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Reagan restablece el orgullo del país y gana por aclamación (1984)

Mediante una política exterior agresiva y apelando a los valores tradicionales en el interior, Reagan cambió el rumbo de la Guerra Fría y sacó a Estados Unidos de la crisis económica. Con estos avales, su figura se convirtió en una apisonadora electoral

25/10/2020
FICHA
Elección presidencial: quincuagésima
Fecha: 6 de noviembre de 1984
Votantes: 101.878.151
Estados: 51 (50 estados y el Distrito de Columbia)
Colegio electoral: 538 votos (270 necesarios)
Ronald Reagan: votos populares, 54.455.472; votos electorales, 525
Walter Mondale: votos populares, 37.577.352; votos electorales, 13                                                                                                                                        
Ronald Reagan estuvo muy cerca de convertirse en el presidente con la más breve estancia en la Casa Blanca de la historia. Solo 69 días después de asumir la presidencia, fue tiroteado a la salida del hotel Hilton de Washington. Tenía ya 70 años y una bala le había perforado un pulmón; aun así se recuperó con relativa rapidez y pudo continuar en el cargo. Su agresor, John Hinckley Jr., fue detenido y juzgado, aunque se le declaró inocente por no estar en sus cabales y fue encerrado en una institución psiquiátrica. Aquel inicio accidentado de legislatura no parecía un buen presagio para el presidente. Es cierto que, cuando asumió el poder, la Crisis de los rehenes de Irán ya se había solucionado, pero quedaba el no menos espinoso asunto del frenazo de la economía. El crecimiento era débil y la inflación alta, lo que se conjugó para que el país cayera en recesión entre 1981 y 1982. Reagan tomó medidas concretas, pero sobre todo se centró en un objetivo más etéreo y quizá más importante: restaurar el orgullo herido de la población. Como ocurre habitualmente durante una depresión económica, las perspectivas negativas de los consumidores solo contribuyen a empeorar la situación, como si fuera una suerte de profecía autocumplida, así que desde la Administración se puso todo el empeño en recuperar los valores que habían llevado a los estadounidenses a ser la primera potencia mundial. De hecho, se hizo hincapié en los más tradicionales de esos valores, a pesar de que estos ya solo regían la vida de una parte de los ciudadanos: el esfuerzo, el trabajo, la familia... los referentes “carcas” por antonomasia. Aquello sonaba a herejía después de los “hippies” años 70, del “Mayo del 68” y de la fanfarria que había acompañado a festivales “rompedores” como Woodstock, pero lo cierto es que aquel giro conservador caló con fuerza, arrinconó al movimiento hippie y lo condenó a pasar a la historia como una moda pasajera. 
La economía tardó en dar señales positivas, pero al fin mejoró. Más que eso: cuando lo hizo, experimentó un auténtico rebote, de tal manera que en 1984 Reagan parecía haber obrado un milagro. Y quizá los resultados hubieran sido aún más notables si el presidente no se hubiera empeñado en dilapidar dinero en un faraónico proyecto de defensa: la Iniciativa de Defensa Estratégica, también conocida en la época como “Guerra de las galaxias” (ver “La lupa”). No obstante, si los estadounidenses, según el ideario de Reagan, habían de inspirarse en su glorioso pasado para salir de la crisis, era preciso que el presente no lo fuera menos. De este modo se entiende no sólo esta iniciativa "galáctica", sino la actitud de la Administración frente a la Unión Soviética, marcada por una beligerancia verbal casi sin precedentes, y también en Centroamérica, donde se peleó por no perder ni un ápice de influencia en los estados susceptibles de caer en la órbita de Moscú.
En 1984, Reagan era imbatible dentro de su propio partido, el Republicano. Tenía 73 años y dada su edad podía pensarse en que no buscaría un segundo mandato, pero si alguno contaba con ello para aspirar a la presidencia, se equivocaba. Reagan se postuló para la reelección y prácticamente nadie se atrevió a presentar una candidatura paralela. Fue nominado con 2.233 votos de los delegados del partido, de 2.235 posibles.
La designación de candidatos dentro del Partido Demócrata resultó más competida. Como ya era costumbre, Ted Kennedy había estado en las quinielas, pero ya en diciembre de 1982 anunció que no contaran con él. Así, Walter Mondale, vicepresidente en el único mandato de Jimmy Carter, aparecía como el favorito de los magnates del partido, lo cual no era decir demasiado, ya que en esa formación contaban especialmente las primarias y para ganar en ellas hacía falta remangarse y conseguir el apoyo del afiliado de a pie. Mondale se topó con dos rivales dispuestos a no ponerle fácil el triunfo. Uno de ellos era el reverendo Jesse Jackson. Gracias a su lucha a favor de la igualdad de derechos, contaba con un gran prestigio y parecía que podía convertirse en el primer candidato negro a la presidencia; sin embargo, sus resultados en las primarias fueron discretos: no pasó del 8% de los votos. El otro aspirante era Gary Hart, senador de Colorado, y este sí venció en las suficientes primarias como para poner nervioso a Mondale. Finalmente, ambos se batieron en un debate televisado, en el que el exvicepresidente trituró a su rival con una famosa frase, “Where is the beef?”, que puso de relieve la falta de concreción y de “chicha” de las ideas de Hart.
En la Convención Nacional Demócrata, celebrada el 16 de julio en San Francisco, Mondale se impuso gracias en buena parte al apoyo de los “superdelegados”; es decir, de los delegados elegidos a dedo por el aparato del partido. En un primer momento ofreció la candidatura a la vicepresidencia a Mario Cuomo, gobernador de Nueva York, pero este rehusó y a cambio recomendó a una de sus colaboradoras, la diputada Geraldine Ferraro. Mondale dio por bueno el consejo y Ferraro entró en los libros de historia como la primera mujer en formar parte del cartel electoral de uno de los grandes partidos.
Por otra parte, en las elecciones de 1980 quedó patente el crecimiento de un tercer partido, el de la Unión Nacional, liderado por John B. Anderson. El propio Anderson deseaba pasar el testigo, con la prudente intención de que el partido no se asociara en demasía a su figura. Sin embargo, no encontró a la persona adecuada y, además, las encuestas le avisaron de que si se presentaba a las elecciones lo única que iba a conseguir era arrancar votos a los Demócratas. Como su intención no era, ni mucho menos, facilitar el triunfo a quien ya era suficientemente favorito -Ronald Reagan, en este caso-, retiró a su formación y dio su apoyo a Mondale.
Durante la campaña, Mondale apostó por una política internacional de “peace and love”, de desarme militar para facilitar un entendimiento con la Unión Soviética, en contraposición a la agresividad de Reagan. No había mucho más de dónde intentar desgastar al presidente, así que la estrategia era cuando menos lógica. Su problema fue que el Partido Republicano contraatacó con un famoso anuncio de televisión titulado “Bear in the woods” (ver Glosario), que desactivó cualquier conato de crítica a la política de mano dura de Reagan. Además, otro “spot” igualmente efectivo, llamado “Morning in America”, terminó de decantar la partida: en él se mostraba a orgullosos trabajadores estadounidenses acudiendo a su lugar de trabajo mientras una voz recordaba a los espectadores que la recobrada prosperidad se la debían a Reagan, para terminar con el lema “Prouder, stronger, better” (“más orgulloso, más fuerte, mejor”), que se convirtió en el eslogan oficioso de campaña para los Republicanos.
Reagan terminó por convencer incluso a muchos votantes Demócratas, que dieron la espalda a Mondale para votar por la reelección del presidente. Los comicios fueron un abuso. Los Republicanos ganaron en todos los estados menos en Minnesota -del que procedía Mondale- y el Distrito de Columbia, lo que se tradujo en 525 votos electorales de 538 posibles. En cuanto al voto popular, no hubo muchas dudas con el recuento: el vencedor logró 54 millones de votos, por los 37 milones de su rival. Y con este espaldarazo masivo, Reagan regresó a la Casa Blanca para ser nuevamente investido en enero de 1985, estableciendo otro récord: a sus 73 años se convirtió en el presidente de mayor edad en el momento de asumir el cargo.
La lupa: la guerra de las galaxias
La guerra de las galaxias es el nombre coloquial que recibió un programa de Defensa estadounidense impulsado por Ronald Reagan y que pretendía militarizar el espacio para dejar obsoletas a las armas nucleares. La denominación real de este programa fue Iniciativa de Defensa Estrátegica y saltó a la luz en un discurso del propio presidente, pronunciado el 23 de marzo de 1983. A partir de entonces, científicos y técnicos de Estados Unidos participaron en la investigación y desarrollo de todo tipo de métodos para detectar e interceptar misiles de largo alcance y, también, lanzar un eventual contraataque.
En un primero momento, el plan de Reagan reavivó los temores de que la Unión Soviética respondiera con una escalada armamentística. De hecho, se considera que el aumento de los gastos militares en Estados Unidos durante la era Reagan generó un efecto espejo en su rival, que terminó por agotar a la ya exhausta economía soviética y precipitó la caída del régimen comunista.
No obstante, la envergadura del proyecto estadounidense era de tal magnitud que sobrepasó los límites de los mandatos de Reagan e incluso de su sucesor, George H.W. Bush, y de la Guerra Fría. Ya en 1987 la American Physical Society publicó un estudio en el que consideraba imposible la materialización práctica a corto plazo de las investigaciones que se estaban llevando a cabo, el cual provocó que decayera la financiación.
Poco después, la caída del régimen soviético de Moscú supuso la entrada en una nueva etapa en las relaciones internacionales, marcada por las intervenciones locales -como en Irak, por ejemplo, en la Guerra del Golfo- y por el uso de un armamento de intervención directa y corto alcance. En 1993, ya con Bill Clinton en la Casa Blanca, la Iniciativa de Defensa Estrátegica se clausuró de forma definitiva, dando paso al menos glamouroso Sistema de Defensa de Misiles Balísticos Aegis.
Glosario
“HAY UN OSO EN LA ESPESURA”: la estrategia electoral del Partido Republicano para los comicios de 1984 exprimió las posibilidades de los anuncios de televisión. Dos de ellos resultaron especialmente certeros. Uno, titulado “Morning in America”, apuntaba al resurgimiento de la economía estadounidense e instauró el famoso lema “Prouder, stronger, better”. El otro, denominado simplemente “Bear” (oso), mostraba a un oso pardo en un bosque, mientras una voz en off avisaba de la peligrosidad de ese animal y de que lo inteligente era prepararse frente a su eventual ataque. En el tramo final del anuncio, un hombre irrumpía en la escena y el oso huía, justo antes de que apareciera una imagen de Reagan junto al siguiente epígrafe: “Presidente Reagan: preparado para la paz”.
El mensaje del anuncio tuvo variadas interpretaciones. Esto no deja de resultar curioso, ya que la intención de loar la política internacional de Reagan no puede ser más transparente. Primero, a la Unión Soviética se le acostumbraba a representar como un oso y, segundo, una de las líneas principales del mandato de Reagan había sido el aumento del gasto militar en previsión de una posible guerra. Antes de que el anuncio fuera emitido, buena parte de la opinión pública se había mostrado favorable a la propuesta del candidato Demócrata, Walter Mondale, de negociar con la URSS; después, esa posibilidad recibió un respaldo minoritario, lo que da una idea del éxito de la campaña.
El “spot” había sido escrito y narrado por Hal Riney, autor también del célebre “Morning in America”. Posteriormente, la expresión “hay un oso en la espesura” se convirtió en un dicho popular en el ámbito político como sinónimo de problemas en el horizonte. Además, la idea del anuncio fue reutilizada por George W. Bush en 2004, cambiando osos por lobos, y por Ted Cruz, en 2015, con escorpiones.
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