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El “Watergate” concede a Jimmy Carter una victoria pírrica (1976)

Tras las históricas dimisiones del vicepresidente Spyro Agnew y del presidente Richard Nixon debido a la corrupción, los votantes debían castigar al Partido Republicano; aun así, los Demócratas lograron la victoria por los pelos

23/10/2020
FICHA
Elección presidencial: cuadragésimo octava
Fecha: 2 de noviembre de 1976
Votantes: 86.698.000
Estados: 51 (50 estados y el Distrito de Columbia)
Colegio electoral: 537 votos (269 necesarios)
Jimmy Carter: votos populares, 40.831.881; votos electorales, 297
Gerald Ford: votos populares, 39.148.634; votos electorales, 240                                                                                                                                                                
Una percepción generalizada en Europa es la de que los partidos políticos en Estados Unidos están, de una manera u otra, supeditados a los personalismos. Dicho de otro modo, existe la tendencia a considerar que los partidos en Norteamérica no son esos entes que monopolizan la gestión del acceso al poder, tal y como estamos acostumbrados a entenderlos en el Viejo Continente. Sin embargo, como hemos podido ver a lo largo de esta serie de reportajes, tanto el Partido Demócrata como el Republicano mantuvieron durante más de un siglo un férreo control sobre los caminos que conducían a la Casa Blanca. Con una salvedad: la propia amplitud del territorio y la diversidad de su población impedían que se estableciera un único aparato de partido, sino que más bien convivían diferentes facciones ideológicas o grupos de presión locales, habituados a competir por situar a sus representantes en la rampa de salida hacia las elecciones. Sirva como ejemplo de “establishment” local el Tammany Hall de los Demócratas en Nueva York, el cual logró que varios gobernadores de ese Estado fueran candidatos presidenciales, sobre todo a finales del siglo XIX. 
Entonces, ¿es correcta esa impresión de que los partidos en Estados Unidos “pintan poco” a la hora de elegir a los candidatos? Sí que lo es, nuestra intuición no nos engaña. El mismo Donald Trump es un ejemplo. A lo largo de su trayectoria ha navegado entre tres partidos: el Demócrata, el Republicano y el Partido de la Reforma. Finalmente, sin haber ocupado cargo político alguno, ni haberse baqueteado en el Congreso, fue nominado en 2016 por los Republicanos como un "outsider", un cuerpo extraño, no exactamente un independiente pero casi. Y esta tendencia a saltarse el "cursus honorum" de la política y los escalafones de los partidos irrumpió con fuerza en las elecciones que hoy analizamos, las de 1976.
No fue casualidad. El lavado de cara del proceso de nominación de los candidatos dentro del Partido Demócrata, llevado a cabo en 1972 bajo el liderazgo de George McGovern, abrió de par en par las puertas a que políticos ajenos a la cúpula pudieran aprovecharse del poder delegado a las primarias y los caucus. En la práctica, si alguien conseguía imponerse en las suficientes de estas "elecciones de cercanía" podía presentarse después en la Convención Nacional con tal número de delegados comprometidos ya a su favor que resultaría imposible derrotarle.
Esto es exactamente lo que consiguió Jimmy Carter, un semidesconocido gobernador de Georgia que logró imponerse a otros aspirantes mucho más prestigiosos, como el senador Henry M. Jackson, el diputado Morris Udall, el gobernador de Alabama George Wallace o el gobernador de California Jerry Brown. La habilidad de Carter pilló por sorpresa a los altos dignatarios Demócratas: cuando fueron conscientes de que este tenía opciones reales de ganar, trataron de unir fuerzas alrededor de un movimiento denominado "Anybody but Carter" ("cualquiera menos Carter"). Por desgracia para ellos ya era tarde, y Carter logró salir nominado.
Quien a la postre fue el rival de Carter en los comicios de 1976 tampoco destacaba por su popularidad entre sus correligionarios, los Republicanos. Se trataba de Gerald Ford, y aunque era el presidente, muchos le consideraban abiertamente un inepto. No obstante, dadas las circunstancias de la legislatura anterior, se le permitió a él que peleara una batalla que se consideraba perdida de antemano. Así, antes de seguir, se hace preciso repasar qué había sucedido durante los cuatro años anteriores. La legislatura, recordemos, había comenzado con el triunfo de Nixon en las elecciones de 1972, por un margen histórico además. Y lo cierto es que el segundo mandato de Nixon no fue menos pródigo en efemérides históricas -negativas- que aquellos comicios...
La raíz de todo el asunto fue el escándalo Watergate. El caso se había abierto al descubrirse que el complejo Watergate, la sede del Partido Demócrata en Washington, había sido allanada por unos extraños. Las investigaciones periodísticas, ayudadas por filtraciones del archifamoso "Garganta profunda", destaparon que el Partido Republicano podía estar de algún modo relacionado con el asunto. Nixon, desde luego, ya era conocido por su afición al juego sucio, de lo cual había dejado sobradas muestras durante las campañas electorales de 1968 y 1972. Sin embargo, esta vez había pruebas, y apuntaban muy alto. Tan alto como para alcanzar al mismísimo presidente. Este se negó a colaborar en la investigación, y las críticas de la opinión pública arreciaron. En medio de la tormenta, el vicepresidente Spyro Agnew comenzó a ser investigado por haber aceptado cierto soborno durante su periplo como gobernador de Maryland, lo que le llevó a ser procesado por evasión fiscal y blanqueo de dinero. Cuando fue condenado a pagar una multa y y a tres años de libertad condicional, renunció a su cargo.
Esta dimisión era inédita en la historia de Estados Unidos. Por primera vez fue necesario aplicar la Vigésimo quinta Enmienda de la Constitución, según la cual el presidente debía designar un sustituto, que posteriormente necesitaría la aprobación mayoritaria de las dos cámaras del Congreso. Nixon propuso a Gerald Ford, y el Congreso le confirmó en el puesto. Al presidente Nixon le hubiera encantado que la renuncia de Agnew sirviera para acallar las críticas y detener las investigaciones. De hecho, el propio Agnew se consideraba una cabeza de turco. Pero el Watergate siguió acaparando portadas y también dio el salto a los tribunales. Una postrera maniobra de Nixon para interferir en los nombramientos de los fiscales encargados del caso terminó de desprestigiarle. Tras la “Masacre del sábado por la noche” (ver “La lupa”), en la que hasta tres fiscales perdieron su cargo -dos por renuncia y otro despedido-, Nixon quedó sentenciado. Aguantó diez meses más en la presidencia, prolongando la agonía quizá con la esperanza de terminar su mandato, pero el 9 de agosto de 1974 -para evitar ser declarado culpable en un "impeachment" del Congreso- dimitió finalmente. Esto también era nuevo por completo, y permitió que Gerald Ford, quien había comenzado la legislatura como simple "diputado", terminara ocupando la vicepresidencia, primero, y después, la propia presidencia.
Una de las decisiones tempranas de Ford, hecha pública el 8 de septiembre de 1974, fue conceder el indulto a Nixon. Se trataba de un primer paso ciertamente impopular. De todas maneras, la situación para el Partido Republicano era tan complicada que la carencia de simpatías hacia su candidato podía considerarse como un detalle inevitable. No en vano, a las críticas por el escándalo Watergate se unirían pronto las turbulencias derivadas de la Crisis del petróleo de 1973. Cuando se acercaba el momento de volver a someterse al dictado de las urnas, los datos económicos del país reflejaban un desempleo rampante, bajo crecimiento y alta inflación: es decir, uno de los círculos viciosos más temido por los economistas. La guinda del pastel fue el cierre en falso de la Guerra de Vietnam con la retirada de las tropas estadounidenses, lo cual dejó a los antiguos aliados del sur a merced de una invasión de los norvietnamitas comunistas, que se produjo finalmente en 1976. El Partido Republicano no tenía demasiada confianza en Gerald Ford. Sin embargo, él era el presidente y eso debía contar. Además, reunía ciertas simpatías entre los moderados del partido, aunque solo fuera por oposición a los conservadores, alineados alrededor de la figura de Ronald Reagan. Casi por sorpresa, Ford se impuso por un estrecho margen a Reagan en la primera votación de la Convención Nacional Republicana y resultó nominado.
En el inicio de la campaña, Carter se encontraba a priori en una situación idílica. No obstante, el calendario jugó a favor de su rival. En 1976, Estados Unidos debía cerebral su Bicentenario y esto permitió a Ford organizar diversos fastos, todos televisados a nivel nacional, y ejercer como anfitrión ante la visita de dignatarios extranjeros como la reina Isabel II de Inglaterra. Ese papel le permitió ganar cierta aura de respetabilidad. Las encuestas así lo reflejaron. Ford seguía por detrás de Carter, pero por un margen más estrecho. Además, el candidato Republicano recibió un nuevo espaldarazo gracias a su buen desempeño en el debate televisivo y también a ciertas declaraciones poco afortunadas del propio Carter a la revista Playboy. Un vuelco electoral “a lo Truman” asomaba en el horizonte. Y quizá se hubiera hecho realidad si tanto Ford como su candidato a la vicepresidencia, Bob Dole, no hubieran cometido relevantes patinazos al opinar sobre la política exterior.
Así, tras una campaña errática por parte de los aspirantes, las encuestas de última hora apuntaban a un empate virtual. Es más, el propio día de las votaciones fue necesario esperar toda la noche antes de que se pudiera determinar un vencedor. Finalmente, lo fue Carter por un exiguo margen; tanto que Ford llegó a imponerse en más estados -27 a 23-, pero estos le otorgaron menor cantidad de votos electorales -240 a 297-. En cuanto al voto popular, Carter logró solo un 2% más que su rival.
Con estos datos en la mano, el partido vencedor, el Demócrata, no podía estar satisfecho. Si con todo el viento a favor, y en un contexto tan adverso para su rival, había logrado imponerse a duras penas, las perspectivas para el futuro no eran precisamente halagüeñas. Carter, así, comenzó su mandato con un cierto aire de provisionalidad, lo que siempre acostumbra a traducirse en debilidad y es el preludio de la derrota. Pero eso ya es materia para el próximo reportaje de esta serie.
La lupa: la Masacre del sábado por la noche
El escándalo Watergate debía ser un candidato obvio para “La lupa”. Sin embargo, igual que ocurriera con los debates de Kennedy y Nixon, la importancia del hecho y sus implicaciones desbordan los límites de esta sección. Sobre el asunto de los debates se incluyó un capítulo especial dedicado exclusivamente a este asunto, intercalado entre los dedicados a las elecciones de 1960 y 1964. Del mismo modo, no está descartado que en el futuro se complete esta serie con un análisis detallado del que se puede decir que ha sido el caso de corrupción política más influyente de la historia de Estados Unidos. Sin embargo, de momento pondremos la lupa sobre uno de los momentos álgidos del Watergate, la conocida como "Masacre del sábado por la noche".
Empecemos por el contexto. La detención en junio de 1972 de cinco personas acusadas de allanar el Complejo Watergate -sede del Partido Demócrata en Washington D.C.- condujo, tras una filtración de la CIA y una célebre investigación periodística, a sospechar que miembros del Partido Republicano podían estar de alguna manera involucrados.
Durante los meses siguientes, la Administración Nixon puso todo tipo de trabas a la investigación, lo cual generó las lógicas suspicacias entre una opinión pública sobresaltada a golpe de titulares de prensa. Finalmente, el Fiscal General, Elliot Richardson, se vio obligado a garantizar a la Cámara de Representantes que asignaría el caso a un fiscal independiente. En mayo de 1973 cumplió su palabra, poniendo a Archibald Cox al frente de la investigación judicial con el cargo de Fiscal Especial Independiente. Cox, según la ley, se encontraba bajo la autoridad directa de Richardson y no podía ser retirado de la investigación salvo que mediara una causa justificada. El propio Richardson tuvo que confirmar este punto en el Senado.
En el curso de sus pesquisas, Cox solicitó a Nixon que le entregara las copias de las comunicaciones grabadas en el Despacho Oval, pero se topó con la negativa del presidente. A cambio, este ofreció al fiscal la posibilidad de que un senador Demócrata, John C. Stennis, escuchara y editara las grabaciones antes de enviarlas. Cox, no obstante, rechazó el ofrecimiento e insistió en que le fueran entregadas las conversaciones originales. Esta respuesta del fiscal llegó el viernes 19 de octubre a la Casa Blanca y al día siguiente, el sábado 20, Nixon exigió a Elliot Richardson que destituyera a Cox. El Fiscal General no sólo no atendió la solicitud del presidente, sino que además renunció a su cargo como protesta. Nixon se dirigió entonces al Fiscal General Adjunto, William Ruckelshaus, le transmitió idéntica solicitud que a Richardson y recibió la misma respuesta -dimisión incluida-. Pero el presidente no se detuvo ahí: recurrió al Procurador General, Robert Bork, y le instó a cesar a Cox. Bork juró de inmediato su nuevo cargo como Fiscal General y se trasladó a la Casa Blanca, desde donde escribió la carta de despido para Cox.
El Congreso reaccionó con furia a las presiones de Nixon a los fiscales, acusándole de haber incurrido en un evidente abuso de poder. Según una encuesta realizada entonces, la opinión pública, informada de todos los entresijos por la prensa -en especial, por el Washington Post-, tenía una percepción similar y a la sede del gobierno llegaron innumerables peticiones para que el presidente se sometiera a un "impeachment" por parte del Congreso.
Curiosamente, la jugada le sirvió de poco a Nixon, ya que Bork nombró a un nuevo Fiscal Especial Independiente, Leon Jaworski. Este no fue menos inquisitivo que Cox y llevó adelante su investigación hacia las “cloacas” del Partido Republicano, sobrepasando los límites del simple allanamiento del Watergate. Además, meses después un juez federal dictaminó que el despido de Cox había sido ilegal, ante la inexistencia de razones que lo justificaran. Todo eso hizo que Nixon se mostrara menos reticente a entregar las grabaciones, si bien algunas aparecieron recortadas o parcialmente borradas. La presión contra el presidente siguió aumentando hasta que él mismo, convencido de que un “impeachment” le sacaría de la Casa Blanca, renunció el 9 de agosto de 1974.
El origen de la expresión “Masacre del sábado por la noche” sigue en disputa, si bien se considera que apareció por primera vez en una noticia del 22 de octubre de 1973 en el Washington Post. Los hechos sucedidos aquel sábado llevaron a la aprobación cinco años después de una Ley de Ética en el Gobierno.
Glosario
“CONDADOS”: en Estados Unidos, un condado es la subdivisión administrativa y política dentro de un estado. A pesar de su importancia, el término no ha abundado en esta serie. Apareció, por ejemplo, al explicar el significado de “Gerrymander”, pero el foco desde el que se ha concebido estos reportajes era demasiado amplio como para entrar en detalles sobre los resultados electorales en cada uno de los condados. Baste este Glosario de hoy para paliar de algún modo esta deficiencia.
Los condados están presentes en 48 de los Estados; solo Luisiana y Alaska no los tienen o, mejor dicho, no los denominan como tal, ya que sí poseen subdivisiones equivalentes llamadas “parroquias” y “distritos”, respectivamente.
El poder de los condados no es uniforme, ya que varía según los estados, si bien la norma es que estén dotados de notables competencias. Su número y tamaño tampoco guarda un equilibrio, ya que hay estados como Delaware que solo cuentan con tres condados, mientras que Texas tiene más de 250. El condado más grande, no obstante, es el de Los Ángeles. En total, hay 3.143, que a su vez se subdividen entre pueblos, municipios y áreas no incorporadas.
En las elecciones de 1976, Jimmy Carter ganó en 1.711 condados, mientras que Gerald Ford se impuso en 1.403. Desde entonces, ningún otro candidato del Partido Demócrata ha ganado en más condados que su rival del Partido Republicano.
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