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Nixon se toma la revancha en un país asomado al caos (1968)

Nixon se toma la revancha en un país asomado al caos (1968)

La división social, los disturbios raciales, los asesinatos de personajes preeminentes y la Guerra de Vietnam generaron una atmósfera contraria al partido Demócrata del presidente Lyndon B. Johnson. Nixon aprovechó la coyuntura para alcanzar por fin la Casa Blanca

21/10/2020 a las 06:00

FICHA
Elección presidencial: cuadragésimo sexta
Fecha: 5 de noviembre de 1968
Votantes: 73.199.998
Estados: 51 (50 estados y el Distrito de Columbia)
Colegio electoral: 537 votos (269 necesarios)
Richard Nixon: votos populares, 31.783.783; votos electorales, 301
Hubert Humphrey: votos populares, 31,271,839; votos electorales, 191
George Wallace: votos populares, 9.901.118 ; votos electorales, 46                                                                                            

Lyndon B. Johnson había conseguido en 1964 un respaldo espectacular por parte del electorado. Ya quedaron explicadas en el reportaje precedente las razones de este éxito del candidato Demócrata, pero valga a modo de resumen decir que, tras el asesinato de John Fitzgerald Kennedy en 1963, la nación estadounidense no estaba preparada para traicionar el recuerdo del presidente fallecido y entregar la Casa Blanca a nadie salvo al albacea de su legado. Y este era su vicepresidente y sucesor. Curiosamente, el propio Kennedy había impulsado una ambiciosa pero necesaria ley que, a lo largo del mandato de Johnson, iba a provocar una miríada de incidentes, disturbios, enfrentamientos y asesinatos, e iba a convertir a Estados Unidos en una nación socialmente desgarrada. Esa norma, la cual había llevado Kennedy al Congreso sin conseguir antes de su muerte que fuera aprobada, recibió el impulso definitivo por parte de Johnson y se firmó finalmente bajo la denominación de Ley de los Derechos Civiles de 1964: recogía las a todas luces justas reclamaciones de las minorías oprimidas en el país, especialmente de la población negra; sin embargo, su implantación generó una terrible controversia y se topó con la resistencia enconada de los sectores que todavía apostaban por la segregación. Puntos álgidos de estos disturbios fueron los asesinatos de Malcolm X y de Martin Luther King en 1965 y 1968, respectivamente.

Pero esto no era todo. Además de los problemas internos, los Estados Unidos se vieron inmersos en Vietnam en una guerra como no habían conocido hasta entonces: una lucha asimétrica, irregular; una para la que no estaban preparados y que pocos en el país entendieron. La población, asimismo, había cambiado. Aquellos “teenagers” de los 50, de los que hablamos en algún reportaje anterior, se erigieron en los 60 en toda una corriente contestataria, la cual encontró en Vietnam un filón en el que volcar sus ansias de cambiar ese mundo que sentían dominado por sus mayores y por generaciones caducas -aferradas a los esquemas mentales forjados por la Segunda Guerra Mundial, que a los "nuevos" jóvenes les resultaban tan ajenos-.

Pero no fue todo malo, ni muchos menos, durante el mandato de Johnson. Su programa "Great Society" había dado pasos firmes en la lucha contra la pobreza y por ampliar el acceso a la educación y a la medicina. Y en la Carrera Espacial se había logrado recortar la desventaja heredada respecto de la Unión Soviética. Quizá creyó que su gobierno no había sido tan desastroso como para no poder optar a la reelección; su gran triunfo del año 64 le avalaba. No obstante, en plena celebración de las primarias del 68 en el Partido Demócrata, los norvietnamitas llevaron a cabo su gran Ofensiva del Tet, que supuso un descalabro para las tropas americanas y sus aliados de Vietnam del Sur, y provocó el definitivo desplome de la popularidad del presidente. Al saberse tocado y hundido, Johnson renunció a optar a la reelección: la carrera hacia la Casa Blanca quedaba así abierta en el seno del Partido Demócrata, y no iban a faltar candidatos.

Dentro del partido, todos entendían que la baza para ganar las elecciones era mostrar unidad. Pero en un país dividido lo lógico es que sus representantes políticos también lo estén. Cuatro grandes facciones tenían la fuerza suficiente para que uno de sus cabecillas resultara nominado y, además, contaban con líderes de relumbrón. Robert Kennedy, hermano del expresidente asesinado, representaba a los católicos y a las minorías, además de contar con el prestigio de su apellido y la simpatía de los más moderados de entre quienes se oponían a la Guerra de Vietnam. Los pacifistas radicales se reunieron alrededor de Eugene McCarthy; los sureños, partidarios de actuar con mano dura frente a los disturbios, impulsaron a George Wallace, mientras que el vicepresidente Hubert Humphrey monopolizaba los apoyos de la “Coalición del New Deal”... de lo que quedaba de ella, al menos.

Robert Kennedy parecía llevar la delantera. Las importantísimas primarias de California refrendaron su popularidad. Sin embargo, cuando estaba celebrando esta victoria fue asesinado por Sirhan Sirhan, un palestino de 24 años, que le disparó para vengarse del apoyo mostrado por el senador a Israel durante la reciente Guerra de los Seis Días. La desaparición de Robert Kennedy allanó el camino hacia la nominación a Hubert Humphrey, que fue elegido en la más convulsa de las convenciones nacionales de la historia del país (ver “La lupa”).

En el bando contrario, el Partido Republicano no podía contar con su candidato de 1964, Barry Goldwater, después de la terrible derrota que había sufrido, así que cobró fuerza otro nombre de peso en el partido, que en su asalto anterior a la Casa Blanca había estado a punto de vencer al mismísimo John Fitzgerald Kennedy. Ese hombre era Richard Nixon. El que había sido vicepresidente en los tiempos de Eisenhower (1953-1961) contaba todavía con los rescoldos de la que había sido su maquinaria electoral, la cual había tejido con calma durante sus ocho años a la sombra del general y presidente. Uno de sus oponentes principales era también un viejo conocido: el gobernador de Nueva York, Nelson Rockefeller, que representaba al ala más liberal de los Republicanos. La facción conservadora, rearmada ideológicamente por la campaña de Goldwater cuatro años antes, debía buscar una nueva cara visible, y la encontró en un exactor de Hollywood llamado Ronald Reagan.

En la Convención Nacional Republicana celebrada en Miami, Rockefeller y Reagan intentaron unir fuerzas para vencer al favorito, Nixon, pero este consiguió el importante apoyo de un auténtico camaleón de la política, Strom Thurmond. A los seguidores fieles de esta serie quizá les suene: se presentó a las elecciones del 48 como cabeza de cartel de un tercer partido de escaso recorrido, la formación "Dixiecrat", partidaria de la segregación racial. Después se unió a los Demócratas y, finalmente, en 1964, volvió a cambiar de chaqueta y se pasó al bando Republicano. Había sido gobernador de Carolina del Sur entre el 47 y el 51 y a partir de 1956 se convirtió en senador por este estado, cargo que renovó durante los siguientes 48 años, hasta su fallecimiento en 2003. Él sumó a Nixon los votos de los sureños descontentos con la deriva antisegregacionista. Así, Nixon consiguió imponerse y contó con el gobernador de Maryland, Spiro Agnew, como candidato a la vicepresidencia.

Ya hemos mencionado a los sureños descontentos con la Ley de los Derechos Civiles de 1964. Algunos de estos todavía pertenecían al Partido Demócrata, aunque esta formación había dejado de ser la tradicional defensora de los intereses del Sur, y la sangría de votantes por este lado era continua. El trasvase lógico era pasar al Partido Republicano, pero muchos se mostraban reticentes a sumarse a los antiguos "antiesclavistas", a aquellos que habían liderado a la Unión durante la Guerra Civil y, posteriormente, habían abogado por la Reconstrucción dura del Sur. Así, de repente hubo espacio para unas nuevas siglas, las del Partido Independiente Americano, que en las elecciones de 1964 presentó como candidato a George Wallace, exgobernador de Alabama.

Durante la campaña, Nixon prometió “mano dura” para poner fin a los disturbios y restaurar el orden; no necesitaba mucho más para imponerse en las elecciones, debido a la impopularidad del Partido Demócrata. Las encuestas a finales de agosto le otorgaban una clara ventaja sobre Humphrey, al tiempo que reflejaban un sorprendente crecimiento de Wallace -con cerca del 20% de los votos, se situaba virtualmente muy cerca de la segunda posición-. Sin embargo, Wallace eligió con escaso tino a su vicepresidente, Curtis LeMay, y este torpedeó sus propias posibilidades al sugerir el uso de armas nucleares en Vietnam. Esta ocurrencia retrotrajo a muchos a la campaña anterior, en la que los anuncios de campaña del Partido Demócrata emitidos por televisión avisaban de un futuro apocalíptico en caso de que los votantes eligieran al candidato equivocado.

Humphrey, al contrario que Nixon, necesitaba realizar una campaña incisiva, y para ello invitó a su rival a celebrar un debate televisivo. Nixon, como es lógico, no aceptó. De todas maneras, el candidato Demócrata tenía un un as en la manga, una "sorpresa de octubre" (ver Glosario): la Administración Johnson estaba negociando en París un alto el fuego con las autoridades norvietnamitas y había esperanzas de firmar incluso una paz. De lograrla, se esperaba que las encuestas dieran un vuelco y Humphrey pudiera llegar a la Casa Blanca. Sin embargo, Nixon estaba informado de este plan y maniobró en la sombra para boicotear las negociaciones. Así, cuando Johnson pudo firmar por fin un alto el fuego, el fin de semana anterior a la celebración de las elecciones, los representantes survietnamitas se retiraron de la mesa de negociaciones sin permitir que se hablara de una paz definitiva. Para el Partido Demócrata, aquello se convirtió así en una victoria a medias. Más tarde se conoció que el propio Nixon llegó a ponerse en contacto a través de terceras personas con el presidente de Vietnam del Sur, Nguyen Van Thieu, y le conminó a que esperara unos meses a firmar la paz, ya que con él en la Casa Blanca tendría la ocasión de firmar un acuerdo más beneficioso. Lyndon B. Johnson fue informado por los servicios secretos de Estados Unidos de los tejemanejes de Nixon y alertó a Humphrey, pero este prefirió no hacerlo público durante la campaña para no dañar la imagen del país ni provocar un escándalo de impredecibles consecuencias. Además, el candidato creía que el empujón recibido por el establecimiento del alto el fuego resultaría suficiente para ganar las elecciones. De la misma opinión era su compañero de partido, el pacifista Eugene McCarthy, que accedió al fin, a última hora, a darle su apoyo.

La votación popular, realizada el 5 de noviembre de 1964, resultó casi tan igualada como la del año 60, pero en esta ocasión la balanza se inclinó a favor de Nixon: sus triunfos por menos de un 3% de margen en California, Ohio e Illinois marcaron la diferencia. Solo con que hubiera perdido uno de esos tres estados habría quedado por debajo de la mayoría y, por lo tanto, hubiese sido necesario proceder a la "Elección Contingente" por parte de la Cámara de Representantes. Si esos tres estados mencionados los hubiera ganado Humphrey en lugar de Nixon, el vencedor habría sido el candidato Demócrata. Por su parte, George Wallace y el Partido Americano Independiente reunieron casi diez millones de sufragios y se impusieron en cinco estados del Profundo Sur, en la que ha sido la última vez en la que un tercer partido ha tenido cierta relevancia en unas elecciones en Estados Unidos.

Con los resultados en la mano, Humphrey se arrepintió de no haber aireado los oscuros tejemanejes de Nixon y Van Thieu. Pero ya era tarde. Solo pudo aceptar su derrota y enviar un mensaje de felicitación a su rival. Cuando Nixon lo recibió, dijo con cierta ironía que entendía perfectamente cómo debía sentirse; no en vano, él también había perdido solo ocho años antes unas elecciones por una cantidad rídiculamente exigua de votos y, además, con sospechas de fraude entremezcladas.

La afición de Nixon por el juego sucio no quedará finalmente impune, como veremos en los próximos reportajes. En la siguiente cita electoral vivirá un triunfo rotundo, su momento de gloria, pero como un Ícaro moderno esta victoria solo le encaminará hacia su definitiva caída: una que le concederá un asiento en la galería de la historia, pero quizá no donde él quería: en la selecta galería de “malvados".

La lupa: los Siete de Chicago

En pocos de los reportajes de esta serie ha resultado tan difícil decidir dónde poner “la lupa” como en este. La Guerra del Vietnam, el Movimiento por los Derechos Civiles, los asesinatos de Malcom X, Martin Luther King y Robert Kennedy, la Carrera Espacial e incluso el Mayo del 68 francés: todos son eventos de un interés superlativo. No obstante, el criterio seguido hasta el momento para elegir uno y descartar otros ha sido la relación directa con las elecciones de turno y, también, que se pueda intuir un menor grado de conocimiento por parte de los lectores.

En este sentido, pocos acontecimientos hubo en la época tan ligados a los comicios del 68 como los graves disturbios que, por primera vez en la historia de Estados Unidos, se produjeron alrededor de la convención nacional de uno de los grandes partidos. Ocurrieron en Chicago, con motivo de la reunión de los Demócratas para nominar a un candidato, y no fue un "escrache" de esos que ahora se han hecho casi cotidianos -tristemente cotidianos- en la política española: cientos de miles de manifestantes llegaron de todo el país para protestar por la intervención estadounidense en Vietnam. Muchos de ellos pertenecían a movimientos "hippies" y, al principio, como suele suceder en este tipo de eventos, reinaba un ambiente festivo; incluso se improvisó un concierto de rock. Sin embargo, con el paso de los días, el alcalde de la ciudad, Richard Daley, decidió actuar. La Policía confiscó el camión de la banda de rock y los manifestantes reaccionaron indignados. El enfrentamiento subió de temperatura, hasta que las fuerzas de orden público disolvieron a los congregados con gas lacrimógeno.

Al día siguiente, los manifestantes volvieron a reunirse y rodearon el hotel Conrad Hilton, en el que se habían alojado buena parte de los delegados del Partido Demócrata con motivo de la Convención Nacional. La Policía acordonó la zona y la concentración se disolvió pacíficamente. Sin embargo, el 28 de agosto, el objetivo de la protesta se dirigió hacia el International Amphitheater, en el que se estaba celebrando la convención. Hubo algunas detenciones y los ánimos se caldearon. Entonces, la manifestación volvió a marchar sobre el hotel Conrad Hilton y allí se encontró con más policías y con miembros de la Guardia Nacional. La multitud arrojó piedras contra los agentes y estos respondieron con una carga, la cual fue grabada y emitida en directo por las televisiones, mientras los manifestantes coreaban "el mundo entero está mirando".

Ocho de los cabecillas de las protestas fueron detenidos y acusados de conspiración, incitación a los disturbios y otros cargos. A partir de septiembre de 1969, en medio de agrias protestas en el exterior del edificio, comenzó el juicio, especialmente polémico. Uno de los acusados, un dirigente de los Panteras Negras llamado Bobby Seale, llegó a ser incluso amordazado por orden del juez, debido a los continuos insultos que recibía de su parte. Al final, hubo de ser juzgado aparte, de modo que los ocho acusados originales se quedaron en siete -los Siete de Chicago-. Estos eran Abbie Hoffman, Jerry Rubin, David Dellinger, Tom Hayden, Rennie Davis, John Froines y Lee Weiner.

El juicio se convirtió por momentos en una astracanada en la que los acusados aparecían disfrazados para intentar ridiculizar a las autoridades o animaban a los miembros a consumir drogas alucinógenas, como el LSD. Concluyó en febrero de 1970 con el veredicto de no culpabilidad por los cargos de conspiración, si bien cinco de los acusados sí fueron declarados culpables de incitación a la violencia y condenados a cinco años de prisión. Las condenas fueron posteriormente revocadas.

Glosario

“OCTOBER SURPRISE”: la expresión “sorpresa de octubre” hace referencia en la política estadounidense a la posibilidad de que un evento, planeado o circunstancial, provoque un vuelco de última hora en las expectativas de voto de los candidatos. El hecho de que las elecciones se celebren a principios de noviembre hace que octubre sea el mes decisivo dentro de la campaña electoral.

En las elecciones de 1968, con Richard Nixon como favorito en las encuestas y su rival, Herbert Humphrey, ligado a su pesar a la figura del presidente Johnson, la “sorpresa de octubre” fue el avance en las negociaciones para una paz en Vietnam. El hecho de que estas no cristalizaran por completo impidió que se produjera el vuelco electoral, si bien la pugna resultó a la postre tremendamente igualada.

El uso de esta expresión, no obstante, resulta anacrónico para un evento sucedido en 1968, ya que no fue acuñado hasta 1980 por parte de William Casey, director de campaña del candidato -y presidente después- Ronald Reagan.

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