

George H. W. Bush alarga la travesía del desierto del Partido Demócrata (1988)
El vicepresidente durante los dos mandatos de Reagan, Bush padre, recogió el testigo de su predecesor y se impuso a un Partido Demócrata que no supo aprovechar el desgaste de los Republicanos
Actualizado el 26/10/2020 a las 06:00
Elección presidencial: quincuagésima primera
Fecha: 8 de noviembre de 1988
Votantes: 110.826.000
Estados: 51 (50 estados y el Distrito de Columbia)
Colegio electoral: 538 votos (270 necesarios)
George H. W. Bush: votos populares, 48.886.597; votos electorales, 426
Michael Dukakis: votos populares, 41.809.476; votos electorales, 111
Todo esto se barruntaba en Estados Unidos, pero la imagen de Reagan, lejos de mejorar, lejos de equipararle a la del deseado héroe que había doblegado a la URSS, se deterioró de manera notable durante su segundo mandato. Primero porque la puesta en práctica de su plan estrella de rearme, la Iniciativa de Defensa Estratégica, se reveló imposible. Quizá podía darse por bien invertido el dinero, debido a las razones expuestas en el párrafo anterior, pero lo cierto es que era difícil esconder que había sido un proyecto equivocado y caro. Además, a Reagan le explotó entre las manos el escándalo del Irán-Contra (ver “La lupa”), que en sí mismo era todo un catálogo de barrabasadas diplomáticas y morales. La edad tampoco le ayudó al presidente: en 1988 ya frisaba los ochenta años y se vio obligado a delegar buena parte de los asuntos importantes en su segundo, George H. W. Bush -a quien, por descontado, todavía no se le conocía como "Bush padre", ya que todavía no había que diferenciarlo de su hijo George W. Bush-.
El partido de la oposición, el Demócrata, por fin veía un resquicio de luz en el horizonte. El triunfo de Jimmy Carter en el 76 era el único que habían logrado desde los tiempos de Lyndon B. Johnson (1963-1969): cuatro años de gobierno en dos décadas. Sin embargo, las señales eran positivas de cara a las elecciones de 1988. Habían ganado el control del Senado dos años antes y las encuestas les animaban a creer que un cambio en la Casa Blanca era posible. Proliferaron los candidatos, animados por el extremadamente abierto proceso de primarias del partido, si bien uno de los favoritos, el gobernador de Nueva York, Mario Cuomo, se borró por propia voluntad. Otro nombre fuerte, el del senador Gary Hart, también quedó pronto descartado: él había retado a la prensa a que demostrara que no le era fiel a su mujer, justo antes de ser "cazado" disfrutando de un romántico fin de semana en Miami con la joven modelo Donna Rice... que no era su esposa, desde luego. Finalmente, en las primarias se estableció una cerrada competición entre el liberal Michael Dukakis, el reverendo Jesse Jackson y Al Gore, futuro vicepresidente del país en los años 90. Dukakis llegó a la Convención Nacional Demócrata con clara ventaja, pero desde 1984 el aparato del partido se había protegido frente a aspirantes indeseados con la instauración de los “superdelegados” (ver Glosario). Esto generó cierta incertidumbre a la nominación del candidato, pero Dukakis consiguió que Jesse Jackson apoyara su candidatura y con ello dio carpetazo a cualquier posibilidad de que hubiera una sorpresa: fue elegido sin oposición.
En el Partido Republicano se optó por una sucesión lógica. George H. W. Bush había estado dos mandatos a la sombra -teóricamente- de Reagan, pero lo cierto es que en parte del segundo había ejercido un poder que excedía las limitaciones habituales de la vicepresidencia. Bush se comprometió a seguir con el programa ideológico de su antecesor, aunque muchos de sus compañeros de partido temían que diera un giro "hacia el centro". El asunto de los impuestos estaba encima de la mesa. Reagan era un firme partidario de reducirlos al mínimo, ¿pero Bush? El tema se mantuvo en ebullición incluso después de que Bush fuera nominado, lo cual llevó a este a pronunciar una célebre frase en su discurso en la Convención Nacional Republicana: "Lee mis labios: no nuevos impuestos", dijo. Aquella expresión había de costarle cara en el futuro. En esa Convención también habló Reagan. Verbalizó su testamento político y mostró su apoyo a Bush; un último servicio al partido que no fue baladí. Hasta entonces, las encuestas habían dado como ganador a Dukakis; después, dieron un vuelco y apuntaron a favor de Bush.
La campaña giró alrededor de las personalidades de los candidatos y no tanto sobre ideas o programas. Dukakis fue duramente torpedeado por los ingeniosos "spots" televisados de los Republicanos, que le presentaban como un “señorito” de Harvard; al mismo tiempo, Bush logró mostrarse como una versión más agradable y menos áspera de Reagan. Los debates sentenciaron la contienda: hubo dos entre los candidatos presidenciales y Dukakis acudió al segundo aquejado de gripe, ofreció un pobre desempeño y puso en bandeja la victoria a su rival. No obstante, una mala decisión de Bush estuvo cerca de brindar algo de picante a los comicios. Este había pensado que el senador Dan Quayle sería un buen candidato a la presidencia, ya que alguien “tan guapo” debía ser útil para ganarse el voto de los jóvenes y mujeres. Sin embargo, durante la campaña, Quayle acusó su falta de experiencia y se reveló como un activo valioso para el partido rival, dada su tendencia a meterse en un jardín cada vez que abría la boca. Finalmente, no hubo emoción. Bush venció con un margen respetable en cuanto al voto popular -superó en un 8% a su rival- y logró una amplísima mayoría en el Colegio Electoral al alcanzar los 426 sufragios. Los Republicanos no habían ganado en tres elecciones consecutivas desde los “felices años 20” y por fin volvían a hacerlo, confirmando que los Demócratas no le habían tomado el pulso a la sociedad estadounidense tras la ruptura de la “Coalición del New Deal”; de hecho, seguían extraviados en su penosa travesía del desierto, aunque pronto, de la mano de un joven gobernador de Arkansas, iban a salir de ella.
Una vez resuelto el asunto de los rehenes, la Administración Reagan proclamó a los cuatro vientos que el embargo seguía en pie, bajo la acusación a Irán de que apoyaba el terrorismo. Sin embargo, 'sotto voce' comenzó a circular por Washington la idea de que tal embargo podía resultar contraproducente, ya que a la Unión Soviética se le presentaba la oportunidad de ganarse un aliado en Oriente Medio. Y Persia, la moderna Irán, no es un aliado cualquiera; nunca lo ha sido desde hace más de dos mil años.
Así, Estados Unidos estiró su sempiterno sentido práctico hasta extremos insospechados. Por un lado, sabía que Irán conspiraba por extender la revolución islámica por Arabia y los estados del Golfo Pérsico, lo que le convertía en un enemigo de primer orden. Por otro, comenzó a propagar la idea entre las cancillerías del resto del mundo de la inmoralidad que suponía vender armas a Irán. Y para rizar el rizo, la propia nación norteamericana se encargó de suplir de armamento al régimen de Jomeini.
Cuando se conoció este asunto, en 1986, provocó un revuelo mayúsculo. No podía ser de otra manera. Pero es que aún había más: como el dinero que pagaba Irán por esas armas debía permanecer oculto, desde Washington se ideó un modo de emplearlo sin que tuviera que salir a la luz. Esa salida se encontró en Centroamérica. Estados Unidos apoyaba allí a la insurgencia contraria al régimen sandinista de Nicaragua, que recibía el nombre de “Contra”, y el dinero iraní acabó financiándola. Por esta razón, a todo este nauseabundo “affaire” se le conoció popularmente como el “escándalo Irán-Contra”.
Las investigaciones en Estados Unidos no fueron sencillas. La Administración Reagan puso obstáculos hasta que la evidencia fue irrebatible. Entonces, en marzo de 1987, Reagan habló a la nación en un discurso televisado y asumió “toda la responsabilidad”. No obstante, las investigaciones posteriores del Congreso exoneraron al presidente, al considerar que no tenía conocimientos del asunto, y a cambio fueron acusados once miembros de la Administración, incluido el secretario de Defensa Caspar Weinberger, si bien no hubo condenados en firme o, los que lo fueron, recibieron el indulto por parte del sucesor de Reagan, George H. W. Bush.
La situación no tuvo arreglo hasta 1984, cuando se creó una comisión para que metiera mano en el asunto. Esta creó la figura de los “superdelegados”: representantes que tienen asegurada su participación en la convención nacional sin que les ate la obligación de votar a un candidato establecido previamente en unas primarias. Así, en la práctica, el aparato del partido, el “establishment”, se dotó de mimbres para contrapesar el “exceso” de democracia.
La figura del “superdelegado” es privativa del Partido Demócrata -aunque oficiosa-; los Republicanos no la contemplan, si bien en ocasiones se utiliza para referirse a ciertos miembros de esta formación que tienen una plaza asegurada en la convención.

