemos de comer mejor (para adquirir más vitalidad y evitar patologías carenciales) delante de ellos, realizar ejercicio con más frecuencia participando con ellos en múltiples actividades, hablar más cara a cara y no regalarles un móvil hasta que no pasen de los 14 años y hemos de favorecer ese sueño más profundo evitando interferencias nocturnas pues está suficientemente estudiado que la falta de un sueño reparador dificulta la retención de conceptos, favorece el deterioro cognitivo y el envejecimiento prematuro.
Y como los queremos mucho hemos de fortalecerlos (a través de acciones directas y ejemplares sin quejarnos de lo que carece de sentido) y no ablandarlos, que es lo que se fomenta de forma indirecta por una parte importante de los adultos.
¿Estás dispuesto a ello? ¡Pues ya sabes! Come mejor, muévete más, quéjate menos, transmite con el ejemplo y de ese modo “algo irá calando”.