Continuar

Hemos detectado que tienes en Diario de Navarra.

Con el fin de fomentar un periodismo de calidad e independiente, por favor o suscríbete para disfrutar SIN PUBLICIDAD de la mejor información, además de todas las ventajas exclusivas por ser suscriptor.

SUSCRÍBETE
Edición impresa

Actualidad Navarra, Pamplona, Tudela, Estella, Osasuna, Deportes, Gobierno de Navarra, Ayuntamiento de Pamplona, Política, Economía, Trabajo, Sociedad.

La debilidad de Carter abre las puertas a la era Reagan (1980)

El presidente se mostró incapaz de resolver la crisis económica y los desafíos internacionales, lo que dio alas al candidato del Partido Republicano

24/10/2020
FICHA
Elección presidencial: cuadragésimo novena
Fecha: 4 de noviembre de 1980
Votantes: 93.066.000
Estados: 51 (50 estados y el Distrito de Columbia)
Colegio electoral: 538 votos (270 necesarios)
Ronald Reagan: votos populares, 43.903.230; votos electorales, 489
Jimmy Carter: votos populares, 35.480.115; votos electorales, 49
John B. Anderson: votos populares, 5.719.850; votos electorales, 0                                                                                                                                                            
Los mismos asuntos económicos y de política internacional que habían jugado en contra de Gerald Ford en las elecciones de 1976, los mismos que ayudaron a Jimmy Carter a vencer en esos comicios, se volvieron en su contra cuatro años después. Y lo hicieron, precisamente, por su incapacidad para resolverlos. La economía no mejoró de manera significativa durante su mandato: la inflación siguió en aumento y también el desempleo, y las medidas de la Administración poco podían hacer por mejorar el panorama, ya que en buena parte los problemas se debían a la interferencia de fuerzas que escapaban a su control -por ejemplo, de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), que seguía tensionando los mercados desde la Crisis de 1973-. Asimismo, la Guerra Fría seguía dando sobresaltos. A Carter le explotó entre las manos el asunto de la toma de más de 50 rehenes estadounidenses en la embajada en Teherán (ver "La lupa"), un desafío que no supo gestionar con acierto, y a la postre se encontró también con la invasión soviética de Afganistán.
Además, por si le faltara algo más al guiso, hubo otro asunto que minó el prestigio del presidente. Este se produjo en el Caribe, a las puertas de Estados Unidos. La huida de cubanos descontentos con el régimen de Fidel Castro o simplemente hambrientos había ido en aumento durante toda la década de los 70, pero se recrudeció en especial entre el 18 de diciembre de 1979 y el 31 de octubre de 1980, cuando se produjo un movimiento masivo desde la isla hacia Florida. La avalancha de refugiados se conoció como Éxodo del Mariel, tomando el nombre del puerto desde el que partían los cubanos, y a estos se les denominó con cierto deje despectivo como “Marielitos”. La Administración Carter, en un principio, acogió de buen grado a los inmigrantes, e incluso la propia opinión pública de Estados Unidos los recibió con simpatía. Sin embargo, debido al volumen de “Marielitos” que arribaban a las costas de Estados Unidos -se calcula que más de 125.000 personas salieron de Cuba en apenas unos meses-, las autoridades cambiaron de actitud e intentaron frenar la avalancha, lo cual generó un sentimiento de malestar en buena parte del país y, en especial, entre la cada vez más numerosa colonia cubana en Florida.
Todos estos ingredientes sembraron el descontento alrededor de la figura de Carter. Aun así, no había ningún precedente de que un presidente decidido a pelear por la reelección fuera apartado de la carrera electoral por su propio partido, y eso jugaba a favor de Carter. En su contra, además de su baja popularidad, conspiraba el hecho de que los miembros más influyentes del Partido Demócrata apostaban por jugar de una vez la carta de Ted Kennedy. El apellido de este senador no necesitaba presentación. Su hermano mayor, John, había sido presidente entre 1960 y 1963, antes de morir asesinado en Dallas. Otro de sus hermanos, Robert, alcanzó el puesto de Fiscal General y murió de un modo igualmente violento. Sus figuras se agigantaron con el paso de los años y los Kennedy se convirtieron en lo más parecido a una familia de “sangre azul” en Norteamérica. Así, el senador Ted aparecía en las quinielas elección tras elección, aunque siempre mostró reticencias a competir por la Casa Blanca. Si en 1980 hubiera dado un firme paso adelante, hubiera ganado con toda probabilidad a Carter, pero no lo hizo. Las dudas de Ted Kennedy abrieron un resquicio para el triunfo de Jimmy Carter, que supo volver a manejarse con éxito en las primarias -como en 1976- y terminó alcanzando la nominación por un estrecho margen.
Desde la oposición, el Partido Republicano sabía que estaba ante una oportunidad pintiparada. Ronald Reagan se había quedado muy cerca de vencer a Gerald Ford en la Convención Nacional del 76, así que volvió a probar suerte encabezando a la facción conservadora. Frente a él se postuló el director de la CIA, George H. W. Bush, y ambos participaron en el proceso inicial de primarias. Pronto quedó claro que Reagan era imbatible, de modo que Bush se retiró de la pelea. El gesto tuvo recompensa, ya que posteriormente fue premiado con su candidatura a la vicepresidencia como compañero de cartel del propio Reagan.
Otro miembro del Partido Republicano, John B. Anderson, descontento con el triunfo de la facción conservadora, y también en desacuerdo con las ideas progresistas de Jimmy Carter, tiró por la calle de en medio e impulsó una candidatura independiente. Además, convenció al antiguo gobernador de Wisconsin, el Demócrata Patrick Lucey, para que le acompañara como aspirante a la vicepresidencia. Entre ambos realizaron una campaña centrista, prometedora en sus inicios pero que poco a poco fue decayendo, al ritmo que los votantes se polarizaban ideológicamente y eran atraídos por Carter y Reagan.
En otoño de 1980, las encuestas daban como ganador a Reagan con una amplia diferencia. De todas maneras, los dos candidatos principales eran vistos negativamente por los votantes, según los sondeos, lo cual es una circunstancia completamente anómala en la política estadounidense: en ese país el personaje más admirado suele ser de modo invariable el presidente de turno, como revela cada año la encuesta Gallup.
La campaña de Reagan giró alrededor del aumento del gasto en defensa y de la recuperación económica, si bien su discurso se centró fundamentalmente en mostrar las debilidades de Carter; en ese campo, desde luego, no le faltaba munición. El presidente, mientras tanto, poco más podía hacer que señalar los peligros de la llegada de Reagan a la Casa Blanca. Según él, el candidado Republicano era un extremista de derechas llamado a poner en peligro los avances sociales que había experimentado el país en los últimos años.
Las encuestas no erraron. Reagan amasó más del 50% del voto popular y arrasó en el Colegio Electoral: sumó el número más alto de votos electorales alcanzado jamás por un candidato que no hubiera sido antes presidente, al ganar en 44 estados. Carter se tuvo que conformar con un 41% de los votos, mientras que Anderson alcanzó un notable 6,6%, según parece a costa de arrebatarle parte del pastel a Reagan.
La llegada a la cumbre de Reagan, un exactor de Hollywood devenido en político, certificó el triunfo de las ideas que había reformulado Barry Goldwater en las elecciones de 1964. Como quedó reflejado en el reportaje sobre aquellos comicios, la derrota de Goldwater no impidió que su campaña pusiera los cimientos para una refundación del conservadurismo en el Partido Republicano. De hecho, algunos historiadores señalan que las elecciones de 1980 supusieron el inicio de una nueva etapa -la era Reagan- marcada por un realineamiento ideológico. Las facciones liberales del Partido Republicano cambiaron de chaqueta, engrosando el bando Demócrata, y lo mismo -en sentido contario- hicieron los sectores conservadores del Partido Demócrata. Así, ambas formaciones se homogeneizaron y, al mismo tiempo, ampliaron la brecha entre ellas.
La lupa: la Crisis de los rehenes en Irán
Uno de los hitos de la Guerra Fría fue el secuestro de más de cincuenta ciudadanos estadounidenses, diplomáticos en su mayoría, por parte de un grupo de estudiantes universitarios iraníes, fanáticos de la Revolución de Jomeini. La retención se prolongó durante 444 días, entre el 4 de noviembre de 1979 y el 20 de enero de 1981.
En ese mismo año de 1979, el Shah de Persia, Mohammad Reza Pahlavi, quien durante décadas había contado con el apoyo de Estados Unidos como un aliado clave en Oriente Medio, había sido destronado tras el estallido de la Revolución liderada por el ayatolá Jomeini. Tras la instauración de la República Islámica de Irán, el propio Pahlavi se trasladó a Norteamérica para ser tratado de un cáncer, pero el nuevo régimen de su país exigió su extradición para ser juzgado por los crímenes cometidos por su policía secreta. Estados Unidos se negó a deportar a su antiguo aliado, circunstancia a la que siguió el asalto a la embajada estadounidense en Teherán y la toma de los rehenes. Esta acción violaba la inmunidad diplomática de los retenidos, y causó una honda conmoción en Occidente. El propio Pahlavi abandonó Estados Unidos muy poco después, en diciembre de 1979, para trasladarse a Egipto. Allí murió en julio de 1980, debido al cáncer que sufría.
La desaparición del Shah derrocado no desenquistó el secuestro de los diplomáticos: negociadores estadounidenses e iraníes trataron en vano de resolver la situación. Carter, entonces, ordenó al ejército que realizara una misión de rescate -en la conocida como Operación Eagle Claw-, utilizando dos barcos de guerra que se encontraban en las cercanías de Irán, el Nimitz y el Coral Sea. El intento, llevado a cabo el 24 abril de 1980, fue un fiasco y se saldó con ocho soldados estadounidenses fallecidos y la dimisión del secretario de Estado, Cyrus Vance.
El secuestro continuó mientras, en septiembre de 1980, Irán era invadido por Irak, lo que hizo que el Gobierno de Teherán se volviera más permeable a la posibilidad de solucionar el secuestro por la vía de la negociación. Asimismo, en noviembre, Jimmy Carter fue derrotado en las elecciones presidenciales de Estados Unidos por Ronald Reagan, pagando entre otros asuntos el peaje por su incapacidad para resolver esta Crisis de los rehenes.
Finalmente, representantes de ambos países se reunieron en Argelia y llegaron a un acuerdo: el Gobierno estadounidense se comprometía a aceptar la demanda iraní de descongelar los fondos de ese país que estaban retenidos en bancos americanos, y también a no intervenir en sus asuntos internos. Justo un día después de que Ronald Reagan fuera investido presidente, los rehenes fueron entregados a personal estadounidense. Desde Teherán se embarcaron en un vuelo a Argel y, tras hacer escala allí, se desplazaron a la base norteamericana de Rhein-Main, cerca de Frankfurt: allí les esperaba el ya expresidente Jimmy Carter, además de un recibimiento con honores propios de héroes.
Glosario
“PARTIDO LIBERTARIO”: actualmente, en Estados Unidos, el tercer partido más importante según el número de votos es el Partido Libertario. Además, cuenta con un miembro en la Cámara de Representantes desde que en abril de 2020 se uniera a esta formación Justin Amash, tras abandonar el Partido Republicano.
En las elecciones de 1980, el Partido Libertario, que había sido fundado solo cinco años antes, presentó como candidatos a Ed Clark para la presidencia y David Koch para la vicepresidencia. Este último era un magnate industrial, que empeñó su dinero para que el partido pudiera llevar a cabo una campaña en condiciones. Como premio, Clark y Koch recibieron casi un millón de votos, si bien no consiguieron imponerse en ningún estado.
Está formación defiende un ideario político típicamente liberal, basado en un estado poco intervencionista en lo económico y la desregularización financiera y la reducción de impuestos como principales caballos de batalla. No obstante, ya en 1980 se mostraba partidario de la igualdad de derechos de los homosexuales y también abogaba por la legalización de los “sin papeles”.
Los más de 900.000 votos conseguidos en 1980 fueron el mejor resultado para el Partido Libertario hasta 2012, cuando el candidato Gary Johnson recibió más de 1.100.000 sufragios. El propio Johnson cuadruplicó esos registros cuatro años después, en 2016, al alcanzar los 4.400.000 votos, lo que confirmó al Partido Libertario como tercera alternativa del país.
volver arriba

Activar Notificaciones